Gise Tello


PUNGUITA SUEÑOS DE TOLUENO O LA ORACIÓN A SAN LA MUERTE

 

 

10/08/16

 

En este preciso momento a Punguita le tiemblan las manos, las piernas y todo el cuerpo. Los latidos de su corazón retumban tan fuertes que no parece oír nada más. Ni siquiera puede escuchar mis susurros que intentan, con desesperación, protegerlo de un destino seguro y fatal, si acaso sus  deditos llegaran a apretar ese gatillo. 

Lo conozco y acompaño desde siempre, de chiquito, y sé que este es el momento que ha esperado toda su corta pero contundente vida. Todas las alegrías, tristezas, rabias y miedos se conjugan ahora en ese pequeñísimo ser que, aunque ya no es un niño del todo, ha retrocedido algunos años hasta ese momento de la vida en que todo se volvió tan confuso. 

Cientos de imágenes difusas y entremezcladas desfilan ahora en su memoria: los niños del barrio gritándole “mentiroso”, la mano fría y de uñas largas de la señora Jueza de Menores, los ojos “celeste cielo” de su madre (de los cuales él los heredó), el olor a la villa, al POXI-ran, los cinturonazos, el Padrenuestro y, sobre todo, esa mirada oscura y llena de miedo con la que se encontró la noche que terminaron de destruir su vida y que ahora, en este preciso momento, se clava delante de sí. 

“Un regalo de San La Muerte” piensa sin querer, y automáticamente es invadido por el dolor latigante del cinturón sobre sus carnes y las oraciones repetidas, en tono casi sentencioso, del Padrenuestro y el Avemaría. 

Y es que este niño, que roza los nueve años, se encuentra ahora parado, con las piernas semi abiertas y ambos brazos sosteniendo un arma corta calibre .22 cuyo cañón indeciso apunta directamente a ese hombre que buscó durante tanto tiempo –que necesitó, sobre todo, tanto tiempo- y que ahora lo mira de perfil, con la misma mirada oscura y llena de miedo de aquella noche, sosteniendo a un niño pequeño en brazos. 

Por mi parte, puedo decir que, aunque con algunas fallas, siempre he estado al lado del Punguita, inclusive en los momentos en que este niño llegó a sentir –y sé que lo llegó a sentir- que estaba completamente solo en el mundo. Conozco cada episodio de su vida -o mejor dicho- de su vidita, chiquita y cortita, pero tan llena de huecos y raspones que –creo yo- lo ha acercado por fin a ese joven en el que está a punto de convertirse ahora.    

Recuerdo sus lagrimones de impotencia cuando, tiempo atrás (antes de la catástrofe), su vecino de enfrente, Adriel, algo mayor y más grandote que él, lo empujaba y humillaba delante de todos los chicos (estaban Gonzalo y Renzo, y el coloradito mudo del rancho de más abajo) gritándole “¡mentiroso, todo lo que decís es mentira, sos un chamullo, si vos ni siquiera tenés papá!”  Y recuerdo, ¿cómo no hacerlo?, al padre de Adriel, como una figura imponente que salía de la casa para terminar con la pelea de los niños. Hombre fibroso, de pelo largo, brillante y negro, con los brazos y el pecho tatuados con calaveras y cruces. Un padre así, por supuesto, era el héroe de todos los chicos de la villa, y encima tenía una moto grande en la que llevaba a Adriel a la escuela o a fútbol en el polideportivo (Adriel, para colmo, tenía su propio casco lleno de figuritas de jugadores y era rápido y algo brusco para jugar a la pelota. Punguita en cambio, no coordinaba, se cansaba de correr a los minutos y ni siquiera en el arco podía lucirse porque siempre fue chiquito y menudo, como le decía Adriel: “no la veía ni cuadrada”. 

El papá de Adriel era un ídolo, sí, y muchas veces (tal vez por esa compasión propia de todo padre) jugaba con Punguita o lo llevaba a dar una vuelta en la moto. Entonces el Punga soñaba despierto con que el hombre que manejaba era su propio padre, igual de musculoso y aún más tatuado – sí, más tatuado- con una moto igual o más grande, que lo llevaba a jugar al futbol (porque el papá de Punguita era un excelente delantero goleador y cuando se aburría de meter tantos goles hacía algunos de cabeza, o de taquito o de mitad de cancha, y se los dedicaba a él y algunas veces también a su mamá, que siempre los esperaba con cosas ricas para tomar la leche). 

“Vamonos eh, este es un chamullo” había dicho Adriel esa tarde después de empujarlo al barro, Gonzalo y Renzo se fueron detrás de él a jugar a la Play que le había regalado el padre para el día del niño, solo el coloradito mudo se quedó un poco más y lo ayudó a Punguita, con el cuerpo y la cara llenos de tierra, a ponerse de pie. 

-Mi papá también me va  a traer una plei… para navidad seguro, y te invito a vos a mi casa para que juguemos - le dijo. 

Pero el coloradito lo miró con algo de pena, dio media vuelta y se metió corriendo a la casa de Adriel para jugar con los chicos a la Play de verdad. 

Punguita chiquitito… con sus fantasías de pantalones agujereados y carita sucia, siempre buscando a ese padre entre sueños, que aunque nunca conoció sabía que existía en alguna parte y que un día finalmente lo vendría a buscar en una moto roja gigantesca – no, mejor negra, toda negra, sí - y le enseñaría a jugar a la pelota (como hacía el padre de Adriel, que le enseñaba a jugar a todos los niños del barrio). Porque Papá, Superpapá, “juega al fobal mejor que nadie ¡mejor que Messi y que Tevez y que todos juega! y cuando patea la pelota, esta vuela tan alto que se pierde en el cielo y cuando cae siempre, pero siempre, entra en el arco. 

