Martes 28/11/2017

BUEN DÍA, MUERTE

Las espuelas sonaban a lo lejos, las puertas se abrieron con un fuerte golpe, el eco resonaba en las paredes en conjunto con el ir y venir de las gemelas de madera que daban la bienvenida al bar. Se alojaba un timbre en mis oídos, ardían mis entrañas gracias al desvelo presente. La voz de la madrugada vino acompañada de un tono que se inflaba de orgullo por su insaciable ansia de domar al mundo, esta me levantó. La luz pesada hacia que me escondiera tomando como guarida la mesa en la que me encontraba desperdigado. 

 

"Crees que esto es una joda para mi" dijo un bruto malhumorado, que coincidencia, otra de las razones por las cuales esta no era una vida para levantarse.

 

Las botellas que había tomado la noche anterior fueron tiradas al suelo, eran dinamita explotando junto a mis oídos, partiéndose en varios pedazos. El animal que se hacía llamar hombre me golpeaba en la cabeza esperando que me levantase. El aliento a muerte que salía de su hocico se abría paso sin pedir permiso y entró en mi nariz, el inepto de turno estaba frente a mí, le dio un golpazo a su arma luego de cargarla y el tambor giró. Algo dentro de la masa intoxicada que yo era me decía que tenía que moverme. "¿Te querés morir?" Apretó el barril de la pistola contra mi frente, sentí como esa argolla de metal quería casar en sagrado matrimonio a mi frente con una de sus vírgenes balas. "No me lo preguntes dos veces", respondí apenas con un resoplo, esperando su reacción, conociendo a los de su clase, no iba a disparar. 

 

 La repulsiva bestia apretaba más la sortija de la punta del arma contra mi frente y alzaba su voz, como un remoto intento de generar miedo. Me embarqué en la misión para llegar al mango de mi pistola, sentía un temblor en los codos, pero de a poco logré llevar mi mano hasta el firme mango de mi revólver, desenfundé lentamente como si hubiera mil personas observando y ninguna de ellas deba enterarse de mi artimaña. Apunté a su rodilla y suavemente apreté el gatillo, hubo sangre y gritos. La alimaña desmesurada cayó al suelo torpemente, una mano en la herida y con la otra disparaba sin ver a dónde iban las balas. Antes de caer, pateó la mesa tirándome hacia el suelo, sin chance de recuperación, no podía pararme, mi cabeza seguía muerta sobre los litros de alcohol y pedirle que moviera un dedo sería lo mismo que hablarle a un muerto y esperar a que responda: "Margaret: siempre te he amado." 

 

El empujón de su reacción me dejó detrás de una columna, encontré de a poco la manera de que ella funcionase como una guía hasta que mis piernas quisieran patear otra vez. "Maldito, canalla, rata, hombre muerto". El de bigotín, tirado en el suelo me regalaba todo tipo de títulos, todos dignos de la horca. De a poco empecé a girar mi rostro hacia el de él. Me apuntó con su arma diciéndome que me iba a volar la cabeza, pero él y yo bien sabíamos bien que todas las balas ya las había gastado. "¿Te...querés...morir?", el gordo seguía con su tembloroso brazo en el aire mientras que de a poco mi cuerpo iba volviendo a la vida, lo que me permitió agacharme para poder tomar mi arma, que no había caído lejos de donde yo me encontraba. En cuanto me hice con mi confiada hermana le volé el cerebro de un balazo. 

 

Mi mano temblaba, hacía mucho no le quitaba la vida a alguien, ella se resbaló de mis manos cayendo a la vez que la cabeza del ahora occiso ofensor. Estaba tan plateada y tan llena de adrenalina. Los segundos se medían en años, el cantinero que tranquilamente observaba la escena desde atrás de la barra soltó un suspiro y dirigió su mirada hacia mí, "Ese era el hermano de Juárez". Luego volvió al vaso que siempre limpiaba. Constante los momentos se iban sucediendo los unos a los otros iba entendiendo en cuánta mierda estaba hundido. Apoyé mi espalda sobre mi compañera columna, de a poco me dejé caer, esperando que nunca llegase al suelo. El descorazonado polvo me da la bienvenida metiéndose en mis ojos mientras me es inevitable dejar caer el peso muerto de mi cuerpo sobre el suelo, aún seguía borracho, consciente, pero borracho.

 

Yo ya sabía, lo tenía en mente, mis horas estaban contadas, hace unos segundos ese cadáver me había dicho que yo era un hombre muerto, "¡mierda! quizás tenga razón", me dije sin esperanzas de salir de esa. 

