Martes 05/07/2016

EL OBSEQUIO

            Despertó de un sobresalto en medio de aquel yermo camino, a mitad de la tarde. Revisó a ambos lados en busca de alguna pertenencia que pudiera habérsele caído, pero sus manos sólo encontraron guijarros y arena a su alrededor. Se puso de pie y comenzó a recorrer el sendero, mientras meditaba, intentando hallar en su mente el más mínimo indicio de qué hacía en aquel lugar. Pero mientras más se esforzaba por recordar, sus memorias parecían enterrarse más profundo.

 

            Durante la travesía se encontró con extraños; clamó por su ayuda viendo como éstos se alejaban ignorándola. Como si no estuviera allí, como si no pudieran verla. Aun así, pesarosa, continuó su búsqueda.

 

            Una noche, un espeso manto de lluvia la llevó a huir en busca de refugio. Mientras corría, intentando cubrirse con la pequeña capa de tela que segundos antes colgaba de sus hombros, divisó una cabaña en medio de un pequeño campo.          

 

            Entró cautelosamente en la vieja cabaña, con la poca ropa que llevaba encima escurriendo. Cuando la había observado desde el exterior, pensó que el lugar estaba abandonado. Darse cuenta de su error, le produjo un terrible sobresalto.       

 

—     Veo que por fin has llegado. —dijo la vieja— Llevo mucho tiempo esperándote. Por favor toma asiento.

 

            Se dejó invadir por el desconcierto y en cierto punto por el miedo. Le resultaba imposible creer que aquella anciana supiera que estuviera yendo. El hecho se le hacía más desconcertante ya que era la primera vez en días que alguien le dirigía la palabra, no obstante se sintió forzada a obedecer y procedió a sentarse frente a ella. Analizó detenidamente el rostro de la mujer: se veía tallado por cientos de profundas arrugas; sus ojos, grises desde el iris a la pupila, fijos en ella; mostrando una retorcida sonrisa desdentada. Se le puso la piel de gallina por aquella macabra combinación.

 

—     ¿Cómo sabía que vendría? ¿Por qué estoy aquí? – escuchó avergonzada cómo las palabras se atoraban en su garganta al salir— ¿Quién es usted?.

 

            La anciana, impasible, procedió a dar un largo sorbo al líquido amarillento que se encontraba en el cuenco que tenía a su lado. Luego de una breve, pero desesperante, fracción de minutos finalmente se decidió a responder:

 

—     Siempre he sabido que vendrías; estás aquí porque tengo una historia que contarte— clavó sus ciegos ojos en ella, le dedicó otra lúgubre sonrisa y comenzó su relato - Hace siglos, dos poderosos príncipes sintieron el deseo de bajar de su palacio en los cielos. Al consultar a su padre, rey entre dioses, éste accedió; curioso del porqué de aquel viaje. Los Hermanos alegaron encontrarse intrigados por conocer en profundidad la naturaleza de los seres humanos. Querían observarlos y comprenderlos. Saber que los motivaba a vivir, aun siendo conscientes de su propia mortalidad.

 

            Complacido, el Padre ordenó que se abrieran las puertas del palacio y se forjaran cuerpos materiales para que sus hijos caminaran entre nosotros. Y así fue que ambos vagaron por el mundo durante años.

 

            Un día, sin embargo, sus caminos se separaron, ya que el menor de los hermanos descubrió cuánto lo aburría lo superficial de la vida que llevaban los humanos. Se quitó el manto con el que había descendido de los cielos y merodeó maravillado por todos aquellos lugares que los hombres solo pueden soñar con conocer: se sumergió en la profunda vastedad de los océanos, contemplando y nadando junto a todos aquellos seres de los que los marineros suelen hablar. Se hizo viento, para sentir a las aves deslizarse sobre él. Y se adentró en lo más profundo de los volcanes, para recorrer el mundo entre sus venas. Encontrando así la respuesta por la que había dejado su hogar: La inmensurable belleza de aquel mundo, debía ser lo que impulsaba a vivir a sus habitantes, era el verdadero tesoro que albergaba nuestro reino. 

 

            Mientras que el mayor conservó su cuerpo para vivir entre los hombres. Caminó y luchó junto a ellos durante años; pero siendo de naturaleza divina, una profunda necesidad de trascender comenzó a apoderarse de él, fue así que muy pronto comenzó a destacarse entre los mortales. Con el paso del tiempo, se convirtió en el más bravo de los guerreros, liderando rumbo a la gloria a sus tropas; para luego, en los tiempos de paz, ayudar a erigir los más grandes reinos y civilizaciones de aquella edad; y cuando le fue propicio, gobernó el suyo propio, proclamándose como uno de los más sabios y justos regentes. Encontrando así la respuesta por la que había dejado su hogar: los hombres habían encontrado la forma de inmortalizarse a través de sus hazañas y de este modo prevalecer durante generaciones en canciones e historias. 

 

            Y así fue que ambos vagaron por el mundo durante años. Pero mientras se encontraban cegados por el amor y la gloria, su padre no olvidaba que este no era su mundo y que pertenecían a los cielos. Y desde su reino los vigilaba, porque el anciano vela por sobre todos nosotros.

 

            Los años siguieron pasando, y una fuerte tensión comenzó a crecer entre los gobernantes del mundo de los hombres, pues el inmenso poderío y esplendor del Reino del Hermano Mayor, despertaba en ellos la más profunda envidia. Con el tiempo, la más grande y cruel guerra que se haya visto se desató.