Casi todas las tardes eran iguales, salvo algunas en las que bajaban al centro a “laburar” con algunas billeteras o celulares. Pero no era siempre así, por lo general andaban los chicos por el barrio, juntando figuritas o arrojando piedras a los colectivos que pasaban por el acceso, (a veces a la policía) hasta que se peleaban por algo (generalmente el blanco era él, o el coloradito mudo) y a cada uno de los niños los llamaban a su casa. A Punguita en realidad nadie lo llamaba, pero igual se metía adentro, para no ser menos. Antes, daba un par de vueltas: recorría la entrada a la villa, calle de tierra (que con el cambio de luz se tornaba algo especial, como en un sueño), doblaba cercando el zanjón y sus pensamientos se mezclaban con el fétido olor a podrido. Pero él ya estaba acostumbrado. Años después volvería a sentir, cada tanto, el mismo olor a la distancia, ese mismo aroma a infancia, a niñez y a cierta libertad, o algo parecido. Al final, agarraba ese angosto pasillito que lo llevaba a casa, donde su madre no lo esperaba con roscas ricas, aunque a veces había algo de sopa. Él entraba, ella lo miraba a veces sin decir nada y otras lo abrazaba fuerte, fuertísimo, sin soltarlo por varios minutos y solamente lloraba. Y así recordaría más tarde el Punguita a su mamá: silenciosa, trastornada, demasiado frágil para ser una mamá, demasiado bella, demasiado rota, enfermiza, manoseada. Tal vez –pienso yo- la recuerde como la estela de una estrella fugaz; la sombra escuálida de esa muchacha valiente que un día se atrevió, embarazada, a abandonar a un policía borracho y violento para internarse sola en una villa con el afán de protegerse a ella misma y a su futuro niño. Luego, las dificultades se hicieron evidentes en su rostro y en todo su cuerpo. 

Una vez, en el polideportivo, Adriel le gritó a Punguita desde la cancha algo sobre su mamá que él no pudo entender. Pero todos reían, y Punguita, que estaba en las gradas, para no ser menos, rio. A la salida le volvieron a pegar y esta vez el coloradito mudo no lo ayudó. 

Las lágrimas de Punguita esperaron a que todos se alejaran para salir de sus ojos y chorrear por el rostro todavía rojo de bronca, y solo entonces se levantó y caminó hacia su casa de nuevo. Despacito, sollozando bajo, daba paso tras paso (yo siempre a su lado) invocando al héroe de sus pensamientos para que lo venga a rescatar. Y que Superpapá una vez más venía en su moto –o mejor aún, en un cuatriciclo enorme-  y con sus brazos musculosos volaba de una trompada a Enzo y a Gonzalo, y al forro de Adriel lo agarraba de los pelos y le pegaba una patada como esas que le daba a la pelota y también lo volaba lejos; (¡Justicia!) y después lo cargaba a él en brazos y lo llevaba a casa porque mamá, como siempre, los esperaba con cosas ricas.   

Se había puesto el sol y en eso estaba cuando, casi llegando a su hogar, escuchó dos gritos, uno de hombre y otro de mujer. El de hombre insultaba, el de mujer lloraba. El de hombre era desconocido, el de mujer era de mamá. Yo comprendí lo que pasaba de inmediato e intenté retenerlo, pero Punguita fue más fuerte que yo y abalanzándose hacia el interior de la vivienda dio de frente con su madre muerta y con la imagen de esa mirada oscura del hombre –oscura y llena de miedo- que le quedaría marcada a quemarropa para siempre en la memoria.  

¿Será destino de toda alma pura el infierno que es la realidad? Cuanto mayor es la pureza, la inocencia, también mayor es el llamado de la oscuridad. Y Punguita se hizo muy sensible a esos llamados. 

“¡Señor San La Muerte!

Yo te invoco seguro de tu bondad.

Ruega a nuestro Dios Todopoderoso

Concédeme todo lo que te pido

Que se arrepienta por toda su vida

El que daño o mal de ojo me hizo

Y que vuelva contra él enseguida.

Para aquel que en amor me engaña

Pido que le hagas volver a mí

Y si desoye tu voz extraña,

Buen espíritu de la buena muerte,

Hazle sentir el poder de tu guadaña.

En el juego y en los negocios

Mi abogado te nombro

Y todo aquel que contra mí se viene

Por siempre jamás hazlo

San La Muerte, protector. Amen.”

La solemnidad con la que los niños repetían esta oración me generaba ternura, porque notaba esa seriedad que nace, mezcla del miedo y la fantasía. Pero Punguita era distinto. Hacía un tiempo que el miedo en su corazón había sido reemplazado de a poco por la ausencia y sus tristezas. Cuando rezaba a San La Muerte, (un chico del Instituto de Menores le había regalado una estampita del polémico santo pagano y  él se había aprendido de memoria la oración del dorso) lo hacía con tanto fervor que a veces me daba la impresión de que su corazón se prendería fuego. 

-Vos le pedís que te cuide y te cuida, le pedís que lastime a tus enemigos y él lo hace- le había explicado el chico, una noche en la que Punguita lloraba solo, mientras todos dormían. 

Entonces Roque –así se llamaba el chico- se acercó al colchón del Punga y le mostró una figurita con el dibujo de un esqueleto envuelto en un manto negro que sostenía una guadaña. 

-Siempre que lo necesites, él está. 

El tiempo en el instituto de menores no alcanzó para hacer amistad con Roque, porque al poco tiempo Punguita fue llevado de la mano pinchosa (por las largas uñas rojas) de una mujer que decía ser la Jueza de Menores, que le había conseguido un hogar sustituto provisional, “porque vos sos buenito, no tenés la culpa de lo que le pasó a tu mamá”  le repetía, desde arriba, esa señora de cara demasiada pintada que lo condujo de la mano sin preguntarle hasta un coche con olor a limpio y luego a su nuevo hogar. 

