Miércoles 19/12/2018

CICATRICES DEL PATRIARCADO

Las heridas no se borran, pero al menos pueden dejar de sangrar.

Hay historias que nos atraviesan y queremos que sean contadas. Hay una razón por la que estamos acá, luchando, manifestándonos. Hay sucesos que tuvimos que vivir y no queremos que nadie más pase por eso. Cortemos con el silencio, cortemos con la impunidad de quienes nos violentan. Este espacio está para que puedas contar con seguridad y anonimato eso que no le contás a todo el mundo. Eso que quizá te pasó hace mucho, pero te sigue doliendo. Eso que nadie quiere escuchar. La cicatriz… que te ha dejado el patriarcado.

 

La voz de una persona que está feliz suena distinta a cuando está triste, nerviosa o asustada. Pasa lo mismo con el tacto: es distinto cómo se siente una palmada de aliento en el hombro, a que te agarren para detenerte, o que te sostengan como un objeto propio.

 

Después de clase, almorzaba en la casa de mis abuelos. Fin de semana por medio también íbamos para allá, por más de que detestara ese lugar. Mi abuelo se dedicaba a molestarme cuando estaba con él, “jugaba” conmigo. Me hacía señas y ruidos que no entendía para prestarle atención. Siempre pensé que lo que me molestaba era que se comportara como un niño, siendo alguien mayor, siendo alguien a quien había que respetar. Me agarraba el brazo, me hacía burla, todo para exigirme que lo abrazara o le besara la mejilla. Y yo lo odiaba cada vez que tenía que hacerlo, sin saber exactamente por qué, ya que se me inculcaba todo el tiempo el amor hacia mis abuelos, hacia mis parientes. Lo peor era cuando, a veces, me hacía sentar en su regazo y no me dejaba ir, y metía sus manos debajo de mi remera. 

 

Toda esta secuencia se fue dando hasta llegar a  la edad donde me podía negar de ir hacia allá. Muestras de afecto distorsionadas que no me hacían sentir bien. Que no entendía.  Invasión y posesión. 

 

Pero estas situaciones no se detuvieron con él. A los trece empecé clases de chelo con un profesor particular (adulto joven, casado, con una bebé). Un día que se rompió una cuerda a mitad de la clase me preguntó si quería que me hiciera masajes (siempre estaba tensa y más cuando practicaba) y yo le dije que sí, sin sospechar ninguna segunda intención, hasta que de los hombros pasó a la espalda y, de repente, me desabrochó el corpiño. En ese momento me paré y me fui; nunca más volví ni hablé del asunto. Me sentí estúpida, como que todo lo que pasó había sido mi culpa por aceptar, por no notarlo. Esa parte de las mínimas cosas que nos pasan a diario, como que te la apoyen en el micro o te toquen el culo en una fiesta, apenas unos segundos bastan para que una extrema incomodidad y depresión nos invada.

 

El tema de cuando te tocan es que la sensación perdura. No se va cuando te dejan de tocar. Y te sentís incómoda con tu piel, como si te hubieran quemado. Y es insoportable. Y aunque alguien que quieras y con quien te sentís cómoda te abrace o incluso te roce los hombros, la sensación está ahí. 


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