 

            Por décadas, nuestro mundo se vio asolado. Naciones enteras perecieron intentando destronar al Hermano Mayor que avanzaba, implacable, contra sus enemigos, dejando tras de sí desolación y muerte. Entonces, el Hermano Menor tomó consciencia de todo lo que estaba aconteciendo en el mundo que tanto amaba y buscó desesperado a su par, a la vez que intentaba enmendar todo el daño con el que se topaba.

 

            Finalmente los caminos de los hermanos volvieron a cruzarse, pero poco se parecían ya a aquellos que habían descendido juntos al mundo de los mortales. Su estadía los había cambiado y las circunstancias enfrentado. Para uno, el otro representaba todo aquello que podía ser dominado. Se había vuelto obstinado y orgulloso, y para él todo lo que la creación había dejado debía ser utilizado a su antojo. Mientras que el otro veía a su hermano como una amenaza, todo lo que encontraba en él le significaba la destrucción de la belleza que lo obsesionaba y por eso debía ser detenido a como dé lugar.

 

            Nadie sabe cuánto duró aquella reunión. Días, meses o quizá horas. Solo se puede decir que en ella el Hermano Menor intentó convencer al otro de detener aquella guerra, de cesar con tal atroz y ominosa carnicería. Le rogó que regresara junto a él a su hogar, pero sus súplicas no fueron escuchadas. El Hermano Mayor jamás cedería, y no detendría su cruzada hasta acabar con toda oposición.

 

            Desesperado, intentó continuar reparando la destrucción que su hermano causaba. Pero era demasiado y a pesar de su destreza para reforestar y proteger a los seres vivos que amaba, no podía devolver a la vida a aquellos que perecían como consecuencia de la guerra de su hermano. Sabía también que no se suponía que pudiera hacerlo, porque las leyes del Creador también aplican a los Dioses. Su trabajo siempre será reinar nuestro mundo, jamás recrearlo.

 

            Pero hay secretos más antiguos que los Dioses mismos. Ocultos para las mentes corrientes. Prohibidos para todos por igual, mas no imposibles de encontrar. Y para el Hermano Menor, no había precio al que no estuviera dispuesto a pagar. Así que subió a los cielos en busca de respuestas, engañando hábilmente a su Padre y al resto de su estirpe, quienes celebraron su llegada— La anciana se detuvo en seco, y dejó escapar un violento ataque de tos, que parecía haber estado conteniendo. Señaló el cuenco del que había estado bebiendo y una botella que se encontraba a su lado llena con el mismo líquido amarillento y viscoso. La joven procedió a servirlo en el cuenco y lo arrimó a la boca de la anciana que bebió pausadamente de él.

 

            Un fuerte dolor de cabeza comenzó a atormentarla. Por alguna razón y a pesar que su mente se encontraba, por completo, en blanco desde que había despertado en medio del camino, la historia de la anciana le resultaba completamente familiar. Pero ¿Cómo podía recordar aquella ridícula leyenda, si a duras penas podía imaginar su propio rostro? ¿Qué estaba haciéndole la vieja que le impedía pensar en otra cosa?

 

            Mientras intentaba enfocarse y escapar de la hipnótica atracción de la anciana, ésta carraspeó por última vez antes de continuar su historia:

 

            —Mientras, el Hermano Mayor finalmente obtuvo la victoria que tanto ansiaba. Su reino se extendió de manera desmesurada sobre las ruinas de sus enemigos. Pero ya no era el sabio y justo rey que alguna vez fue, sino uno duro y desconfiado tirano. Dispuesto a hacer todo lo necesario para mantener su supremacía. Fue por esto que El Padre se presentó ante él y ordenó a su hijo regresar a los cielos. Porque en su afán de conquista y poder, su hijo interfería con el destino de los mortales. Y por edicto del Creador, tal acción no podía ser tolerada.

 

            Soberbio, el Hermano Mayor se rehusó a obedecer. Había trabajado demasiado en erigir su reino como para esfumarse del mundo así, sin más. Incluso sostuvo frente a su padre que si de alguna forma fuera posible renunciar a su lugar en el cielo y a su vida eterna, bien valdría la pena, puesto que en el reino de los mortales su nombre prevalecería por toda la eternidad; mientras que el aburrimiento que sufría en su hogar terminaría por marchitar su espíritu.

 

            Pero desafiar la autoridad del Padre y a sus leyes no es algo que puede tomarse a la ligera, ni siquiera por otro Imperecedero. Furioso, aprehendió a su hijo y lo llevó a su reino, dónde fue recluido a la espera de su juicio.

 

            Su Hermano, por su lado, había avanzado en su búsqueda. Había estudiado minuciosamente de los más antiguos grimorios, había desentrañado algunos de los más importantes secretos de la creación. Su poder y sabiduría crecían desmesuradamente, y a pesar de que algunas respuestas traían consigo más interrogantes, se encontraba cada vez más cerca de su cometido.

 

            Llegado el momento, las potestades del Reino de los Dioses decidieron propicio dar lugar al juicio del Hermano Mayor. Consideraron la gravedad de las acciones que este había llevado a cabo en nuestro mundo, hasta conciliar su veredicto final y el castigo que le sería dado: el destierro.