Es curioso que justo en este momento de tensión extrema, en que la vida de un hombre depende de la decisión de sus dedos que luchan por dominar el pulso, al Punga se le cruce por la cabeza la imagen de la estampita ¿Dónde habrá quedado? Ya no puede recordarlo. Un remolino de sucesos ha arrastrado su vida desde esta mañana, desde que por pura casualidad (y tal vez no tanto) se topó, mientras iba a la zapatería a que le carguen la bolsita con veinte pesos de POXI-ran, con la oscuridad más grande de todas, la de esa mirada de hombre que lo había perseguido desde la noche de la desgracia. Y que luego se había fugado, después de uno o dos segundos en los que se encontró con ese Punguita chiquitito y asustado, que solo volvió en sí a la mañana siguiente en la que aún destellaban frente a la vivienda las luces azules de las sirenas de la policía. 

Yo recuerdo al Punguita –si lo recuerdo- en su nuevo hogar sustituto, escondido en una cueva improvisada con colchones y frazadas, repitiendo en voz baja la oración para que San La Muerte lo ayude contra sus enemigos, fijando los rostros imbéciles de cada uno de ellos (sobre todo el del hombre de la mirada) y recuerdo también sus gritos al ser pillado in fraganti por papá y mamá sustitutos: “ahora sí te toca, cuantas veces te dije, te vas a ir al infierno” y todo acompañado por una buena paliza con el cinto y las posteriores oraciones del Padrenuestro y el Avemaría. “Porque ese esqueleto no viene de Dios, es un pecado porque viene del Diablo y vos, niñito, tenés al diablo adentro” le hacía notar mamá sustituta. 

Y entonces el Punga rezaba. Padre nuestro que estás en los cielos…. ¿en los cielos? Se preguntaba, y levantaba la mirada hacia arriba, imaginándose a Papá el Súper lleno de tatuajes, recorriendo el firmamento a toda velocidad con una moto voladora del futuro y dejando un rastro de humo como lo hacen los aviones a chorro.  

Doy fe de que Punguita fue, durante esos pocos años, un chico tranquilo, muy introvertido, que soportaba con paciencia todas las excentricidades religiosas  de sus tutores. Dios y el Diablo, el Diablo y Dios. Y si la muerte venía del Diablo, ¿para qué la habría inventado Dios? 

No fue justo a mi parecer el castigo impartido por papá y mamá sustitutos cuando se armó aquel pleito en la calle. Esos chicos lo molestaron siempre, el Punguita simplemente se cansó. Hacía un tiempo largo que no los veía (todos habían crecido mucho más que él, que seguía menudo y chiquitín. Incluso el coloradito mudo estaba mucho más alto) y tampoco andaba ya en la calle robando ni soplando pegamento. Quizás fue justamente por eso que lo atacaron. 

-¡Eh, huerfanito! ¿Así que ahora sos monjita? - Le gritaban los niños, como siempre, liderados por Adriel que había crecido a lo alto y a lo ancho y estaba hecho una vaca con rulos. Escuchó a los chicos reírse, escuchó, incluso, un par de insultos más, pero no muchos. Porque casi sin pensarlo, como de la nada, su puño cerrado impactó de lleno contra la cara rechoncha de Adriel y siguió golpeándolo –aún en el piso- haciéndole saltar sangre y algunos dientes también. Entonces el brazo fuerte de un agente agarró a Punguita de la remera y lo arrojó adentro de una patrulla. 

Ojalá todo hubiera terminado ahí, con esa tunda y como mucho, un severo castigo de Padrenuestros en casa. Pero no fue así. Porque mientras el móvil arrancaba, y se llevaban por otro lado a Adriel ensangrentado pero consciente, este le gritó algo que resonó tan fuerte en la cabeza de Punguita que terminó por desencadenar la serie de sucesos que nos llevan a que hoy estemos acá, decidiendo por la vida de un hombre. Y es que una decisión –una sola, la más ínfima- tiene ese poder de llevarnos desenfrenadamente al éxito o a la catástrofe. 

“¡Tu viejo es un policía asesino, un ratti asesino! ¡Antichorro!” En realidad dijo mucho más, pero lo demás no importó, como tampoco importó para nada el castigo de los padres sustitutos, ni los Padrenuestros ni los Avemarías, porque esa noche el Punguita volvió a la calle y jamás regresó. 

Hice lo que pude –me consta- porque lo cuidé día y noche, viaje tras viaje de pegamento; corrida tras corrida de carteras, llanto tras llanto de esos que se lloran en silencio. Por las noches, mientras dormía, escuchaba su respiración de pulmones pegados y lo observaba soñar agitado entre pequeñas convulsiones producto de la intoxicación, el hambre o el frío, y lo rodeaba entre mis brazos  intensamente, jurando protegerlo hasta que salga el sol, y solo entonces podía dormir. 

La Muerte, supongo, de alguna manera nos deja elegir. Pero sea cual sea el camino, siempre conduce al mismo lugar. Esa mañana, después de hacerse una billetera con solo veinte miserables pesos, Punguita se dirigía hacia la zapatería cuando lo vio. Ahí estaba, saliendo de un café, el hombre cuya mirada nunca lo pudo abandonar desde esa noche. Ahí, justito, cerquita de él. Ni siquiera notó que llevaba uniforme, solo sus ojos, hundidos y oscuros en dirección a la parada del micro… y Punguita y yo fuimos atrás. 

Estuvimos varias horas escondidos vigilando la casa en donde el hombre se metió. Hasta que lo vimos salir. Y esta vez tampoco pude retenerlo, y Punguita, sin pensarlo, se metió a la casa por una pequeña ventana que daba al patio. 

