Francisco Roby


El Hárbol

 

05/07/16

Esta historia se puede ubicar en cualquier ciudad. El año importa demasiado, ni siquiera el país o la lengua que se hable en el mismo. Existen varias versiones, y cada una ha sido alterada por el relator, poniendo parte de sí en lo que cuenta y retocándola a su gusto. Detalles más, detalles menos, la esencia se mantiene, así que yo la voy a contar lo mejor que pueda y ustedes decidirán con qué partes se quedan.

                                     Resulta que hace una cierta cantidad de tiempo (mil años o quince segundos, lo que más les plazca), una pequeña semillita cayó a la tierra para luego germinar y convertirse en un retoño de árbol que se empezaría a formar en este mundo. El árbol, era un ciprés, acre, roble, pepino, elijan el que les guste porque a mí y a la historia nos vale un rábano, creció con ciertas dificultades. No era de los más fuertes ni mucho menos,  tampoco había ganado mucho tamaño y apenas podía apañárselas para no morir de frío, o marchitarse ante las inclemencias del tiempo y de la vida, o de la orina de los perros y de los hombres. 

                                     En fin, los otros árboles se reían de él (de la manera que lo hacen los árboles, sin que los seres humanos nos demos cuenta), diciendo que parecía un ficus de oficina y que no duraría ni una semana en la intemperie.

                                     A pesar de esto, no todas eran malas experiencias para el arbolito, que también solía tener lindos momentos. Algunas aves y roedores amigos se acercaban a charlar, otros insectos se trepaban y le hacían cosquillas. Cuando estaba solo, lo que más le gustaba era mirar las estrellas. Esas hermosas luminarias que uno solo puede ver a altas horas de la noche. Cuando se es un árbol y solo se tiene tiempo para las cosas importantes, lo cautivaban por completo. En resumen, tenía una vida como cualquier otra, con buenas y malas, penas y alegrías.

Un buen día, nuestro pequeño protagonista empezó a cuestionarse algunas cosas: “¿Por qué había que crecer para arriba? ¿Y por qué con esa forma? ¿Por qué había que ponerse amarillo en otoño? ¿Por qué dar frutos en primavera?” Por qué, por qué y más porqués asaltaban atolondradamente sus pensamientos. 

                                     Día a día estas preguntas daban vueltas en su interior, generando un torbellino secreto de ideas, que no le dejaba tiempo para prestarle atención a la vida exterior, ni siquiera para mirar las estrellas. A causa de estas constantes distracciones, empezó a crecer torcido. Los otros árboles se mofaron de nuevo y los hombres hablaron de colocarle un rector así se enderezaba.

                                     Pero ocurrió qué, desde este nuevo ángulo, podía ver nuevas cosas. Otras estrellas, otros árboles, otro pedazo de cielo y un nuevo horizonte. Y eso que era solo una pequeña inclinación ¿Qué sucedería si se desviaba aún más?

                                     Entonces, nuestro querido arbusto, después de meditarlo un tiempo, decidió que le importaba un cuerno y siguió creciendo chueco, esta vez deliberadamente. Los árboles lo trataron de loco y los hombres dijeron que no tenía remedio, más a él le valía un bledo porque cada vez veía y aprendía más cosas, tomaba nuevas curvas y formas, y hacia más locuras, al punto de que ya no se podía confirmar a qué especie pertenecía.

                                     Todos pusieron el grito en el cielo cuando se mantuvo verde en invierno, o cuando cambió las hojas en plena primavera. Una vez ¡dio manzanas en otoño!, y tuvo la desfachatez de traer ciruelas en octubre. En otra ocasión, por puro placer, sus frutos fueron dos toneladas de peras, cuando escucho a una vecina que decía que “enderezarlo era como pedirle peras al olmo”. 

                                     El rechazo ante la actitud desafiante fue aumentando, alcanzando tales niveles, que los otros árboles comenzaron a empujarlo con sus raíces, y los hombres a tratar de derribarlo, porque era una aberración de la naturaleza y los árboles no debían ser de esa manera.

Pero su tronco, que había adquirido un gran tamaño, resistía; y sus raíces, que se habían vuelto fuertes como el acero, se aferraban al suelo con imbatible determinación, así que resultaba imposible tirarlo. Solo crecía y crecía, haciendo caso omiso a las palabras y a los hachazos, a los insultos y a los agravios, y a cada obstáculo que se cruzara en su camino.

                                     Al final, el paso del tiempo borró todo. Todos se murieron. Los hombres, los vegetales, la vecina, los roedores, las hormigas y todo sobre la tierra. En el lugar donde transcurrió esta historia hubo selvas, luego desiertos, montañas más tarde, mares y océanos al otro día, y no sé qué hubo después. Todo perdió importancia, los insultos, los dolores, los disgustos y las derrotas, los premios y las victorias. Sí, es verdad que nuestro pequeño héroe fue considerado una nueva y única especie, y también es verdad que se creó una reserva natural en su honor, pero esto tampoco importa.

                                     Al final, lo único que alguna vez tuvo importancia, fue vivir la vida como uno quería y creía, y sacarle hasta la última gota de jugo. 


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