 

            Fue exiliado al reino mortal, dónde viviría privado de todo poder del que alguna vez hubiera gozado, salvo su inmortalidad; observaría y padecería el daño que había causado en él. Y no pasó mucho tiempo hasta que esto lo llevara a la locura, pues a pesar de su naturaleza, el tiempo aquí transcurría tan igual para él cómo para nosotros.

 

            Fue entonces cuando el Hermano Menor, finalmente, había descubierto todo lo que necesitaba y dio rienda suelta a su conspiración.

 

            Aprovechando la debilidad de su hermano, a quién a pesar de los años aún guardaba un profundo rencor, descendió a nuestro mundo. Pero esta vez, no tenía ninguna intención de regresar a su hogar, puesto que todo lo que necesitaba, se hallaba aquí.

 

            Hábil en los engaños, como nadie de su estirpe, tomó por sí mismo forma material. La de una hermosa mujer de piel morena, a quién había observado durante mucho tiempo en su anterior visita, y a quién, con pesar, había visto morir producto de la guerra de su hermano. Luego, vagó entre los mortales presentándoles algo con lo que siempre habían convivido, a pesar de no ser plenamente conscientes de ello: la magia. Los instruyó en las artes a las que habían sido ajenos por tanto tiempo, hasta que éstos adquirieron un estado mental sin precedentes y fueron capaces de dominar su fuerza.

 

            Y así fue que rápidamente se hizo con una enorme cantidad de seguidores que lo adoraban devotamente. Y en los cielos, el Padre y el resto de los Imperecederos observaban atónitos a nuestro mundo, recelosos del evento que atestiguaban, pero sin sospechar lo que el Hermano Menor planeaba desatar.

 

            Un día, finalmente, los seguidores recibieron la orden de partir en busca del Hermano Mayor, a quien no tardaron en apresar y traer frente a su Diosa.

 

            Presentó a su hermano, como aquel que les había causado hambre y miseria. Aquel por quién tanto habían perdido y sufrido. Aquel cuyo egoísmo y orgullo casi había destruido su precioso mundo. Y con la ayuda de los mortales logró, lo que hasta el momento nadie había concebido, quitarle la vida a un inmortal. Contenido por los hechizos de los mortales y su Diosa, su etérea sangre fue derramada y ofrecida a su hermano, quien se imbuyó con todo su espíritu y poder. Y los imperecederos, furiosos, intentaron descender y detenerlo; apresarlo y llevarlo a su reino para ser juzgado. Pero este era demasiado poderoso ahora, incontenible; y junto a sus seguidores pospuso el ataque de sus pares.    

 

            Ya todas las condiciones estaban dadas para que el Hermano Menor diera su obsequio a la humanidad. Y puesto que era el único imperecedero cuya influencia se ejercía en nuestro mundo, no tuvo restricción alguna en sus experimentos.

 

            Pero él no era infalible. Ningún Imperecedero lo es. A veces pienso que su naturaleza es más similar a la nuestra de lo que realmente les gustaría. — agregó la anciana— Y sus primeras pruebas fracasaron desastrosamente: aquellos mortales que honrosamente se ofrecieron en probar su regalo, no soportaron la virtud que se les estaba otorgando. Simplemente sus cuerpos no pudieron contenerla.

 

            Algunos perecieron y sus espíritus deambulan entre planos. Pero otros, quizás los más desafortunados, se transformaron. Sus cuerpos vivirán eternamente, sin padecer las inclemencias del tiempo, sí; pero no como ellos y el Príncipe lo deseaban. Se convirtieron en parásitos. En agónicas deformaciones de lo que alguna vez fue el sueño de un mundo perfecto. En depredadores, que para prolongar su existencia deben despojar de toda gracia y virtud a los seres que el Hermano Menor amaba tan devotamente— nuevamente, un acceso de tos interrumpió el relato de la anciana.  Esta vez, sin dudarlo, la joven llenó el cuenco y ayudó a la vieja a beber lentamente de él.

 

            Ya no le temía. Sentía, de una forma extraña, cierta simpatía por ella. Y puesto que cada palabra que decía se fijaba entre sus escasos recuerdos, como tinta dibujándose sobre un boceto, si había alguien en el mundo capaz de ayudarla; de decir quién era ella, debía de ser la anciana.

 

            Permanecieron en silencio durante una fracción de segundos, mientras la vieja recuperaba lentamente el aliento. Y la joven observó alertada que lucía un tanto más frágil y enfermiza que cuando había llegado.

 

            Agitada, la anciana se acomodó pesadamente sobre su asiento para proseguir:

 

—Confundido y obsesionado, el Príncipe continuó sus experimentos, mientras estas criaturas se dispersaban por nuestro mundo. Pero él no se daba por vencido. Estaba dispuesto a continuar procreando éstas abominaciones, hasta que finalmente diera con el resultado que buscaba.

 

            En cada intento, necesitó más del poder que había adquirido de su hermano y del que le brindaban sus seguidores, hasta que el bloqueo que había creado para evitar el ataque de los Imperecederos se desvaneció y estos pudieron descender a contenerlo. Por supuesto, el Hermano Menor ofreció cuanta resistencia pudo. Y la fuerza que había conseguido, le bastó para acabar nuevamente con la vida de uno de sus pares, la de su Padre. Y nuestro mundo se vio, por poco, sumido en medio de su final.