Una y otra vez intento comprender como funciona el mundo y la crueldad extrema de sus circunstancias al ver la expresión estática de Punguita mientras miraba las fotos colgadas en la pared de ese comedor. Allí aparecía, casi en todas, el hombre de mirada oscura, pero sin la mirada. Salía como un policía cualquiera, normal, con uniforme, gorra, en algunas con una mujer al lado y unos niños sonrientes a su alrededor. Los niños, notó Punguita, eran algo parecidos a él, pero más chicos (y limpios, y aparentemente felices). Noté su corazón cada vez más alterado e intenté contenerlo (tranquilo, angelito, mejor vámonos) pero él seguía inmóvil por fuera y en plena ebullición por dentro. Sus ojos se posaban de foto en foto, cada vez más rápido y cada vez más inundados. Más y más intensamente sus latidos se aceleraban, hasta que ya no pudo más y estalló en odio, tirando de un violento manotón todas las fotos de la pared. Los portarretratos estallaron en mil pedazos contra el suelo haciendo mucho, mucho ruido. Luego tiró todos los platos, los adornos, los estantes… pateó las sillas, la mesa. Abrió todos los cajones y los volcó en el suelo y, de repente, se quedó helado. 

¿Era justo tanto horror? ¿Qué podía hacer yo, un espíritu etéreo, más que gritarle que pare, que se detenga, a ese condenado ser chiquito ahora poseído por la tortura, ciego de odio, desesperado por el dolor? Porque cuando vació el último cajón, algo pesado cayó al suelo. Un arma. Un arma y una foto pequeña, escondida entre papeles, cuadrada, como las del documento. Una foto de mamá. Por un segundo, los ojos celeste cielo de su madre miraron fijamente los suyos –igual de celestes- y pude ver como el fatal rompecabezas se iba ensamblando en su cabecita. Los gritos, el hombre, la mirada… Pero esos segundos de acuchilladora claridad no pudieron durar mucho. Fue entonces cuando la puerta de entrada se abrió de golpe y apareció ante él un hombre (esta vez sin el uniforme) de mirada oscura, que cargaba en sus brazos a un niño pequeño mientas que otros dos –los de las fotos- lo seguían desconcertados al encontrarse frente a ellos una casa revuelta y un niño con un arma completamente fuera de sí. 

Y aquí estamos ahora, congelados. Punguita, el Hombre y el Fierro. Los demás no importan. Aquí está finalmente delante de él, al Héroe, ese que tanto invocó en los momentos en los que se sentía débil o solo. Pero nada es como lo había imaginado. Porque ese Super papá que de súper no tiene nada, es a la vez el dueño de la mirada más oscura del mundo, el mismo que pocos años atrás le arrebató lo único que tenía en el mundo. 

Además del entrometido pensamiento de la estampita de San La Muerte, muchas cosas pasan por la cabeza de Punguita en este momento, y a toda velocidad: Dios y el Diablo; el Diablo y Dios: Miserable, humano, indefenso, asustado. Ahí tiene frente a él a un ser reducido a la nada. El Hombre Dios ya no es tan Dios, El Hombre Diablo ya no es tan Diablo.

Los segundos pasan y la tensión crece más y más… y llega el momento de lo inevitable, en el que todos, instintivamente, cerramos los ojos esperando el impacto, cuando de pronto un sonido seco sale del arma (clack): el de un tambor vacío, sin balas. Pero solo alcanzan a respirar de alivio un segundo, pues un estallido explota sóridamente desde atrás e impacta a Punguita por la espalda, atraviesa violentamente su cuerpo y sale por el estómago. Al caer en peso muerto, deja ver tras de sí a dos oficiales de policía que alarmados por los ruidos han entrado a la casa de su colega a ver si “todo estaba en orden” y se han encontrado con un pibe chorro que apunta al hombre y a sus hijos en la cabeza. Y, como dirá el noticiero, se ha hecho justicia en defensa propia. 

Ya no sé si esto que cuento pasó hace mucho, o si pasó recién. Para mí el tiempo no existe, es traspasado por los sucesos que se repiten una y otra vez infinitamente. Tantos Punguitas, en tantos lugares, buscando a ese héroe super poderoso que lo salvará de los malos, buscándolo en las calles de tierra, en los soplidos de pegamento, en las oraciones a un santo con guadaña, en las incansables fantasías de su imaginación de niño. Y todo sucede, y todo vuelve s suceder. Y yo, siempre a tu lado, Punguita, para que al menos esta noche puedas dormir en paz.  


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Las Olas

“El sufrimiento es el medio por el cual

existimos porque es el único gracias al cual

tenemos conciencia de existir.”

 

Oscar Wilde

 

05/07/16

 

Cuando la conocí supe por la mirada que era mi destino fatal. Exquisito destino fatal. Ella podía penetrar en mí como la oscuridad termina por ganarle al día, con cierto encanto sensual. Era su sombra mi oculto temor, y atraída hacia ella caminé como poseída, directo al abismo. Nunca existió para ella un límite claro entre la vida y la muerte. Su cuerpo, como el mío, solía fallar, eso estaba claro, por eso apaciguaba el dolor con alcohol, filosofía e inyecciones de morfina. De esa manera encontraba libertad para vivir su verdadera enfermedad: la del alma.  

Fue en ese mismo puente donde hablamos por primera vez, el que divide la ciudad entre la parte residencial y los suburbios de la periferia, a la salida de mi trabajo en el café. Vino a romper mi cotidianeidad nocturna pidiéndome fuego. Olía a por lo menos dos días de alcohol, vestía un sobre todo negro y botas marrones, sus carcajadas llegaron de repente a quebrantar mi paz. Recuerdo que la observé fingiendo indiferencia, le alcancé una cajita de fósforos de mi bolsillo y seguí mirando los autos pasar por debajo nuestro. Quería volver a mi mundo, pero ella ya estaba allí. 

