Domingo 29/07/2018

TRES TUMBAS DE BUEN AGÜERO

3° Parte

No es ahora aún, al menos no acá, al menos no en mi casa. Apuesto que en algún lugar lejano como Buenos Aires o Japón sí pero acá todavía no, acá todavía no. Patas de acero que alguna vez deseé tener para lustrar y que fueran aluminio, ahora no son más que carbón y madera podrida. El óxido se le sentó al lado y juntos se pusieron a tomar un poco de ese whisky viejo que ya no toma nadie ¿Qué digo? Todos toman whisky y más siendo del viejo, de ese que ya no se ve en las marquesinas o en las vidrieras, ese que la gente tomaba fumando una buena película de John Wayne o algo más viejo todavía. Mi papá siempre me dijo que esos eran los buenos tiempos, pero ahora tengo esta carga que no sé de dónde vino. Mentira, sí sé de dónde vino, solo que no quiero tener nada que ver con ella. Pulga retorcida, hambrienta y sedienta de suspiros y alientos, ¿qué más querés de mí? Ya te di todos mis Davis y Hamiltons. Mis hilachas ya no resisten el calor de tus veranos, la iridiscencia de tus demandas. Quiero una taza de café nada más y vos me das bourbon. No quiero tener nada que ver con vos. Por favor, alejate. Por favor no te acerques nunca más o mis pálidas palmas se verán forzadas a estrangularse una a la otra. El clic de la media noche hará que yo salte por la ventana, solo porque no puedo dormir sin saber que tu bombacha sigue estando puesta entre tus piernas. 

 

El licuado de Paracetamol y aspirinas ayudan a quemar lo que se ve con los ojos y se siente con los paladares: los tics y tacs son de acero, como ellos dos a quienes querría lustrar, a quienes deseaba remontar. Otra vez y otra vez, remontar, lo digo desde el fondo del suelo mientras que acaricia mi entrecejo pidiendo que me enoje, porque me tengo que enojar, porque donde estoy es inaceptable, porque la luz no es luz sin el niño Jesús. Qué pedazo de estampa relavada y sucia. Ya no quiero tener nada que ver con vos. No quiero que toques mis trajes; los uso para trabajar. La noche raspa contra la piel mientras trato de enjuagarme el buche con fuego. Los micrófonos nunca andan bien, nunca, y por eso la gente escucha cualquier cosa. 

 

“Ey, Tony, traé esa cuerda más abajo. Eso. Ahora dale con el de la segunda. Eso es, mi hermano. Ahora hagamos algo de comer, que la gente anda con hambre”. Entonces entendimos que la música existe para nosotros y no al revés. Salimos con las gabardinas puestas, el smog y los cigarrillos de anoche. Le dimos algo de guita al viejo de la calle de enfrente y después nos abrazamos. Como la rosa de los vientos nos desperdigamos hacia los cuatro horizontes con la noche y la lluvia a cuestas. Gracias, madame. Gracias, Lucrecia. Mañana traemos más de este teatro que nos encanta, con palas de metal y tubos de oro. Chask en todos nosotros… Es el ruido que se forma dentro tuyo cuando te olvidás del jazz y escuchás algo más que solo un nombre. Chask para todos nosotros porque del Chask venimos y al Chask vamos. Sol y luna para nuestras manos y pies. Fast fast scoundrels, you´re our only hope, sweethearts. Entiendo que ya no puedas vivir más acá. Son las goteras, apuesto a que son las goteras. Es el musgo que se forma en la esquina del habitáculo. Son los discos rayados que tanto insisto que son oro y que por eso no podemos tener una planta. 

Me decís que te molesta el sonido del ventilador de pie pero también te quejás de que hacen treintainueve grados, del sudor de tu piel y de la mía, de lo pegajoso. Te cansás de la sopa y de la pizza. Corazón, es lo único que tengo para comer. Desnudate en frente del Continental Palace si querés caviar, tenés un cuerpo hermoso. Seguro el machismo te de caviar pero yo no. No tengo caviar y me gustás demasiado como para dejar que te desnudes en frente del Palace. Tuve que tocar la trompeta por un mes sin parar para que no te fueras, para que me dieras una caricia sin que te la pidiera, para que te acostaras conmigo sin que la piedad tocara de fondo. Me costó el oxígeno de 4 semanas para que tomaras la decisión de dejar mis discos rotos en paz, para que pudieras comer fideos y polenta todos y cada uno de los lunes. Tiramos los dados para lavar los platos y limpiar el piso; ahora somos felices. El calor de los treintainueve se despegó de las paredes en cuanto dejaste de mirarme y miraste el reloj. Cada vez que teníamos sexo frenabas de a momentos para revisar que tuvieras todas tus cosas guardas en tu maletín. Ya ni mates querías y eso que los mates fueron idea tuya.

 

Cambié los discos por casetes, el parqué por porcelana, los pasadizos por amplios cuartos, todo para no escucharme, todo para que el sonido que recorre las lejanías de mis partes se perdiera en la nueva casa. Los cuadros ya no me acechan, las tubas de oro están por doquier, los cigarrillos se siguen sintiendo, solo que ahora se fuman de pie y de traje. Ahora sí tomo café, ahora sí es aluminio, ahora sí respiro aire limpio, ahora el viento entra, ahora sí que no tengo nada que ver con vos pero a qué precio, a qué precio. Te odio, Margaret. Te odio. 


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