 

            Pero los Imperecederos descubrieron algo que el Hermano Menor jamás sospechó: La razón por la cual, a pesar de haberse hecho con el poder su hermano, no podía concretar su obsequio. Es que durante los años que este había pasado exiliado en nuestro mundo, había dejado su propia descendencia en él; y su progenie poseía parte de su esencia, la parte que el Príncipe precisaba para vencer a la muerte.

 

            Con su ayuda, y luego de acabar con los seguidores del Hermano Menor, cazaron y apresaron al legítimo Heredero de los cielos. Aquel que debería reinar justamente a mortales e Imperecederos por igual; al Príncipe que los había engañado, que había asesinado a su hermano y a su padre, pretendiendo romper las leyes y edictos del Creador.

 

            Finalmente habían logrado detenerlo, y el mundo que tanto amaba sería su prisión.

 

            Los imperecederos y la descendencia del Hermano Mayor lo encadenaron en las profundidades de nuestro reino, y sellaron su prisión con antiguos hechizos que solo ellos podrían romper, aunque temerosos de que algún día el Príncipe despierte de su letargo, por lo que firmaron un pacto: Mientras los dioses velarían por nuestro mundo desde su reino, la progenie del Hermano Mayor se aseguraría que los sellos permanezcan intactos para siempre. Pero los dioses impusieron otra condición: solo uno de los descendientes lo haría. El resto, junto con sus hijos y nietos, olvidarían su naturaleza, en parte divina. Vivirían sumidos en la ignorancia, a menos que el Príncipe despierte o que el otro muriera. De esa forma, su don significaría una carga y no un privilegio. Y jamás podrían reinar por sobre el resto de los mortales…— luego de terminar su historia, la anciana se tomó nuevamente un par de minutos para recuperar el aliento.

 

            La joven, por su lado, sentía un ligero adormecimiento en todo su cuerpo. Estaba asustada nuevamente, pues aunque de alguna forma sabía que la historia de los dos Príncipes era cierta; temía las razones por las cuales la anciana estaba contándole sobre ello.

 

—     ¿Qué sucedió con la descendencia del Mayor de los Príncipes? — preguntó con voz temblorosa.

 

—     La mayoría ha fallecido, y su estirpe se extingue poco a poco. Pues aunque la esencia del Hermano Mayor les otorgó una extrema longevidad, la fuerza de su sangre ha ido debilitándose generación tras generación. — la vieja previno otro ataque de tos, aclarándose constantemente la garganta.

 

—     ¿Y con los experimentos del Hermano Menor? ¿Qué ha sucedido con ellos? — un ligero nerviosismo comenzaba a apoderarse de ella a cada segundo.

 

—     Viven entre nosotros. Ocultos la mayor parte del tiempo, pues no les honra que su supervivencia signifique el asesinato de otros seres vivos; aunque algunos abrasaron su condición como el Obsequio del Príncipe, y cazan a su despiadado antojo al resto de los mortales. Bebiendo de su sangre, haciendo festines con su cuerpo; ejerciendo su poder como un derecho. Se reprodujeron y dispersaron por el mundo, haciendo de la noche su propio reino y esperando el regreso de su Diosa.

 

—     ¿Regreso? ¿Quiere usted decir que los sellos han sido rotos?

 

—     No todos, pero tal y como dije, los hijos del Hermano Mayor se han debilitado. Ahora sólo quedamos dos, y yo ya he vivido lo suficiente. He visto a la humanidad hundirse en su miseria, y resurgir con esplendor innumerables veces. He aprendido viejos hechizos, en idiomas olvidados hace siglos. He aprendido a hablar con todos los seres vivos que pueblan nuestro mundo. He comprendido la naturaleza de los dioses, y de la vida. Y aun así, mi poder también se ha debilitado. Ya no tengo razones para estar aquí. Por eso te he traído ante mí, porque es hora de que cumplas tu destino.

 

—     Usted... Es uno de ellos— respondió con un incipiente y sorpresivo enojo.

 

            La joven se puso en pie bruscamente, mientras todo se arremolinaba en su cabeza. Y aunque nuevos interrogantes se abrían ante ella y sus recuerdos regresaban, ya no jugaría el juego de la anciana.

 

—     ¿Usted me trajo aquí? ¿Cómo es eso posible? ¿A qué se refiere con mi destino? ¡Respóndame!

 

—     Estás aquí, porque pronto yo me marcharé. Como debería haber hecho hace mucho tiempo. Aquel súbito deseo de dejar tu hogar, yo lo creé. Fui yo quien te guío a través de caminos que desconocías, e impidió que pidieras ayuda. Fui yo quien puso en blanco tu mente, para que todo lo que sabes ahora sea tu única guía en tu misión. Porque aunque esto siempre ha sido parte de ti, has vivido sin saber quién eres realmente. Debes saber que el Hermano Menor regresará tarde o temprano, y de ti dependerá detenerlo. Eres la última descendiente del Hermano Mayor y ahora tomarás mi lugar. He intentado morir demasiadas veces y siempre he fracasado. Pero entendí que sólo tú podrías hacerlo, a través del veneno que me has estado dando todas estas horas. Tú me has dado el obsequio del descanso — le dedicó una horrible y deforme sonrisa, antes que un nuevo y violento acceso extinguiera lentamente su vida, mientras la joven observaba horrorizada. Ahora, más que nunca, estaba sola. Y tendría una larga espera por delante.