-No, no lo harías… - me dijo de repente, mirando también para abajo. La miré sin decir nada, acostumbrada a una realidad descabellada en la que cada individuo avasalla al resto pretendiendo imponer su propia locura y sobresalir para no ser abandonado - …que no lo harías, no te animarías. 

-¿No haría que?- le pregunté, por fin. 

-No saltarías- dijo ella, segura de sí misma y bastante ebria. Sus ojos, vi entonces, eran de color miel, rojizamente trasnochados. Algunos bucles claros le caían despeinados hacia adelante, sobre su rostro. 

-Y a vos quién te dijo que quiero saltar… 

-Tus ojitos- me dijo ella en tono burlón. Se acercó curioseando, tratando de encontrarme la mirada que la evadía aun sabiendo que ya era completamente en vano. 

Por tal motivo no reaccioné, me quedé rígida como si estuviera siendo olfateada por algún animal salvaje a punto de abrir la mandíbula para devorarme. Creo que ni siquiera me atreví a respirar. Entonces ella se acercó mucho, demasiado. Con una mano corrió mi fleco que siempre me había servido de escondite a las invasiones del mundo y sus ojos quedaron casi enfrentados a los míos. Podía sentir su respiración sobre mí y un notable olor a cerveza 

-Tus ojos están un poco tristes… ¿o será que están aburridos, cansados? Sí… es eso… parecés tan cansada… pero no. Vos no vas a saltar. No estás hecha para saltar - Y como si nos conociéramos de toda la vida, Érica (después me enteré su nombre) se recostó con la espalda sobre la baranda del puente, en equilibrio violento, mientras seguía con la mirada abrillantada sobre los remolinos grises del cielo de la noche. - Dios es Van Gogh… -repetía casi en susurro, mientras dejaba escapar despacio el humo que subía danzante hacia el más allá. 

Su cabello caía entonces como un manto colgando del puente, interminable. A mí me gustaba como se le plegaba la columna vertebral hacia atrás, hasta casi quebrarse. Toda asimetría en el cuerpo de Érica era irresistible. Se me hacía la idea de una criatura Modiglianesca, cuyo cuerpo respondía a las ondulaciones de sus propios pensamientos. Sus ojos estaban ahora ausentes. Así se volvieron las noches. El tiempo a su alrededor no era tiempo, solo lapsos de lucidez en medio de una locura impredecible, indomable. Era como un incendio fuera de control que consumía y revolucionaba todo a su paso, y luego simplemente se alejaba de allí, dando la espalda a su propio caos. Daba la sensación de que le aterrorizaba la idea de frenar, porque frenar quería decir oír el silencio y ese silencio podría matarla. Era una mujer en llamas, corriendo y sacudiéndose para escapar del fuego que la seguía despiadadamente a todos lados. Pero en esos mágicos momentos en el puente, simplemente se desvanecía en la quietud. Yo reconocía en su cuerpo la marca de una llaga permanente de la que no podía desligarse y que solo aliviaba en esos instantes junto a mí. Cerraba los ojos, respiraba profundo y moría un momento. Y era como un globo que flotaba en el vacío, camuflándose con la eternidad.

-Siempre que empiezo un cuadernillo dejo la primera hoja en blanco-me dijo una noche, mientras hojeábamos anotaciones suyas en momentos de locura- porque sin importar el presente y omitiendo el final, quisiera cada día poder cambiar el principio. Cada día una vida nueva, ¿te imaginas? Cada día un glorioso y nuevo amanecer. 

La hermosa Érica hablaba siempre en metáfora, cualidad que nunca se dio demasiado conmigo. Mi vida era demasiado cotidiana para las metáforas. Además yo no tenía tiempo para leer como ella lo hacía, ni reflexionar sobre temas existenciales o muy profundos. Me veía en la obligación de trabajar en el horario de tarde-noche después de mi cursado para pagar el alquiler de un pequeño cuarto de pensión, comer bien una vez al día y costear a duras penas el material de la carrera de artes plásticas. Muchos de mis compañeros de cursado hacían enormes esfuerzos para parecer brillantes ante los demás. La mayoría citaba a Nietzsche o a Schopenhauer y debatían frente al grupo problemas relacionados al campo del arte o la filosofía. Casi todos querían trascender, ser únicos, ser especiales. Pero la verdad es que a mí me parecían todos más o menos iguales. Nunca me dejé asombrar por reflexiones cannabicas de niños bien alimentados y con tiempo libre de sobra para pensar. Hasta que conocí a Érica. Entonces nada fue como antes, nunca más.    

-Pero si borrás el pasado… entonces nada de lo que hacemos tendría sentido-protesté, pensando en lo mucho que me costaba a mí, una simple moza de café y mediocre estudiante sin padres ni bienes propios salir adelante sola. Ella sonrió.   

 -¿Ves?… es un poco complicado: aunque no lo parezca, es  justamente lo que transforma en valioso el presente, un valor renovado: una vida diferente a la anterior, y la muerte es entonces como ojos que se cierran para volver a despertar. 

-¿Para volver a despertar?… pero si vos nunca te dormiste.

