Miércoles 10/08/2016

JESÚS SALVADOR

         Fue una época mala, la peor que yo recuerdo. El año anterior terminamos últimos en el campeonato, los dirigentes se fueron casi todos y con ellos, los sponsors, dejándole una gran deuda imposible de pagar. Los que quedaron al frente del club, se inclinaron por desafiliarse de la liga y abandonar la actividad deportiva. Aunque esto entristecía a todo el pueblo, era la solución más aceptada debido a la falta de dinero para afrontar el año.

 

         Pero siempre hay un cabeza dura, un entusiasta, quizá kamikaze, que no quiso ver al club caído. A él se le fueron sumando otros más y a tres semanas de empezar el campeonato nos llamaron a entrenar. No volvimos todos, el plantel de primera no alcanzaba los veinte jugadores. Había que juntar plata para pagar la planilla y los viajes cuando jugábamos de visitantes. Así, con pocos jugadores, sin plata y poco entrenamiento, encaramos el campeonato. Sólo por amor al club y al fútbol, sin siquiera tener la esperanza de mejorar el campeonato del año anterior.

 

         El último viernes antes de la primera fecha, después del último entrenamiento, llegó al club un hombre y habló con nuestro entrenador. "Soy el Sr. Salvador" le dijo, "vengo a pedir permiso para que mi hijo juegue acá. Pero no puede venir a entrenar en la semana, sólo puede venir los domingos a jugar. Si usted quiere viene pasado mañana. Le aseguro que juega muy bien".

 

         El entrenador aceptó, más por no decirle que no. "Ya que el plantel es muy corto, no viene mal uno más, aunque sea para completar la lista de la planilla" dijo cuando se fue el hombre

El domingo fue terrible, en el arranque nos tocó con Ferro, el último campeón y el que siempre nos llenó la canasta acá y allá. Los que nos animamos a jugar ese partido apenas podíamos balbucear una frase por los nervios y el cagazo que teníamos. Cuando el entrenador nos contó ¡¡éramos trece!! ¡Los once titulares y dos al banco, sin arquero suplente! ¡Queríamos que nos tragara la tierra ahí mismo!

 

         Cuando estábamos por entregar la lista para firmar, apareció en la puerta del camarín un flaco huesudo y pelilargo. "Hola, soy Jesús Salvador. Mi papá me dijo que viniera hoy a jugar". El entrenador dudó un rato antes de inscribirlo, no había muchas salidas, uno más para el banco.

 

         Sabíamos que no podíamos jugar de igual a igual y para no llevarnos otra paliza, nos metimos atrás para aguantar hasta donde pudiéramos. Nos fue bien, les costó hacernos un gol, a pesar de que los únicos que atacaban eran ellos y nosotros solo le pegábamos para adelante. Nuestro DT ya había hecho dos cambios, sacando a los que estaban más cansados. Cuando faltaban 7 minutos, se lesiona Pepe, uno de los que más pelotas había sacado, al DT no le quedó otra que llamarlo al nuevo "Mirá pibe, si la pelota se te viene encima, pegale fuerte para arriba", le dijo.

 

         Jesús se ubicó en la derecha para aguantar junto a nosotros. La primera vez que un rival lo encaró, le quitó la pelota y encaró para adelante. Ya nos sorprendió la seguridad con que corría sorteando rivales. Corrió hasta que al pasar la mitad de la cancha tiró un centro largo. Nadie se había dado cuenta que Pedro iba solo por el otro costado, nadie, ni nosotros, ni los defensores de Ferro, solo él lo vio y le tiró ese centro perfecto para que la tocara por arriba del arquero que estaba adelantado y empatara el partido ¡Le estábamos empatando a Ferro, el peor cuco de la Liga!

 

         Ya en tiempo de descuento, cuando nosotros estábamos festejando el empate, a Jesús se le ocurre encarar de nuevo y esta vez fue él mismo que, dejando atrás a todos los de Ferro, llegó hasta el área e hizo el increíble segundo gol. Para nosotros todo era un sueño, ¡ganamos en la primer fecha y a Ferro! Nos fuimos festejando al vestuario, todos queríamos abrazar al héroe, pero en un descuido no lo vimos más, algunos lo vieron salir como una sombra del camarín sin poder seguirle el paso.

 

         Nada se supo de él hasta el próximo domingo. Jugábamos en la cancha de Juventud Unida, pero él no viajó con el grupo. Volvió a presentarse a última hora en el camarín, cuando lo vimos, algunos respiramos más aliviados. El DT lo puso en el banco, pero nosotros, motivados por el partido anterior, salimos a jugar al fútbol y ganar. 

 

         Terminamos el primer tiempo perdiendo 1 a 0, el DT no encontró solución mejor que ponerlo a Jesús en el arranque del segundo tiempo.  Fue un lujo verlo jugar, siempre arrancaba desde su puesto de defensor y cuando se iba para adelante era imparable. Siempre sabía a dónde ir y dónde poner la pelota, sabía adonde íbamos a correr cada uno de nosotros, como si entrenara todos los días con el equipo, pero eran pocos minutos los que habíamos compartido con él.

 

         El fue el principal responsable de dar vuelta otra vez el resultado y ganar el partido. Al siguiente domingo, el DT lo esperó a él para armar la lista. Lo puso como titular y desde ahí, Jesús se adueñó de la “3” del “Defensores de Santa Rita”. Con el pasar de los partidos fuimos "Salvador y diez más", el presente del club nos entusiasmó y ese entusiasmo se generalizó, la gente volvió a la cancha, todos para ver a Salvador, los medios de comunicación se acercaron al club para saber más de Salvador, ese jugador que solo aparecía el día del partido, pero en la semana no se sabía nada de él, ni nadie sabía dónde vivía.

 

         La radio del pueblo comenzó a transmitir los partidos, el canal de TV pasaba resúmenes en el noticiero y los fotógrafos buscaban publicar la mejor postal de Salvador y la pelota en los diarios. Hasta algunos empresarios se volvieron a entusiasmar y los dirigentes firmaron nuevos sponsoreos. Era una gran revolución, el club estaba saliendo del pozo y nosotros, gracias a ese desconocido jugador, éramos los protagonistas.

 

         En la final del campeonato, el Estadio Municipal estaba a pleno. Ellos habían traído mucha gente, pero los nuestros eran muchos más. Ninguno de nosotros había jugado con tanta gente en las tribunas. Cánticos y banderas, la mayoría alusivas a Salvador, la gran figura de la tarde. El festejo del título fue tremendo, todo el pueblo dentro de la cancha agradeciéndonos el campeonato logrado. Todo el mundo buscó el abrazo de Salvador, incluso yo. Lo busqué entre la multitud sin encontrarlo. Los periodistas querían la palabra del gran héroe de Santa Rita, pero fue imposible dar con él. Jesús se había marchado sin que nadie lo viera, nadie recuerda haberlo visto después que la hinchada se metiera a la cancha. Cuando lo llamaron a su número de celular, daba fuera de línea. Nunca más apareció por el club, nunca más pudo contactarse con él ni con alguien que diera algún dato de él. Ni si quiera quedó registro de su paso por el club, porque los videos que la TV filmó desaparecieron, las fotos de los diarios se borraron. Ahora solo existe en nuestra memoria, los que lo vimos jugar en persona y nadie más, porque es muy difícil encontrar quién crea en esta historia que solo nosotros vivimos. La historia de Jesús Salvador, que salvó al “Defensores de Santa Rita”.


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