 

            Despertó de un sobresalto en medio de aquel yermo camino, a mitad de la tarde. Revisó a ambos lados en busca de alguna pertenencia que pudiera habérsele caído, pero sus manos sólo encontraron guijarros y arena a su alrededor. Se puso de pie y comenzó a recorrer el sendero, mientras meditaba, intentando hallar en su mente el más mínimo indicio de qué hacía en aquel lugar. Pero mientras más se esforzaba por recordar, sus memorias parecían enterrarse más profundo.

 

            Durante la travesía se encontró con extraños; clamó por su ayuda viendo como éstos se alejaban ignorándola. Como si no estuviera allí, como si no pudieran verla. Aun así, pesarosa, continuó su búsqueda.

 

            Una noche, un espeso manto de lluvia la llevó a huir en busca de refugio. Mientras corría, intentando cubrirse con la pequeña capa de tela que segundos antes colgaba de sus hombros, divisó una cabaña en medio de un pequeño campo.       

   

            Entró cautelosamente en la vieja cabaña, con la poca ropa que llevaba encima escurriendo. Cuando la había observado desde el exterior, pensó que el lugar estaba abandonado. Darse cuenta de su error, le produjo un terrible sobresalto.       

 

—     Veo que por fin has llegado. —dijo la vieja— Llevo mucho tiempo esperándote. Por favor toma asiento.

 

            Se dejó invadir por el desconcierto y en cierto punto por el miedo. Le resultaba imposible creer que aquella anciana supiera que estuviera yendo. El hecho se le hacía más desconcertante ya que era la primera vez en días que alguien le dirigía la palabra, no obstante se sintió forzada a obedecer y procedió a sentarse frente a ella. Analizó detenidamente el rostro de la mujer: se veía tallado por cientos de profundas arrugas; sus ojos, grises desde el iris a la pupila, fijos en ella; mostrando una retorcida sonrisa desdentada. Se le puso la piel de gallina por aquella macabra combinación.

 

—     ¿Cómo sabía que vendría? ¿Por qué estoy aquí? – escuchó avergonzada cómo las palabras se atoraban en su garganta al salir— ¿Quién es usted?.

 

            La anciana, impasible, procedió a dar un largo sorbo al líquido amarillento que se encontraba en el cuenco que tenía a su lado. Luego de una breve, pero desesperante, fracción de minutos finalmente se decidió a responder:

 

—     Siempre he sabido que vendrías; estás aquí porque tengo una historia que contarte— clavó sus ciegos ojos en ella, le dedicó otra lúgubre sonrisa y comenzó su relato - Hace siglos, dos poderosos príncipes sintieron el deseo de bajar de su palacio en los cielos. Al consultar a su padre, rey entre dioses, éste accedió; curioso del porqué de aquel viaje. Los Hermanos alegaron encontrarse intrigados por conocer en profundidad la naturaleza de los seres humanos. Querían observarlos y comprenderlos. Saber que los motivaba a vivir, aun siendo conscientes de su propia mortalidad.

 

            Complacido, el Padre ordenó que se abrieran las puertas del palacio y se forjaran cuerpos materiales para que sus hijos caminaran entre nosotros. Y así fue que ambos vagaron por el mundo durante años.

 

            Un día, sin embargo, sus caminos se separaron, ya que el menor de los hermanos descubrió cuánto lo aburría lo superficial de la vida que llevaban los humanos. Se quitó el manto con el que había descendido de los cielos y merodeó maravillado por todos aquellos lugares que los hombres solo pueden soñar con conocer: se sumergió en la profunda vastedad de los océanos, contemplando y nadando junto a todos aquellos seres de los que los marineros suelen hablar. Se hizo viento, para sentir a las aves deslizarse sobre él. Y se adentró en lo más profundo de los volcanes, para recorrer el mundo entre sus venas. Encontrando así la respuesta por la que había dejado su hogar: La inmensurable belleza de aquel mundo, debía ser lo que impulsaba a vivir a sus habitantes, era el verdadero tesoro que albergaba nuestro reino. 

 

            Mientras que el mayor conservó su cuerpo para vivir entre los hombres. Caminó y luchó junto a ellos durante años; pero siendo de naturaleza divina, una profunda necesidad de trascender comenzó a apoderarse de él, fue así que muy pronto comenzó a destacarse entre los mortales. Con el paso del tiempo, se convirtió en el más bravo de los guerreros, liderando rumbo a la gloria a sus tropas; para luego, en los tiempos de paz, ayudar a erigir los más grandes reinos y civilizaciones de aquella edad; y cuando le fue propicio, gobernó el suyo propio, proclamándose como uno de los más sabios y justos regentes. Encontrando así la respuesta por la que había dejado su hogar: los hombres habían encontrado la forma de inmortalizarse a través de sus hazañas y de este modo prevalecer durante generaciones en canciones e historias. 

 

            Y así fue que ambos vagaron por el mundo durante años. Pero mientras se encontraban cegados por el amor y la gloria, su padre no olvidaba que este no era su mundo y que pertenecían a los cielos. Y desde su reino los vigilaba, porque el anciano vela por sobre todos nosotros.

 

            Los años siguieron pasando, y una fuerte tensión comenzó a crecer entre los gobernantes del mundo de los hombres, pues el inmenso poderío y esplendor del Reino del Hermano Mayor, despertaba en ellos la más profunda envidia. Con el tiempo, la más grande y cruel guerra que se haya visto se desató.