-Si yo fuera un mar, sería uno frío, turbio y violento. Como el de Japón. – me comentaba siempre que fumábamos. Y después me decía riendo que le hacía la misma pregunta a todo aquel que pasaba por su cuerpo, y que todos se le quedaban mirando como si les hablara en arameo antiguo y contestaban entre balbuceos que tal vez quizás podrían ser alguno de esos mares cálidos de aguas cristalinas en lugares paradisiacos del caribe que salen en la National Geographic. Y que lo decían como si la respuesta fuera obvia. Y que la conversación quedaba ahí, al igual que  la practicidad de la pregunta. Una pregunta muy enigmática, por cierto, de mil posibles respuestas. Porque, como afirmaba mi amiga, cada ser tiene un mar en su interior que esconde, debajo de sus capas más hermosas y superficiales, un abismo tan profundo, tan oscuro y lleno de misterios que de solo desestabilizarse un poco por los movimientos de la tierra provoca una Catástrofe Natural.  Una ola gigante que arrasa con toda su fuerza los espacios más cercanos destruyendo, arrastrando, modificando todo a su paso. Y tras haber llegado al clímax de su crudeza total se retrae, despacio, para volver a la oscuridad y al silencio absoluto de las profundidades eternas. Esa era Érica. Y es que las olas eran como las pulsaciones de su corazón. Y prometía que un día se iría lejos, a donde los mares son fríos y rocosos. Algún pueblo de pescadores en algún lugar de Escocia o Irlanda, de praderas verdes multiformes que contrasten con un cielo gris en amenaza permanente de tormenta. Tal vez bebiendo algún trago en uno de esas tabernas rústicas de mala muerte por donde solo beben viejos, prostitutas venidas a menos y  viajeros ocasionales. Donde los hongos alucinógenos crecen en las cercanías de los bosques y las criaturas folclóricas de las leyendas de cuando en cuando se roban a los niños de sus cunas. Tal vez se fue, no estoy segura. Tal vez se fue y no va a volver. 

Volvimos a encontrarnos en el puente algunas veces más, a la hora que salía yo del café, allí me esperaba ella. Cada vez más alegres de vernos, fumábamos yerba y reíamos de todo, escupíamos a los autos que pasaban por debajo o grabábamos frases místicas sobre las barandas metálicas para que otras personas en otras circunstancias lejanas a nosotras despertaran con los mismos interrogantes sobre el arte y la vida, la muerte, las olas y el mar. Una noche, mientras me despedía de Érica con el objetivo de encerrarme en el cuarto de mi pensión a estudiar para el examen de historia del arte que tendría al día siguiente, ella agarró mi mano y me pidió insistentemente que no me fuera. Le recordé que tenía obligaciones y que por culpa del trabajo no contaba con el tiempo suficiente para estudiar, pero ella puso su dedo en mis labios como ordenándome silencio, y yo me callé. Confiaba en su mano, confiaba en su mirada, todo su ser parecía estar hecho para mí aguardando desde siempre por mi aparición en ese puente que separaba su casa adinerada de mi pensión, su palacio de mi mundillo, segura de nuestro vínculo, segura también de todo lo demás.  

-Hoy- dijo finalmente mientras la seguía hasta su hogar –es el cumpleaños de papá - Qué extraño, Érica NUNCA hablaba de sus padres. No sabía nada de ellos, esa parte de mi amiga era un completo misterio para mí, aunque sí me había contado con mucha emoción de Federico, su hermano pequeño. Me sentí algo incómoda por conocerlos, llegar a un cumpleaños sin ser invitada, y encima llegar fumada; y no saber cómo presentarme ni qué decir. Pero no fue necesario. Apenas entramos a la lujosa casa ricachona nos encontramos con un panorama totalmente opuesto al de una fiesta de cumpleaños: un hombre que parecía ser el padre, sentado de espaldas a nosotras, miraba dibujos animados en la televisión sin decir palabra alguna. Ni siquiera volteó cuando entramos. Más allá, en la mesa del comedor, una mujer con gafas oscuras hojeaba distraída unas revistas de moda. No dijimos nada ni saludamos a nadie. Mi amiga, con gesto mudo, me hizo pasar derecho hacia la boca de la escalera con la intención de subir a su habitación cuando la mujer de las gafas abrió la boca: 

-Érica, ¿no vas a saludar a tu papá en su cumpleaños?- Érica se detuvo algo perturbada sin contestar, dirigió una mirada hacia el sillón donde su padre miraba la televisión con la completa actitud de un zombi y no dijo nada. Yo me sentía terriblemente incómoda, y le susurré a mi amiga en el oído que si no me pensaba presentar a su familia. 

-Mi viejo está ocupado y mamá es ciega, no te ve. Vamos arriba.- me dijo, determinante. Y la verdad es que no parecía un festejo muy animado. Me dispuse a seguir a Érica arriba cuando la mujer habló una vez más: 

-Tu amiga… a lo mejor tiene hambre, ofrécele algo de comer. 

Ante mi estupor, Érica me hizo una señal con la cabeza para que no me detenga y subimos a la planta alta. Al llegar arriba, tuve la efímera sensación de que alguien nos observaba desde la puerta del cuarto del final de pasillo, pero al dirigir la mirada hacia allá una puerta se cerró súbitamente. 

-Es Fede, mi hermanito. Es muy tímido, no está acostumbrado a las visitas. 

Una vez en un su cuarto, ella se quitó el sobre todo, el gorro y las botas y se tiró a peso muerto en la cama quedando todavía un momento tildada, mirando perdida al techo de madera. Con un detenido recorrido visual, pude notar que en las paredes de la habitación había pegadas decenas de rostros ensamblados a modo de collage, con bocas, ojos y narices recortados al azar de revistas de moda, de esas que su madre parecía adorar. También distinguí, esparcidas por el espacio entre los recortes, imágenes de lugares exóticos y lejanos: la costa de una isla, el horizonte de un desierto, bosques montañosos y pueblos de casas bajitas y de colores. Pero no llamaban la atención porque el protagonismo en las paredes lo tenían los rostros en collage. Cada uno de estos Frankensteins parecía mirarme fijamente a los ojos, como queriéndome advertir sobre algo, como incitándome a salir de allí lo más rápido posible. Y sin embargo ahí seguía yo, parada en medio de su cuarto, recorriendo con la vista ese mundo que era de ella, que era ella, que resultaba una manifestación más de ese ser infinito que se prolongaba ahora a lo alto y a lo ancho de mi propia existencia. 

