Viernes 06/07/2018

TRES TUMBAS DE BUEN AGÜERO

1° Parte

Ayer llegó a mi bar un tipo raro, un hombre con la cara pintada. Tenía el rostro pintado, eso quiero decir, y no hablaba. Supuse que era un mimo pero estaba usando ropa corriente. Le pregunté qué quería; me miró con esa cara y, clavado a la barra, respondió “whisky”. Sus ojos parecían desgastados, como si hubiera alcanzado su límite en esta vida. No había una pizca de vida en él, solo el exceso que alguna vez presenció. No había mucha gente en el bar a esas horas. Busqué el whisky sin apuro. El hombre parecía ser paciente y por eso le serví un poco extra; sin dudas le hacía falta. Lo serví y lo observé. Miraba hacia la nada misma, no pensaba, no sentía, solo estaba esperando. ¿A qué? ¿Cómo un hombre tan miserable termina en mi bar? Le alcancé el vaso y lo coloqué frente a él.  Se escuchó una tonadita tenue de fondo. Era la radio, que la había dejado en la “103.0”. Pasan tango y otras cosas también. El silencio era placentero. Yo me sentía como si estuviese solo allí, ya que el visitante no decía palabra o gesticulaba emoción alguna; solo se quedaba allí mirando el vaso. De vez en vez tomaba un trago y miraba el fondo del vaso como si en él se escondiese el futuro profético. 

 

Fui a la cocina para hablar con el cocinero. Le dije que no había problema, que las cacerolas quedasen con restos de fideos. “Yo los limpio. Andá yendo, Carlos. Te veo mañana”. Un hombre de familia, descendía de italianos y era de hombros anchos. No me tardé mucho en limpiar las cacerolas y ponerlas a escurrir. Me limpié las manos y volví al salón del bar. El hombre se estaba fumando un cigarrillo. Había terminado su whisky y estaba con los codos apoyados en la barra. Le pregunté si quería algo más, si necesitaba algo. Se dio vuelta y puso el cigarrillo en un cenicero que seguramente había agarrado de una de las mesas. Lo posó en una de las ranuras y lo dejó consumirse allí.   

 

-¿Cómo se llama? -preguntó el hombre de la cara pintada. 

 

-¿Yo? Eh, me llamo Ernesto. 

 

-Ernesto, ¿está casado? 

 

-No de momento, ¿por qué pregunta? 

 

-Interés. Quería saber si sabía lo que era casarse. 

 

-Lamentablemente no aún. 

 

-Es mejor, sí, es mejor. 

 

-Pensé que era algo hermoso. 

 

Me mira con ojos de payaso retirado. Para él no era hermoso. Tomó nuevamente el cigarrillo y siguió aspirando de él. Sus pitadas eran largas; se veía que necesitaba ese humo en sus pulmones. Yo fui al otro lado de la barra y me senté junto a él. 

 

-Entonces… ¿Te casaste? 

 

El pintado se rio y siguió apretando ese pucho entre sus labios. 

 

-Sí, me casé. Ella murió. La mató mi hermano. 

 

-Debió de ser algo intenso de vivir. 

 

-Sí que lo fue. Después de todo ella siempre me amó a mí. 

 

-O sea que vos y tu hermano luchaban por la misma mujer. 

 

-Yo no, el sí. Ernestina siempre fue una mujer hermosa. Mi hermano la deseó desde el primer día que ella se mudó al edificio en el que vivíamos. 

 

-Veo. Pero fue al revés. Ella se enganchó con vos. 

 

-Así fue; él la atosigaba. Yo solo la invité a tomar un café. 

 

-Veo. 

 

-Pasaron los años y él seguía intentando. Cuando nos casamos con Ernestina, él no lo soportó. 

 

-¿Y qué hizo? 

 

- Al día siguiente de nuetro casamiento llega mi hermano al departamento en el que vivíamos Ernestina y yo. Yo trabajaba y ella se quedó a terminar de pintar un cuadro que vendería ese mismo día. Mi hermano entró con una 37 y le voló la cabeza. 

 

Era una historia trágica, sin dudas, pero la contaba de tal manera, tan fría, tan arrugada, tan deshecha. 

 

-¿Y qué hiciste? Llamaste a la policía, supongo. 

 

-No, nada de eso. Lloré su muerte por muchos años. Luego tomé cartas en el asunto: encontré a mi hermano y con lágrimas en mis ojos y sangre en el corazón le volé la cabeza a él también. Ese fue el final de mi historia. Me termino mi whisky y me voy. Gracias por su amabilidad. 

 

-Por favor, gracias a usted por la historia. 

 

Estaba por darme la vuelta y volver pero había algo que no me cerraba aún. La cara pintada. ¿Por qué así? ¿Por qué acá y no en otro lugar? Cuando me decidí en preguntarle ya se había ido y me había dejado una nota junto al vaso de whisky. “Máscaras”. No decía nada más. Qué interesante noche. Hasta nunca, señor. 


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Comentarios: 1
  • #1

    Fernando (viernes, 06 julio 2018)

    Espero las próximas partes de esa hitoria!!!.... con un whisky

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