Facundo Guerra


La indispensable necesidad de una segunda independencia

Reflexión de la experiencia dirigida por San Martín

 

05/07/16

 

Este 9 de julio es el bicentenario de la declaración de la independencia, cuando en el Congreso de Tucumán las Provincias Unidas de América del Sur se declaraban libres de los lazos de España y de toda dominación extranjera. El proceso había estallado seis años antes destituyendo al virrey Cisneros y nombrando a la Primera Junta de Gobierno, dando comienzo a la guerra de independencia.

¿Qué sucedía en Mendoza en esa época? ¿Cómo fue el proceso con San Martín como gobernador de Cuyo? ¿Qué proyectos e intereses estaban en disputa en ese entonces y continúan hasta el día de hoy? Estas y otras preguntas abordamos en la investigación titulada “San Martín y la guerra de independencia en Cuyo”, que publicamos en el 2010 con motivo de los 200 años de la Revolución de Mayo y que se ha reeditado recientemente.

El trabajo aborda la complejidad del momento histórico a finales de 1814 cuando la mayoría de las Juntas revolucionarias de América hispana habían sido derrotadas y se mantenían en pie solo Buenos Aires y la recién reconquistada Montevideo, y en el marco del regreso de Fernando VII al trono después de la derrota de Napoleón en Europa, impulsando una nueva ofensiva para recuperar las colonias americanas.

En este contexto, San Martín rechaza el ejército del Norte y solicita el gobierno de Cuyo para llevar adelante su plan "…La patria no hará camino por este lado del Norte que no sea una guerra defensiva... para eso bastan los valientes gauchos de Salta... Mi secreto: un ejército bien disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos... Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar Lima, ese es el camino. Convénzase Ud. que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no se acabará. Lo que yo quisiera... es el gobierno de Cuyo."

En dos años, en medio de la ofensiva realista, San Martín organizará un ejército de 5 mil hombres en una provincia de 20 mil habitantes, de los cuales dos tercios eran indígenas y negros, preparando milicias, batallones de pardos, etc. Engañara al enemigo a través de la “guerra de zapa”, una estrategia de espionaje y contraespionaje para confundir a los españoles con información falsa y propagandizar la causa revolucionaria. Levantará fábricas de pólvora, confiscará bienes de realistas para recaudar los fondos necesarios y tomará medidas de urgencia en una economía de guerra. Contará con el apoyo popular que no solo lo mantendrá en el cargo ante los intentos de remoción por parte del Directorio, sino que se expresará en el trabajo gratuito, en donaciones, etc., es decir medidas sustentadas en el sacrificio del pueblo. Por último, llevará adelante una ingeniería militar excepcional, organizando el paso del ejército en seis columnas, preparando el cruce de 5 mil hombres por la cordillera más alta de América y venciendo a los enemigos en Santiago y Lima.

La historiografía oficial nos ha reducido la Revolución de Mayo a un simple acto: un debate pacífico en un cabildo y a San Martín como un hombre “excepcional” sin posición política y sin reconocer el imprescindible apoyo popular que fue la clave para semejante obra.  A su vez, han escondido la existencia de un grupo de revolucionarios que preparó la revuelta aprovechando acontecimientos externos como la caída de la Junta de Sevilla. Ocultan que la independencia se logró tras 14 años de guerra, miles de batallas, éxodos, cercos, guerra de guerrillas, en donde murieron cientos de miles de hombres y mujeres que dieron la vida por una Nación liberada. También encubren la existencia del proyecto revolucionario que no solo buscaba terminar con el colonialismo sino también con las relaciones de explotación esclavistas y feudales, impulsando la industria y el reparto de tierras como se expresaron Moreno, Castelli, Artigas, Belgrano, etc.

Sin embargo, la revolución fue hegemonizada por la elite criolla que solo buscaba romper el monopolio comercial y mantener las relaciones de explotación, en favor del nuevo grupo dirigente. Esta nueva oligarquía en un proceso conducirá al país a una nueva forma de dependencia externa, ya no colonial sino económica, impidiendo el desarrollo de la industria nacional y reduciendo la economía a la producción de materias primas para abastecer a los centros industriales, sobre la base  de un gigantesco latifundio que impidió el acceso a la tierra a millones de pequeños campesinos. Este modelo de país mantuvo las relaciones brutales de explotación, de servidumbre en el campo y de terribles condiciones de trabajo a las que arrojaron a la naciente clase obrera a principios del siglo pasado. Un país deformado por la dependencia externa, con beneficios extraordinarios para un grupo reducido sobre la base de la explotación de la mayoría del pueblo. Esta nueva dependencia se impuso sobre la base del genocidio indígena, la represión feroz a las luchas populares o directamente con golpes de estado cuando la situación amenazaba la hegemonía de las clases dominantes.

Como se expresa en la investigación, a 200 años del Bicentenario, la dependencia no sólo se mantiene sino que se ha profundizado. Nuestros principales recursos y servicios están en manos de monopolios extranjeros y se agiganta el saqueo y la contaminación de nuestro territorio. Se mantiene una economía trabada y deformada por la dependencia imperialista y la persistencia del latifundio que impulsa una producción principalmente agraria para el mercado internacional, como es el caso del modelo sojero-petrolero-minero. Se ha perdido la soberanía alimentaria encareciendo productos básicos para el pueblo, sobre la base de la extensión del monocultivo de soja que se exporta en un 95% y la industria nacional ha quedado casi reducida a la “industria del ensamble” de productos elaborados en el exterior. 

Las grandes potencias internacionales fijan precios, imponen condiciones e invaden el mercado nacional con sus productos, destruyendo la industria local. Se profundiza la dependencia financiera como se expresa en los condicionamientos que implican los pagos de la deuda pública (gran parte externa),  que extorsiona, controla y saquea nuestro presupuesto. Esta deuda tiene su principal origen en la dictadura y fue demostrada como ilegítima y fraudulenta por el juez Ballestero pero jamás fue tratada en el Congreso, al contrario continúa ratificándose la política de endeudamiento como acaba de suceder con los fondos buitres que obtuvieron pagos de 1600% superiores a los bonos que se compraron. Se calcula que el 20% de nuestro territorio está en manos extranjeras, con propiedades que limitan con la frontera, que incluyen ríos, lagos, reservas, etc. Solo “Benetton” tiene 900 mil hectáreas en la Patagonia. Impera el latifundio, el 2% de los propietarios tiene el 50% de la las tierras nacionales. A su vez, se mantiene parte de nuestro territorio ocupado directamente por el colonialismo inglés en nuestras islas Malvinas y durante el gobierno de Cristina Fernández se le ha otorgado una base científica-militar al ejército chino en Neuquén.

Esta dependencia, realizada con la colaboración de las clases dominantes nacionales, ha generado un Estado totalmente podrido y corrupto que a través de los distintos gobiernos de turno, vienen aplicando políticas de ajuste y entrega que han profundizado las desigualdades sociales, el hambre y la pobreza. Mientras millones de trabajadores ganan menos de 6 mil pesos mensuales, empresas multinacionales como “Cargill” facturan 50 mil pesos por minuto.

En este Bicentenario es necesario rescatar el proyecto de la corriente democrática y revolucionaria de mayo que luchaba por un Patria Grande, con igualdad y desarrollo soberano. Como dirían “Ni amo viejo, ni amo nuevo, ningún amo en nuestra patria”. Es imprescindible una segunda y definitiva independencia que haga realidad la “noble igualdad”, para que como diría Artigas, “los más infelices sean los más privilegiados” o como dijo Moreno “no mudemos de tiranos sin destruir la tiranía”.



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