 

            Por décadas, nuestro mundo se vio asolado. Naciones enteras perecieron intentando destronar al Hermano Mayor que avanzaba, implacable, contra sus enemigos, dejando tras de sí desolación y muerte. Entonces, el Hermano Menor tomó consciencia de todo lo que estaba aconteciendo en el mundo que tanto amaba y buscó desesperado a su par, a la vez que intentaba enmendar todo el daño con el que se topaba.

 

            Finalmente los caminos de los hermanos volvieron a cruzarse, pero poco se parecían ya a aquellos que habían descendido juntos al mundo de los mortales. Su estadía los había cambiado y las circunstancias enfrentado. Para uno, el otro representaba todo aquello que podía ser dominado. Se había vuelto obstinado y orgulloso, y para él todo lo que la creación había dejado debía ser utilizado a su antojo. Mientras que el otro veía a su hermano como una amenaza, todo lo que encontraba en él le significaba la destrucción de la belleza que lo obsesionaba y por eso debía ser detenido a como dé lugar.

 

            Nadie sabe cuánto duró aquella reunión. Días, meses o quizá horas. Solo se puede decir que en ella el Hermano Menor intentó convencer al otro de detener aquella guerra, de cesar con tal atroz y ominosa carnicería. Le rogó que regresara junto a él a su hogar, pero sus súplicas no fueron escuchadas. El Hermano Mayor jamás cedería, y no detendría su cruzada hasta acabar con toda oposición.

 

            Desesperado, intentó continuar reparando la destrucción que su hermano causaba. Pero era demasiado y a pesar de su destreza para reforestar y proteger a los seres vivos que amaba, no podía devolver a la vida a aquellos que perecían como consecuencia de la guerra de su hermano. Sabía también que no se suponía que pudiera hacerlo, porque las leyes del Creador también aplican a los Dioses. Su trabajo siempre será reinar nuestro mundo, jamás recrearlo.

 

            Pero hay secretos más antiguos que los Dioses mismos. Ocultos para las mentes corrientes. Prohibidos para todos por igual, mas no imposibles de encontrar. Y para el Hermano Menor, no había precio al que no estuviera dispuesto a pagar. Así que subió a los cielos en busca de respuestas, engañando hábilmente a su Padre y al resto de su estirpe, quienes celebraron su llegada— La anciana se detuvo en seco, y dejó escapar un violento ataque de tos, que parecía haber estado conteniendo. Señaló el cuenco del que había estado bebiendo y una botella que se encontraba a su lado llena con el mismo líquido amarillento y viscoso. La joven procedió a servirlo en el cuenco y lo arrimó a la boca de la anciana que bebió pausadamente de él.

 

            Un fuerte dolor de cabeza comenzó a atormentarla. Por alguna razón y a pesar que su mente se encontraba, por completo, en blanco desde que había despertado en medio del camino, la historia de la anciana le resultaba completamente familiar. Pero ¿Cómo podía recordar aquella ridícula leyenda, si a duras penas podía imaginar su propio rostro? ¿Qué estaba haciéndole la vieja que le impedía pensar en otra cosa?

 

            Mientras intentaba enfocarse y escapar de la hipnótica atracción de la anciana, ésta carraspeó por última vez antes de continuar su historia:

 

            —Mientras, el Hermano Mayor finalmente obtuvo la victoria que tanto ansiaba. Su reino se extendió de manera desmesurada sobre las ruinas de sus enemigos. Pero ya no era el sabio y justo rey que alguna vez fue, sino uno duro y desconfiado tirano. Dispuesto a hacer todo lo necesario para mantener su supremacía. Fue por esto que El Padre se presentó ante él y ordenó a su hijo regresar a los cielos. Porque en su afán de conquista y poder, su hijo interfería con el destino de los mortales. Y por edicto del Creador, tal acción no podía ser tolerada.

 

            Soberbio, el Hermano Mayor se rehusó a obedecer. Había trabajado demasiado en erigir su reino como para esfumarse del mundo así, sin más. Incluso sostuvo frente a su padre que si de alguna forma fuera posible renunciar a su lugar en el cielo y a su vida eterna, bien valdría la pena, puesto que en el reino de los mortales su nombre prevalecería por toda la eternidad; mientras que el aburrimiento que sufría en su hogar terminaría por marchitar su espíritu.

 

            Pero desafiar la autoridad del Padre y a sus leyes no es algo que puede tomarse a la ligera, ni siquiera por otro Imperecedero. Furioso, aprehendió a su hijo y lo llevó a su reino, dónde fue recluido a la espera de su juicio.

 

            Su Hermano, por su lado, había avanzado en su búsqueda. Había estudiado minuciosamente de los más antiguos grimorios, había desentrañado algunos de los más importantes secretos de la creación. Su poder y sabiduría crecían desmesuradamente, y a pesar de que algunas respuestas traían consigo más interrogantes, se encontraba cada vez más cerca de su cometido.

 

            Llegado el momento, las potestades del Reino de los Dioses decidieron propicio dar lugar al juicio del Hermano Mayor. Consideraron la gravedad de las acciones que este había llevado a cabo en nuestro mundo, hasta conciliar su veredicto final y el castigo que le sería dado: el destierro.

