Miércoles 04/07/2018

ADICTO

El problema que presentan las drogas (dicen los entendidos) es que, por más que sean pequeñas e inofensivas, abren puertas a otras más grandes. Por ejemplo, tenemos el caso de Randolfo Suarez. La raíz de su adicción comenzó a brotar en su infancia. Probablemente una de las principales causas de su trastorno es, como en muchos casos, culpa de la madre. Desde bebé que le cantaba canciones de cuna y se comenta que le contaba cuentos para dormir todas las noches. 

 

Todo se agravó cuando inició el jardín. Su primer contacto fueron las vocales, seguía una línea de puntos, hacía muecas con los labios y se lo recitaba a sus mayores que sonreían y aplaudían como si acabara de hacer una pirueta. Luego siguieron las consonantes y así hasta completar el abecedario. En ese entonces, se preguntaba cosas como “¿por qué la A es primera? ¿por qué la O va antes que la P?” o “¿quien dispuso ese orden?” Pero luego alejó esas dudas de si, porque solo obtenía mentiras como respuestas (y eso solo si los demás estaban dispuestos a responder).

 

En la primaria la cosa fue creciendo. Los pequeños jeroglíficos que hacía al azar ahora eran sílabas que, luego, se transformaron en la peligrosa droga que lo trastornaría: Las palabras. En ese momento Randolfo empezó a cambiar y a perder la noción del tiempo, sin saber cómo, ya sabía armar frases y expresiones. No era muy complicado, con cierta suma de palabras formaba una oración. Al principio era algo simple, nada peligroso, regulado estrictamente por los adultos. No eran más que palabras conectadas. Sujetos que no conocía y acciones que no tenían sentido... Además, lo hacían probar palabras que ni si quiera le gustaban. Lo obligaban a tragarlas mientras él debía escupirlas a todos los profesores. 

 

Al coctel de palabras se le sumaron los ojos, a veces con la voz, a veces con los oídos. Hasta que finalmente se adueñaron de todos sus sentidos. No pasó mucho tiempo antes de descubrir que había palabras fuera de la escuela. En la calle, en la ropa, en la música, incluso en la piel de las personas… De vez en cuando probaba las palabras que otros le convidaban, y poco a poco empezó a buscar más y más palabras. Necesitaba encontrar nuevos sabores, y para hacerlo tenía que buscar en nuevos lugares. 

 

Aun así, lo que a veces parecía un remedio también era una toxina. La realidad no tenía palabras bonitas, el exceso de Randolfo comenzó cuando se dio cuenta. No le gustaba ver el mundo donde censuraban sus oraciones y arrancaban sus páginas. 

 

La tecnología había contaminado gran parte de su droga y la búsqueda obsesiva de palabras era cada vez más difícil. Primero la gente comenzó acortando las palabras para que todo fuera más sencillo. Las emociones ahora eran dibujos minimalistas y pequeños. El intercambio de palabras era cada vez más primitivo y artificial. Y los discursos, que requerían cierto grado de cocción, fueron remplazados por frases banas y sin ingredientes. La gente ya no intercambiaba palabras como lo hacían antes, apenas intercambiaban información.

 

Una vez que tuvo el estómago entrenado, Randolfo se animó a hacer su propia combinación, ya sabía muchas recetas, pero esta vez le tocaba improvisar. Probaba con algunos paisajes, pequeños recuerdos, alguna que otra metáfora. A veces se le caían sentimientos sin querer, haciendo que la sustancia quedara más brillante… más hermosa. 

 

La parte más alarmante del asunto fue cuando se comenzó a propagar esta droga hacia los demás. Randolfo inició compartiendo sus mezclas con un par de amigos, luego de un tiempo, cuando ya había practicado más, se animó a dársela a algún que otro degustador. Cuando se llega a esta etapa ya es casi imposible poder rehabilitarse.

 

De esta manera, Randolfo Suarez, sucumbió ante la adicción.


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