Martes 05/07/2016

ENTRE EL DIABLO Y EL PROFUNDO MAR AZUL

                            La vida había dejado de tener sentido hacía varias lunas. Un trago de vodka y un cigarrillo habían pasado a ser la relación más íntima que yo podía aspirar a tener.

Me deje caer sobre una cama fría. Una chica que no conocía estaba acostada en ella ¿Cuál era el sentido de tenerlo todo, si me sentía tan solo y tan vacío?

 

                             Con las últimas brasas del cigarrillo prendí otro. Quizá mi vida es como un cigarrillo. Algo placentero, pero con un gusto horrible al final. Consumiéndose. Quizá ya esté consumida y no me he dado cuenta. Quizá estoy intentando estirar lo inevitable. Quizá solo necesite otro cigarrillo.

 

                             Me levanté y vi la hora: tres de la mañana. Por pura inercia comencé a caminar hacia el balcón del gris departamento. Aún más gris a la luz de la luna. Tomé el arma que guardaba en el cuarto cajón del armario y la cargué con una bala. Era un tiro que no podía fallar.

 

                             Miré por última vez la ciudad por la noche noche y cerré los ojos despidiéndome de ella. Comencé a levantar el arma hacia mi cabeza, pero entonces algo me tomó del brazo fuertemente. No podía moverlo, era demasiado fuerte para mí, lo sentía completamente atrapado, como si estuviera intentando mover un edificio.

 

                             Comencé a desesperarme, no podía mover un músculo, pero un segundo antes de caer presa del miedo hubo algo que me relajó. No podía explicarlo, era como si una voz en mi cabeza simplemente me hubiera pedido que me dejara llevar. Mi respiración se relajó, mi brazo se destensó y cerré los ojos lentamente. Dejándome llevar por esa sensación de quietud que me había invadido.

 

                             Desperté. Desperté y la vi, dormida, pacifica, durmiendo sobre mi hombro, abrazando mi brazo como si no quisiera soltarlo jamás. Solo había sido una pesadilla. Me tomé un segundo para admirarla en ese momento, despeinada, babeando, roncando, sin maquillaje. Era perfecto, no existía nada más perfecto.

 

                             Sus cabellos teñidos de tantos colores que ya no recordaba como eran en un comienzo, su sonrisa brillante que podía iluminar hasta la más obscura de las noches, acompañada de aquella locura aniñada, alegrando todo a su paso.

 

                             Lo más impactante de todo, lo más hipnótico y absorbente eran, aunque ahora estuvieran cerrados, sus ojos. Un par de ojos tan azules como el profundo mar azul. Podría pasarme el resto del relato describiéndolos, y aun así me faltarían adjetivos para explicar lo que me hacen sentir. Es como un atardecer junto a la persona que amas, o como esa canción que te da un escalofrió cada vez que la escuchas. Simplemente eran… azules. Al verlos podía verla a ella, podía saber cómo era. Podía sentir la furia, el amor, la felicidad, la angustia, la ansiedad, el miedo y todo en sus ojos. Menos su tristeza, su tristeza únicamente y solo únicamente aparecía en su sonrisa. Una sonrisa que te hablaba y te decía: "No me conoces y nunca lo harás". Cuando estaba con ella, no hacía falta hablar de cómo se sentía. Con una mirada quedaba todo dicho.

 

                             Lo sé, no tiene sentido. Ella tampoco lo tiene. Por eso estoy enamorado de ella. Giré y la abracé, besándola en la mejilla. Ella se aferró aún más a mi brazo y dio un suspiro con su nariz en mi piel. Ese calor era todo lo que necesitaba para caer dormido de nuevo.

 #NUESTRAVOZNOSEAPAGÓ

Escribir comentario

Comentarios: 0