Viernes 13/07/2018

TRES TUMBAS DE BUEN AGÜERO

2° Parte

Pinto cuadros. En mi casa tengo un enorme estudio, lleno de libros y ventanales, un atril grande y varios pequeños, un suelo de madera que hice yo mismo, brochas de todos los tamaños y formas que conseguí de diferentes partes del mundo, lienzos para pintar hasta que el día ya no se llame día, pañuelos y pañitos, todos para limpiarme o decorar. Es Un lugar ameno, un lugar precioso; hay música, si quiero escucharla. Ahí está todo lo que necesito. Esta alejado de las calles. El único ruido que oigo es el que viene del enorme parque que está fuera. El canto de los pájaros resuena en todo el recoveco. 

 

Tengo un sillón y varios taburetes, una cama y una mecedora, todos para descansar y trabajar. Tiene un entrepiso que me ayuda a alcanzar los libros que están más arriba, libros que son viejos y tienen los secretos de mi abuelo, de varios abuelos de hecho. Camino muy seguido en círculos por el mismo cuarto, fumo mi pipa para concentrarme y, de vez en cuando, escribo alguna observación en un pequeño diario que tengo. 

 

 

Dibujo; eso es lo más importante. Lo hago con pinturas. Entonces debería decir que pinto, aunque para mí es un dibujo; todo es un dibujo. En el dibujo todo está imaginado, todo es posible de crear. Los pasos no son difíciles. Tengo que levantar un lienzo blanco, colocarlo sobre el atril y después acercar el taburete. Me quedo mirando el lienzo por una hora y algo. Luego me paro. Dependiendo del arranque que me surja, el taburete sale despedido por los aires o simplemente se hace lentamente hacia un costado. Tomo la brocha. Los colores de la paleta los elijo con los ojos cerrados y siempre mojo mis manos en ellos para entender quiénes quieren formar parte del trabajo de hoy y quiénes no. 

 

Una vez ahí, con mi traje blanco puesto y mis ojos en el centro del lienzo, dibujo, pinto, dibujo, pinto. Trazos que cruzan fuertemente por el horizonte del marco, entre medio de círculos sin cerrar… Más fuerza ahí, más fuerza acá y todo se transforma en lo que yo no esperaba. Aunque pueden estar relajados mis brazos, mis dedos al son del viento se remontan en la blanca tela. Se apoderan de ella con una sutil calma. Acarician cada retícula de hilo cosido, manchan de lujuria los bordes y besan suavemente la vagina del arte. El sol se pone. La obra está por ser finalizada. El compendio de los arrojos y de los arrebatos está en el vértice de la Ilíada y el pincel. La firma la hago meticulosamente, la fecha bien pequeña detrás del cuadro. La operación salió exitosa. Ahora a aflojar, a relajar. Suelto la paleta y la brocha. Espero que salpiquen el suelo. Levanto del atril el lienzo y cuidadosamente lo llevo a un sillón que está en frente al enorme vitral. Me siento junto a él en una silla. 

 

El atardecer nos presenta su espectáculo. Solo hay una atracción, una que todo el mundo presencia sin perdérsela. Cierro mis ojos. Siento el fulgor de la luz en mis parpados. Dejo que el lienzo también lo sienta. Respiro profundamente; mis manos también lo sienten y de pronto todo mi cuerpo forma parte de aquello. Me abrazo, me entero de donde estoy y no puedo evitar sentirme a mí mismo, dejándome ser ante la infinidad, arriesgando mi conformidad. Acá estoy; acá me tenés. Ahora se despide y lo aplaudo. Lo aplaudo de pie por el enorme espectáculo que nos regaló. El cuadro ahora está terminado. Lo miro con tristeza y adoración. Me encantaría ser esa pintura que te forma, bello amado, quisiera ser el marco que te rodea, un abrazo de oro pulido. Lo apoyo junto la puerta del estudio. 

 

Vuelvo cómodamente a mi sillón, me siento y miro como la luna se prende un cigarrillo en frente mío. El humo se acrecienta dejando apenas ver su luz. Ya mis pies me dicen adiós cuando los pongo sobre el cómodo sillón. Mi cabeza se reclina en la almohada y ya está. Miré al techo por última vez. Una sonrisa y un par de ojos estaban pintados allí. Eran los de mi hija. Parto en paz. Adiós, Magda. 


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