 

Se abrieron de un golpazo las puertas del bar, sonaron como en conjunto, el relinche del caballo junto a las fustas que lo golpeaban. Una figura entró en el bar, se paraba tapando toda la luz que entraba de afuera, dejándome en las sombras. Era enorme y tenía un bigote extremadamente tupido, sumado a un gorro enorme de color negro y marrón el cual formaba una sombra que no dejaba ver sus ojos. 

 

"¡Juárez!", mi mente unió todos los puntos en un instante. Siempre me dio asco ver su grotesca figura, siempre abarcando todo y queriendo tener todo, gordo de mierda. Recuerdo que venía con sus matones, dos hilachas que le chupaban los pies y estaban constantemente zumbando en su órbita para contraer el efecto imaginario de que ellos también estaban a su altura, en mi opinión era una pérdida de tiempo. 

 

Se sentaron en una mesa los tres juntos, pidieron unas cervezas y se pusieron a parlotear entre ellos, escupiendo cada palabra que salía de sus asquerosas bocas, armando un desorden con su sola presencia. 

 

Mis pies bailaban, pero mis manos ya habían recuperado su magia. Con la fuerza que de a poco volvía, alcancé el bolcillo de mi camisa para sacar un cigarrillo, lo miré con mucho amor. Antes de sacar la caja de fósforos a los apurones me frené por un segundo y pensé que este podría bien ser mi último cigarrillo, por lo cual me empeñé en hacerlo todo lo más lento posible para poder disfrutar hasta mi último aliento… "¡Qué cigarrillo tan rico, la puta madre!" no paraba de pensar en eso. 

 

El gordo se levantó abruptamente y me arrojó su vaso lleno de alcohol, el vaso chocó justo al lado de mi cabeza, empapando todo un lado de mi cara. Se acercó hacia mí de manera amenazadora: "Decime, pedazo de mierda, ¿vos fuiste el que mató a mi hermanito?". No le iba a dar el placer, no todavía. Le doy una buena pitada al cigarrillo de la última cena y le respondí: "sí, fui yo maestro."

 

Me agarró de la camisa y me levantó hasta que mis pies quedaron colgando. "Cuidado con la camisa, más tarde tengo un velorio al que asistir", por lo que la ballena vestida en cuero me respondió: "Ahora vas a ver campeón", levantó su puño y lo lanzó como una flecha, derecho a mi cara. Algo de alcohol me restaba en el cerebro por lo que pude tolerar ese tren que descendió sobre mis pómulos.

 

"Maricón", así la palabra salió de mis labios llenos de sangre, abro mis ojos y todo se veía rojo. Para Juárez era como si le hubiese fundido esa palabra en la frente, de modo que se empezó a agitar y sus dos súbditos soltaban risitas como dos colegialas, al ver que su noviecito no se aguantaba un comentario. "Si tenés las bolas bien puestas, matame en un duelo", mis ojos estaban casi pegados a los de él, mi plan era que su alma se diese cuenta de que ahora él tenía que luchar por su vida si quería que lo siguieran respetando. 

 

De mala gana aceptó, me sacó mi arma y me dio otra, los tambores estaban cerrados, no podía ver si estaba haciendo trampa o no, de todos modos, no esperaba que el jugase limpio. 

 

Estábamos afuera, ya el alcohol se había extinguido en el ecosistema de tabaco y cuero que era mi cuerpo. Nos dimos las espaldas y comenzamos a contar los pasos. Clavé mis pies y me di vuelta en el tercer paso de diez, solo escuché el chasquido del tambor vacío, ahora sí estaba con el cuello en la guillotina. El gordo se dio vuelta con el buche repleto de saliva y una risotada delirante, de a poco iba acercándose. Las lauchas de sus compañeros estaban masticando un palito de heno al unísono mientras veían como su jefe se acercaba a hacer de mí lo que yo había hecho con su hermano y quizá peor. 

 

El cañón de su arma estaba en mi corazón, sus ojos de víbora me miran por última vez, "Adiós nene", cuando iba a firmar el contrato con la de los pelos blancos, el gordo me arrebata la pluma, firma con su nombre y cae tendido en el suelo. 

 

Yo me salvé, las lauchas se metieron en sus agujeros y no volví a poner pie en ese basurero de ciudad nunca más, no sin antes poner una bala en la cabeza de Juárez, "Adiós gordo".


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