 

            Fue exiliado al reino mortal, dónde viviría privado de todo poder del que alguna vez hubiera gozado, salvo su inmortalidad; observaría y padecería el daño que había causado en él. Y no pasó mucho tiempo hasta que esto lo llevara a la locura, pues a pesar de su naturaleza, el tiempo aquí transcurría tan igual para él cómo para nosotros.

 

            Fue entonces cuando el Hermano Menor, finalmente, había descubierto todo lo que necesitaba y dio rienda suelta a su conspiración.

 

            Aprovechando la debilidad de su hermano, a quién a pesar de los años aún guardaba un profundo rencor, descendió a nuestro mundo. Pero esta vez, no tenía ninguna intención de regresar a su hogar, puesto que todo lo que necesitaba, se hallaba aquí.

 

            Hábil en los engaños, como nadie de su estirpe, tomó por sí mismo forma material. La de una hermosa mujer de piel morena, a quién había observado durante mucho tiempo en su anterior visita, y a quién, con pesar, había visto morir producto de la guerra de su hermano. Luego, vagó entre los mortales presentándoles algo con lo que siempre habían convivido, a pesar de no ser plenamente conscientes de ello: la magia. Los instruyó en las artes a las que habían sido ajenos por tanto tiempo, hasta que éstos adquirieron un estado mental sin precedentes y fueron capaces de dominar su fuerza.

 

            Y así fue que rápidamente se hizo con una enorme cantidad de seguidores que lo adoraban devotamente. Y en los cielos, el Padre y el resto de los Imperecederos observaban atónitos a nuestro mundo, recelosos del evento que atestiguaban, pero sin sospechar lo que el Hermano Menor planeaba desatar.

 

            Un día, finalmente, los seguidores recibieron la orden de partir en busca del Hermano Mayor, a quien no tardaron en apresar y traer frente a su Diosa.

 

            Presentó a su hermano, como aquel que les había causado hambre y miseria. Aquel por quién tanto habían perdido y sufrido. Aquel cuyo egoísmo y orgullo casi había destruido su precioso mundo. Y con la ayuda de los mortales logró, lo que hasta el momento nadie había concebido, quitarle la vida a un inmortal. Contenido por los hechizos de los mortales y su Diosa, su etérea sangre fue derramada y ofrecida a su hermano, quien se imbuyó con todo su espíritu y poder. Y los imperecederos, furiosos, intentaron descender y detenerlo; apresarlo y llevarlo a su reino para ser juzgado. Pero este era demasiado poderoso ahora, incontenible; y junto a sus seguidores pospuso el ataque de sus pares.    

 

            Ya todas las condiciones estaban dadas para que el Hermano Menor diera su obsequio a la humanidad. Y puesto que era el único imperecedero cuya influencia se ejercía en nuestro mundo, no tuvo restricción alguna en sus experimentos.

 

            Pero él no era infalible. Ningún Imperecedero lo es. A veces pienso que su naturaleza es más similar a la nuestra de lo que realmente les gustaría. — agregó la anciana— Y sus primeras pruebas fracasaron desastrosamente: aquellos mortales que honrosamente se ofrecieron en probar su regalo, no soportaron la virtud que se les estaba otorgando. Simplemente sus cuerpos no pudieron contenerla.

 

            Algunos perecieron y sus espíritus deambulan entre planos. Pero otros, quizás los más desafortunados, se transformaron. Sus cuerpos vivirán eternamente, sin padecer las inclemencias del tiempo, sí; pero no como ellos y el Príncipe lo deseaban. Se convirtieron en parásitos. En agónicas deformaciones de lo que alguna vez fue el sueño de un mundo perfecto. En depredadores, que para prolongar su existencia deben despojar de toda gracia y virtud a los seres que el Hermano Menor amaba tan devotamente— nuevamente, un acceso de tos interrumpió el relato de la anciana.  Esta vez, sin dudarlo, la joven llenó el cuenco y ayudó a la vieja a beber lentamente de él.

 

            Ya no le temía. Sentía, de una forma extraña, cierta simpatía por ella. Y puesto que cada palabra que decía se fijaba entre sus escasos recuerdos, como tinta dibujándose sobre un boceto, si había alguien en el mundo capaz de ayudarla; de decir quién era ella, debía de ser la anciana.

 

            Permanecieron en silencio durante una fracción de segundos, mientras la vieja recuperaba lentamente el aliento. Y la joven observó alertada que lucía un tanto más frágil y enfermiza que cuando había llegado.

 

            Agitada, la anciana se acomodó pesadamente sobre su asiento para proseguir:

 

—Confundido y obsesionado, el Príncipe continuó sus experimentos, mientras estas criaturas se dispersaban por nuestro mundo. Pero él no se daba por vencido. Estaba dispuesto a continuar procreando éstas abominaciones, hasta que finalmente diera con el resultado que buscaba.

 

            En cada intento, necesitó más del poder que había adquirido de su hermano y del que le brindaban sus seguidores, hasta que el bloqueo que había creado para evitar el ataque de los Imperecederos se desvaneció y estos pudieron descender a contenerlo. Por supuesto, el Hermano Menor ofreció cuanta resistencia pudo. Y la fuerza que había conseguido, le bastó para acabar nuevamente con la vida de uno de sus pares, la de su Padre. Y nuestro mundo se vio, por poco, sumido en medio de su final.

