Martes 01/08/2017

AB AETERNO

El otoño iba dejando huérfano el paisaje, destiñendo amores y promesas, y tan solo una marchita nostalgia se centellaba en la mirada de Hirakuzo, quien meditaba bajo un árbol de cerezos, contemplando la danza de las últimas flores rosáceas que se dibujaban en el viento cálido y caían sobre él. A lo lejos, las montañas pintadas de un blanco tan puro como un alma inocente se revelaban ante el viejo guerrero samurái, el cual las admiraba, tan imponentes en su quietud, que en ellas se veía reflejado. Sentado en la tradicional postura de padmāsana, a la orilla de un pequeño lago, donde peces de colores refulgentes nadaban majestuosamente, mientras él vestía su kimono de una blancura resplandeciente y contemplaba el inevitable momento que estaba acercándose, sigilosamente, como un lobo en la noche, esperando atacar. 

 

A su lado tenía una pequeña bandeja, sobre la cual había una katakuchi que contenía en su interior unos de los más exquisitos sakes traído de tierras lejanas y exóticas, un sakazuki, su gunbai de madera, utilizado en más de cien batallas durante los cuarenta años que fue general, y que aún se conservaba magníficamente, un pequeño recipiente que contenía tinta y pincel, y un tantō.

 

Hirakuzo tomó delicadamente el katakuchi y vertió el sake sobre el sakazuki, luego lo puso entre sus manos y, haciendo una pequeña reverencia, bebió aquel preciado licor, saboreando cada sorbo, sintiendo hasta el más mínimo detalle en su paladar. Aquel licor le trajo recuerdos de los días gloriosos, donde su valor y su lealtad habían sido su arma más letal ante la furia del enemigo, donde el amor de su esposa, Ji Yeon, había sido su refugio ante la maldad de los hombres, donde la belleza de su espíritu parecía ser inmarcesible e inmune al veneno del desengaño. Pero el tiempo todo lo corrompe. El valor, la lealtad, el amor y la belleza. Solo nos deja el deshonor, la traición, el exilio y la muerte. Hirakuzo lo sabía y lo más triste de conocer aquel secreto sobre el tiempo y la vida, es que siempre es demasiado tarde cuando se nos revela. 

 

Posó el sakazuki sobre la bandeja nuevamente, y tomó el gunbai, lo estiró y observó la maravillosa figura de un dragón dibujada entre sus pliegues. Lo dio vuelta, y con el pincel mojado por la tinta fresca, se dispuso a escribir su yuigon, las últimas palabras de un hombre noble: 

 

"Como un árbol fosilizado

 

del que no se esperan flores

 

triste ha sido mi vida

 

destinada a no producir ningún fruto"

 

Volvió a dejar el gunbai sobre la bandeja, y con su alma entregada a aquel designio incuestionable, se dispuso a terminar con el sepukku. Debía terminarlo, para que su deshonor no quedará marcado en la memoria de las generaciones siguientes, para que en la eternidad reencontrará su orgullo perdido. Se arrodilló y abrió su kimono descubriendo su torso, lleno de cicatrices de viejas heridas, retiró sus brazos de las mangas y las posó sobre su pecho mientras cerraba sus ojos, como soñando un abrazo de Ji Yeon, un abrazo donde pudiera ampararse. Pero, fugazmente el anhelo se marchitó y sin otro consuelo tomó el tantō, contemplando su filo y el resplandor de su metal sujetó el mango con ambas manos y lo enterró en medio de su abdomen, sin temblar. Podía sentir como se desangraba por dentro, cómo el dolor empezaba a desgarrar su carne, pero aún debía concluir el ritual. Con el tantō enterrado, comenzó a hacer un corte hacia la parte izquierda de su abdomen manteniendo firme su pulso y sin derramar ni una gota de su sangre, luego siguió a su derecha y, para darle fin, apretó con más fuerza el tantō subiéndolo en línea recta hasta llegar a su esternón. El dolor era inconmensurable, pero no podía caer al suelo, debía mantenerse fuerte y soportar la agonía que calaba hasta sus huesos. Alzó su cabeza buscando mirar al cielo y encontrar... 

 

- ¿Hace mucho tiempo sucedió esta historia? - pregunto Sakún a su padre, interrumpiendo la narración.

 

- Hace más de 100 lunas negras. En uno de los primeros planetas ancestrales llamado Tierra, que existía a exactamente 3009 pulsares de nuestro planeta - respondió tristemente el padre - Lamentablemente hoy solo queda polvo y ámbar de aquel paraíso fértil que se consumió. Cuando lo exploré, hace algunos distantes soles nacientes, rescaté algunos "libros", que eran instrumentos que les permitían recopilar sus historias, memorias y sueños. Y ahora, eso es todo lo que nos queda de ellos. - Guardó silencio y se quedó observando el cielo y sus dos lunas fundiéndose bajo el amparo de la noche.

 

- ¡Quisiera conocer más sobre ese mundo mítico y extraordinario! - exclamó Sakún con un intrigante brillo en su mirada. 

 

- Si quieres puedo contarte sobre Dante y el modo en qué veían a la muerte y la eternidad. - contestó el padre mientras guardaba aquel atesorado libro y se preparaba a revelar “La Divina Comedia”.


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