-Es hora del regalo de cumpleaños para papá… -dijo mirándome con una sonrisa algo inquietante que pretendía probar mi valor y fidelidad hacia esta nueva amistad. Se paró y fue hasta el armario sin dejar de mirarme, abrió un cajoncito y sacó de él una caja pequeña y blanca de cartón que llevo consigo de nuevo a la cama. Obediente, la seguí y me senté también a su lado, sin dejar de prestar atención a lo que ella hacía con el contenido de la caja. Parecía una pastilla. 

-Yo no, paso.- Le advertí- todo bien con el alcohol y la motta, pero esto no… me pone mal.

-¿Cómo sabes que te pone mal si nunca has probado? A lo mejor te gusta… - y acercándose juguetonamente con la pastillita en la mano se detuvo tan cerca de mi boca que no pude evitar el beso más erógeno del mundo. -Hay muchas cosas que no has probado y puede que te gusten. Y casi sin querer abrí la boca para dejar que sus dedos introduzcan la pastilla sobre mi lengua. –Y ahora… bailemos.-Y de pronto éramos como dos niñas a la salida de la escuela saltando frenéticamente sobre la cama al ritmo de AC/DC.  

No sé cuánto tiempo pasó, no sé cuantos segundos minutos u horas, o días y noches enteras estuve con ella adentro de ese mundo fantástico, siendo muchos seres al mismo tiempo, viviendo muchas vidas, transformadas en el mar. Fui cayendo lentamente en un estado surreal, mi cuerpo bailaba y yo era mi cuerpo, ya no dolía, ya no gritaba, solamente sudaba y ondulaba poseída por una fuerza misteriosa y sensual, acercándome cada vez más al cuerpo ya desnudo de Érica, bruja cósmica y diosa de ese inframundo frenético y desquiciado al que solamente podría entrar de ese momento en más si permanecía siendo una misma ola con ella, si acaso mis muslos, mis caderas, mis sentidos se fundían con los suyos para siempre en océano de goce perpetuo.    

Entregada al placer de sus electrizantes besos en mi cuello miré hacia arriba, hacia ese techo de madera sobre el cual parecían dibujarse siluetas vivas que se movían de un lado a otro rebosantes de energía. Entonces comenzamos a alejarnos de ese límite hundiéndonos más y más en el suelo, con mi corazón bombeando a máxima presión y su boca recorriendo mi cuerpo entero. Tan hechizada me encontraba yo en ese mundo de placeres infinitos que no noté el momento en que Érica empujó delante nuestro la puerta de la habitación dejándola abierta de par en par para que su padre, que venía caminando por el pasillo en dirección al cuarto de enfrente, quedara petrificado ante la escena de gran voltaje, despertando en el sus más viciosas fantasías. Cuando me percaté ella seguía acariciándome pero lo miraba a él, que venía hacia nosotras increíblemente excitado y quitándose la remera. Reaccioné de inmediato intentando incorporarme y cubrirme para huir corriendo de esa habitación, pero Érica tomó mi cuello bruscamente con su mano y me aplastó contra el suelo. Por unos segundo no pude respirar, intentaba zafarme entre convulsiones y entre medio del estado de mi mente drogada y la falta de oxígeno, creí ver a Érica extendiendo su mano libre para tocar a su padre, ahora desnudo, que se entregaba a ese negro festín rebalsado de impulso, de erotismo y de bajos instintos. Pero en el momento justo en que estaba por desmayarme, Érica soltó mi cuello, se incorporó a medias, tomó rápidamente el cenicero macizo de la mesa de luz y lo aplastó contra la cabeza de su padre que cayó duro al piso mientras ella, completamente fuera de sí, seguía golpeándolo con descabellada violencia destrozándole el rostro desfigurado y salpicando de sangre las blancas paredes, como una agresiva ola del mar pacífico arremete contra todo lo que se encuentra a su paso. Y gritaba desquiciada 

-¡Ahora vas a tocarme, hijo de puta, ahora sí que vas a violarme, maricón! – al tiempo que yo tanteaba como podía parte de mi ropa que había quedado desordenada por todo el cuarto minutos atrás, con la intención total de desaparecer lo más rápido posible de ese infierno y los seres que lo habitaban. Ni siquiera intenté pararla a ella: no había manera de detener a ese torbellino salvaje que seguía gritando y riendo frenéticamente mientras desparramaba los sesos de su padre por paredes, alfombra y cubrecama y se abría con todo su cuerpo hacia arriba, como queriendo entregar el alma, como gritándole al cielo que acá estaba, que esa era ella, una ola asesina, desquiciada y fatal.

Tomé lo que pude y tuve que saltar el cuerpo deshecho del padre para poder salir por la puerta hacia el pasillo, ni siquiera recordaba el camino por el que había entrado, de modo que corrí hacia un extremo y entré en pánico cuando me encontré de frente con mi propio reflejo en un espejo de pared. Estaba despeinada, semidesnuda y empapada de sangre que no era mía. Por un segundo miré mis propios ojos y mis pupilas negras enormemente dilatadas y sentí verdadero pavor. Y entonces noté sobresaltada detrás de mí una figura pequeña y atemorizada que sostenía con fuerza una almohada entre sus brazos, parado, estático, en el otro extremo del pasillo. Me di vuelta y ahora mis pupilas gigantes se encontraron con las de Fede, que me miraba enmudecido, internamente alterado y a punto de explotar. Hice un gran esfuerzo para despegar nuestras miradas y me lancé a toda velocidad por la escalera que bajaba al comedor de la casa que permanecía totalmente a oscuras. Con desesperación tanteé la pared en busca de la llave de luz para encontrar la puerta de salida, pero cuando la encontré apareció súbitamente ante mí el impactante rostro de la madre de Érica sentada en una hamaca, con sus revistas de moda en el regazo, pero ya no llevaba puestas las gafas y dos cuencos vacíos parecían observarme desde la nada. Quedé inmóvil, con el ruido de fondo de los golpes y las risotadas viscerales de Érica en la planta alta. La ciega se levantó entonces de su hamaca, como si pudiera percibirme - tal vez olerme - y caminó hacia donde estaba yo arrinconada y a punto de desmayarme del terror. Ella avanzaba y yo no podía retroceder más, y cuando la tuve casi encima de mí con su aliento fétido y los agujeros sin ojos lo único que atiné a hacer fue empujarla con todas mis fuerzas hacia atrás, ir hacia la puerta de salida y correr sin parar alejándome de esa casa lo más rápido que el cuerpo me daba. Salí de la zona residencial y llegué al puente, donde el cansancio y el desmayo fueron más fuertes que yo y caí vencida contra la baranda y luego contra el suelo. Los latidos del corazón se hicieron más y más fuertes y respiraba entrecortadamente mientras intentaba ignorar las imágenes que pasaban por mi cabeza una y otra vez sobre esa casa, de Érica, Érica y su cuerpo, Érica y su padre y los sesos de su padre esparcidos por la habitación, la imagen de la ciega con las revistas que no podía ver (o acaso sí, de alguna forma), la oscuridad, el niño sosteniendo la almohada, el espejo y yo misma contaminada… creí desfallecer. Pero entonces, apareció ella, parada en medio del puente envuelta en una sábana teñida de rojo oscuro, la sangre chorreaba desde sus bucles hasta las huellas que iban dejando sus pies. Y reía… se tambaleaba y casi no podía sostenerse en pie, pero reía. 