 

            Pero los Imperecederos descubrieron algo que el Hermano Menor jamás sospechó: La razón por la cual, a pesar de haberse hecho con el poder su hermano, no podía concretar su obsequio. Es que durante los años que este había pasado exiliado en nuestro mundo, había dejado su propia descendencia en él; y su progenie poseía parte de su esencia, la parte que el Príncipe precisaba para vencer a la muerte.

 

            Con su ayuda, y luego de acabar con los seguidores del Hermano Menor, cazaron y apresaron al legítimo Heredero de los cielos. Aquel que debería reinar justamente a mortales e Imperecederos por igual; al Príncipe que los había engañado, que había asesinado a su hermano y a su padre, pretendiendo romper las leyes y edictos del Creador.

 

            Finalmente habían logrado detenerlo, y el mundo que tanto amaba sería su prisión.

 

            Los imperecederos y la descendencia del Hermano Mayor lo encadenaron en las profundidades de nuestro reino, y sellaron su prisión con antiguos hechizos que solo ellos podrían romper, aunque temerosos de que algún día el Príncipe despierte de su letargo, por lo que firmaron un pacto: Mientras los dioses velarían por nuestro mundo desde su reino, la progenie del Hermano Mayor se aseguraría que los sellos permanezcan intactos para siempre. Pero los dioses impusieron otra condición: solo uno de los descendientes lo haría. El resto, junto con sus hijos y nietos, olvidarían su naturaleza, en parte divina. Vivirían sumidos en la ignorancia, a menos que el Príncipe despierte o que el otro muriera. De esa forma, su don significaría una carga y no un privilegio. Y jamás podrían reinar por sobre el resto de los mortales…— luego de terminar su historia, la anciana se tomó nuevamente un par de minutos para recuperar el aliento.

 

            La joven, por su lado, sentía un ligero adormecimiento en todo su cuerpo. Estaba asustada nuevamente, pues aunque de alguna forma sabía que la historia de los dos Príncipes era cierta; temía las razones por las cuales la anciana estaba contándole sobre ello.

 

—     ¿Qué sucedió con la descendencia del Mayor de los Príncipes? — preguntó con voz temblorosa.

 

—     La mayoría ha fallecido, y su estirpe se extingue poco a poco. Pues aunque la esencia del Hermano Mayor les otorgó una extrema longevidad, la fuerza de su sangre ha ido debilitándose generación tras generación. — la vieja previno otro ataque de tos, aclarándose constantemente la garganta.

 

—     ¿Y con los experimentos del Hermano Menor? ¿Qué ha sucedido con ellos? — un ligero nerviosismo comenzaba a apoderarse de ella a cada segundo.

 

—     Viven entre nosotros. Ocultos la mayor parte del tiempo, pues no les honra que su supervivencia signifique el asesinato de otros seres vivos; aunque algunos abrasaron su condición como el Obsequio del Príncipe, y cazan a su despiadado antojo al resto de los mortales. Bebiendo de su sangre, haciendo festines con su cuerpo; ejerciendo su poder como un derecho. Se reprodujeron y dispersaron por el mundo, haciendo de la noche su propio reino y esperando el regreso de su Diosa.

 

—     ¿Regreso? ¿Quiere usted decir que los sellos han sido rotos?

 

—     No todos, pero tal y como dije, los hijos del Hermano Mayor se han debilitado. Ahora sólo quedamos dos, y yo ya he vivido lo suficiente. He visto a la humanidad hundirse en su miseria, y resurgir con esplendor innumerables veces. He aprendido viejos hechizos, en idiomas olvidados hace siglos. He aprendido a hablar con todos los seres vivos que pueblan nuestro mundo. He comprendido la naturaleza de los dioses, y de la vida. Y aun así, mi poder también se ha debilitado. Ya no tengo razones para estar aquí. Por eso te he traído ante mí, porque es hora de que cumplas tu destino.

 

—     Usted... Es uno de ellos— respondió con un incipiente y sorpresivo enojo.

 

            La joven se puso en pie bruscamente, mientras todo se arremolinaba en su cabeza. Y aunque nuevos interrogantes se abrían ante ella y sus recuerdos regresaban, ya no jugaría el juego de la anciana.

 

—     ¿Usted me trajo aquí? ¿Cómo es eso posible? ¿A qué se refiere con mi destino? ¡Respóndame!

 

—     Estás aquí, porque pronto yo me marcharé. Como debería haber hecho hace mucho tiempo. Aquel súbito deseo de dejar tu hogar, yo lo creé. Fui yo quien te guío a través de caminos que desconocías, e impidió que pidieras ayuda. Fui yo quien puso en blanco tu mente, para que todo lo que sabes ahora sea tu única guía en tu misión. Porque aunque esto siempre ha sido parte de ti, has vivido sin saber quién eres realmente. Debes saber que el Hermano Menor regresará tarde o temprano, y de ti dependerá detenerlo. Eres la última descendiente del Hermano Mayor y ahora tomarás mi lugar. He intentado morir demasiadas veces y siempre he fracasado. Pero entendí que sólo tú podrías hacerlo, a través del veneno que me has estado dando todas estas horas. Tú me has dado el obsequio del descanso — le dedicó una horrible y deforme sonrisa, antes que un nuevo y violento acceso extinguiera lentamente su vida, mientras la joven observaba horrorizada. Ahora, más que nunca, estaba sola. Y tendría una larga espera por delante.

#NUESTRAVOZNOSEAPAGÓ


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