Sábado 10/09/2016

BAUTISMO

El forestal observaba todo con suma admiración, oculto entre la espesura. El estrépito de los tambores y el esplendoroso danzar de las llamas lo mantenían completamente absorto en lo que acontecía frente a sus ojos.

 

Había acabado allí, cuando el solemne silencio del bosque fue roto por el bullicio de aquellas personas. Cuando el ruido interrumpió su guardia, pensó en cazadores furtivos, soldados o desertores, e incluso en posibles criminales. Pero jamás esperó encontrar aquello. 

 

Era un grupo de veinte, quizás veinticinco personas. Se encontraban en medio de un claro, normalmente penumbroso, pero que en esa noche en particular se veía peculiarmente bañado por la luz de la luna. 

 

Habían armado una hoguera en el centro y se habían dispuesto a su alrededor. Llevaban sus rostros cubiertos, y las vestimentas más hermosas y exóticas que jamás hubiese visto: una especie de túnicas adornadas con un colorido sinfín de plumas en los ribetes, rojizas, violáceas, verdes y azules. Todas pertenecientes a aves que, con seguridad, él jamás había visto.

 

Algunos portaban extraños instrumentos, en su mayoría flautas y tambores, aunque pudo divisar un par de extravagantes cordófonos. Mientras, el resto danzaba alrededor de la hoguera al son la de suave y calma melodía que estos interpretaban, y acompañaban con un tenue y profundo cántico. No pudo reconocer el idioma en el que cantaban. Le resultaba similar, en muchos aspectos, a la gran mayoría de lenguas que alguna vez había escuchado. Pero la fluidez y consonancia con la que esas personas lo entonaban, le parecía de lo más hermoso y conmovedor.

 

De súbito, el claro se vio en completo silencio y uno de los individuos se aproximó al centro, junto a la hoguera. Dedujo que aquel hombre debía ser el líder del grupo, puesto que era el único cuyas ropas se distinguían de las del resto. Llevaba un par de astas amarradas a su cabeza por debajo de la capucha y el hermoso atuendo, emplumado, caía abultado sobre sobre sus hombros cubriendo su cuerpo como una capa (en lugar de ser una túnica adornada, como la de sus acompañantes). Habló a aquel grupo en el mismo ininteligible idioma de los cánticos. Movía sus brazos de un lado a otro mientras el tono de su voz se alzaba, al son de su audiencia que lo vitoreaba.   

 

La música comenzó nuevamente y todos comenzaron a bailar en círculos alrededor de su líder. Era una pieza rápida y jovial. Por un momento, todo lo que el hombre quería hacer era saltar de su escondite y unirse a ellos. Sentir el suave abrazo de las llamas en su cuerpo mientras bailaba con el resto del grupo.   

 

Toda su vida había transcurrido entre paredes de piedra, en su insignificante pueblo. Por eso había decidido alejarse de aquella prisión, pasar el resto de su vida al servicio de la naturaleza; y durante todo ese tiempo, aquel bosque había sido su hogar. El canto de las aves y los aullidos de los animales eran su más preciada compañía. Y en sus momentos de descanso si llegaba a extrañar algo de su antigua vida, todo lo que necesitaba era la compañía de algún libro para disfrutar junto a algún arroyo. Aun así, su corazón seguía sintiéndose oprimido. Aun así, con todo lo que aquel recóndito lugar le ofrecía, necesitaba más.

 

Por eso la aparición de aquellas personas le resultaba tan preciosa. Se veían tan inefablemente libres, tan despojados de todo lo efímero que existía en el mundo. Tan inmersos en las maravillas de lo silvestre y lo místico, como cualquier animal salvaje; y a su vez, tan delicados y hermosos, como los ángeles y dioses que los artistas pintaban y esculpían.

 

Estaba a punto de arrojarse a la luz y a unírseles, cuando notó algo extraño en el fuego. Algo que lo dejó completamente estupefacto e incluso asustado. 

 

Las ascuas comenzaron a agitarse con violencia, como si una fuerte corriente de aire las acariciara desde el centro de la hoguera, intentando así empujarlas hacia afuera y, súbitamente, esa misma fuerza comenzó a jalarlas. Las llamas se debatieron así por varios minutos, hasta que el ambiente del lugar comenzó a tornarse fresco y ligero. En ese momento, la hoguera dejó de agitarse y dio una breve explosión que liberó decenas de pequeñas llamas azules.