-Fue una linda fiesta, creo… creo que era justo lo que él quería – dijo sonriente y acercándose a los tiritones. Yo me incorporé pero no podía hablar, mi mandíbula estaba trabada producto de la droga y del shock. Érica se acercó hacia mí y con su mano también bañada en sangre acarició suavemente mi mejilla, luego mi frente y todo mi rostro. 

-Ja… eso es amistad. Dos destinos que se cruzan en un viaje de placer y muerte. Ya nunca más vamos a vivir en el medio, ya nunca más… - Y sosteniéndose de la baranda del puente, trepó con todo su cuerpo sin que yo pudiera reaccionar de inmediato. –Dos destinos… -repetía, mientras cerraba los ojos como disfrutando del viento que soplaba contra su rostro como si fuera una verdadera ola del mar -El océano-dijo - es inmenso, vamos a encontrar otro lugar para nosotras. - Y me tendió la mano. Una parte de mi quería gritar, tomarla en mis brazos y bajarla al suelo, entregarnos a la policía y confesar. Pero no. Érica solamente podía despertar en mí ese otro lado, ese lado oscuro que solamente con ella cobraba sentido. Y le tendí mi mano también. Nos miramos un largo rato, como confiando una en la otra. Pero entonces Érica salto… Y yo no.      

Las noches nunca más fueron iguales. Después de mi detención temporal y los infinitos interrogatorios por parte de la ley, perdí mi trabajo en el café. Sin embargo, a veces paso por el puente como una inminente necesidad vital, imagino el regreso al útero materno, el volver a flotar en paz lejos del mundo ambiguo y dual, lejos de los extremos, descansando de mis impulsos destructivos, ahora propios, para con el maldito y programado estándar existencial.  Pero solo en eso queda lo mío: impulsos. En cambio vos, tomaste una decisión.

Decía Herman Hesse que un suicida es un atacado del sentimiento de individualismo. Y ahora lo entiendo. Porque, después de todo lo sucedido esa noche, después de todo el sufrimiento, cuyo origen es inexplicable, solo una pequeña parte de mí, aún devastada, es todavía capaz de conmoverse por sucesos del entorno, así como de otros seres humanos, así como del dolor. Una ínfima e intensa parte de mí: la que se niega a desaparecer. Como la paz luego del huracán, la calma luego de la tormenta, la única CLARIDAD en un alma casi muerta. Entonces siento su dolor y me limpio. Y cada lágrima en su honor se convierte en mi propio estigma. Ya no me importan los discursos sociales. Se me hacen melosos y hasta ridículos, y termino encerrándome en mi propio mundo contradictorio y ambivalente, con la sensación de estar a salvo de las nobles causas de la solidaridad. Y cuando lo pienso un poco mejor y reflexiono, descubro que no es la causa lo que me asquea sino su detestable hipocresía ¿Cuánto tiempo pudo fingir un espíritu tan extremo? ¿Fue esta contradicción la que estimuló, acaso, su inescrupuloso camino al suicidio? ¿Cuánto horror por el encanto?

Al día de hoy, la sombra de Érica me mira desde los umbrales, con su modo encantadoramente frívolo de ver el mundo. Una elegante manera de morir. Y aunque por un instante la creo muerta, un pasado maldito reaparece ante mí como vampiro en la noche, y siento a mi amor respirar sobre la nuca ¿Por qué me llama el inframundo? ¿Por qué en medio de la luz? Y ahí está ahora, reducida, indefensa, diminuta y patética. Y puedo sentir gran parte de su infierno ¿Será ella golpeando a mi puerta? ¿Ella desnuda, ella humana? Maldita narcisista. Si ni siquiera su odio era para mí, sino para ella misma ¿Sos vos o soy yo? Me pregunté una vez. Es el miedo de ambas. Somos ella y yo, la pregunta y la respuesta. Una siempre enferma del Complejo de Dios. Creadora, destructora a placer y voluntad. Existir y no. Ser omnipotente a pesar de saber que no somos nada. 

Además de perder el miserable trabajo en el café, decidí dejar el cursado, la pensión e inclusive la ciudad por un tiempo. Me voy en busca de algo propio, posiblemente a la costa pacífica, donde el mar es frío y violento, y descarga su potencial de destrucción contra las rocas, así como ella lo hizo conmigo, como dos olas fuera de control se estrellan contra la existencia insoportable y estática del mundo estéril. Así era ella, hacia ella voy yo.  

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