 

Los fuegos fatuos se alinearon en un gran círculo alrededor de los hombres y mujeres que celebraban aquel maravilloso ritual. Ellos, por su lado, habían comenzado a interpretar un nuevo cántico: Uno lento, disonante y sumamente hipnótico. Uno que rebosaba los misteriosos saberes de aquel grupo, y que se internó en la mente del forestal. Lo suficientemente profundo para hacer que, finalmente, abandonara su escondite y se uniera a los congregados.

 

Corrió desesperado hacia ellos, despojándose en el camino de todas sus armas y objetos. A medida que se aproximaba al claro, podía sentir cómo el estruendo de los tambores retumbaba en su pecho, sincronizándose con sus latidos y la cacofonía de las flautas zumbando en su cabeza. 

 

Se arrojó al círculo y comenzó a bailar junto al resto. Toda la libertad con la que siempre soñó, apareció y se apoderó de él en un instante. 

 

Mientras continuaban con la ceremonia, el hombre ansiaba atestiguar la aparición del espíritu o dios al que rendían aquel tributo. Deseaba ser parte de aquel mundo del que solo los locos y los libres formaban parte. Entonces cayó en la cuenta que la respuesta había estado frente a sus ojos.

 

Porque el líder de aquel grupo, no era un hombre. No había astas amarradas a su cabeza, sino que crecían de ella cómo las de un ciervo. Y su atuendo, no era otra cosa que sus alas, cubriendo su cuerpo, con su centenar de plumas refulgiendo a la luz de la luna.

 

Contempló sus ojos y la majestuosidad con la que estos destellaban, y entonces comprendió todo lo que estaba sucediendo. Comprendió que no había peligro, y que para continuar, debía entregarse de lleno al ritual.  

 

En un momento, las llamas azules comenzaron a girar alrededor del grupo, y una por una se aproximaron a ellos.  Hasta que cada uno se vio rodeado por al menos tres resplandecientes fuegos fatuos, que danzaban sobre el aire y cambiaban constantemente de color. 

 

Con el rabillo del ojo, observó a la mujer que había a su lado. Había alzado la vista al cielo, por lo que pudo reconocer sus facciones y apreciar la impasible serenidad que mostraba su rostro. Y de pronto, las llamas que la rodeaban se abalanzaron sobre ella, y la golpearon de lleno en su pecho esfumándose inmediatamente luego, adentrándose en su cuerpo.

 

Observó de pronto, que lo mismo estaba sucediendo con todos los demás. Era  el espectáculo más maravilloso e idílico que jamás hubiese visto.

 

Cuando su turno llegó, recibió gustoso y apacible aquel regalo. Alzó la vista al esplendoroso firmamento y dejó que las llamas entraran en él. Y cuando el último fuego se internó dentro de su pecho, cayó en la cuenta de lo efímero y trivial de la vida que había llevado.

 

Comprendió algunas de las más retorcidas y misteriosas paradojas que su mente alguna vez intentó resolver. Le fueron revelados secretos sobre la vida y la muerte; sobre la naturaleza y su propia la mortalidad, sobre la magia, sobre el universo. Comprendió todo aquello que el viento le susurra al mundo, lo que las profundidades del mar le ocultan, y lo que el fuego le vaticina. 

 

Aprendió quién era, y quién había sido, el espíritu que le estaba regalando aquella iluminación y sus motivos. Aprendió también su lengua y entendió lo que había estado diciéndole a sus compañeros.

 

Todo esto vino a él en un instante, como en un susurro, y se arraigó en lo más profundo de su mente, su corazón y su espíritu. Tomó aquel alimento divino y lo atesoró por el resto de la eternidad.

 

Y cuando el arrebol bañó el claro, al día siguiente, ya no quedaba rastro de su presencia en aquel bosque. Excepto, quizás, por cierto aire arcano que se impregnó casi imperceptiblemente aquella noche.  

#NUESTRAVOZNOSEAPAGÓ


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