Lunes 10/09/2018

CULPA ANTINATURA

La culpa es ese sentimiento de responsabilidad por un daño que causamos. Este sentimiento puede tener muchos orígenes, dependiendo de la cultura en la que vivamos y la sociedad. También según el credo que profesamos y la educación que tengamos. Porque lejos de ser un sentimiento innato, se nos enseña a sentirnos culpables de ciertas conductas que salen de la norma.

 

A lo largo de la historia de la humanidad, y sobre todo con la creación de la Iglesia, las mujeres han sido a quienes más carga de culpa se nos ha impuesto. La culpa reside no solo en nuestras malas acciones, sino también en los sentimientos que llegues a tener, los pensamientos que crucen tu mente, los que expresas y los que omitas. En resumidas cuentas, existir es prácticamente un pecado, y ser mujer, sacrilegio.

 

Empecemos por la infancia: la culpa comienza a ser inculcada en nosotras cuando se nos enseña a comportarnos como “señoritas”: nada de tirarse pedos, o siquiera decir esa palabra. Nada de eructar, ensuciarse ni meterse los dedos en la nariz. No sentarse con las piernas abiertas. No ser “asquerosas”, “cochinas”. Y no porque alguno de estos comportamientos sean peligrosos o inadecuados, si no porque somos nenas, señoritas. De paso, señalamos el uso del diminutivo para llamarnos, algo que nos minimiza desde que somos niñas. Porque a los chicos, cuando tienen que comportarse, lo máximo que  se les dice es “caballeros”. Tampoco debemos jugar a juegos violentos como el fútbol o las “peleítas”. No. 

 

Acá es donde comienza nuestra lobotomía. Desde niñas tenemos que escondernos para tirarnos pedos, eructar, rascarnos la nariz e incluso gritar, todas acciones naturales que no podemos evitar, que cuando se nos “escapan” somos blancos de burlas y llamados de atención. Cuando nos adueñamos de estas acciones somos blancos de estigmas, como por ejemplo, que nos llamen marimachos. No debemos decir malas palabras. Pero los chicos son perdonados. Ese es el problema: a las mujeres no se les perdona nada y a los hombres, todo. Porque es así, eso es los que se nos inculca.

 

De hecho, los chicos deben tener estos comportamientos para demostrar su masculinidad, mientras nosotras somos forzadas a ocultarlo todo. Ellos son forzados a exagerar, a exhibir su hombría y reafirmarla. A ellos, en cambio, se les hace sentir culpa por las conductas “femeninas”.

 

No se nos permite ser tontas tampoco, debemos tener mejores calificaciones que los chicos aunque en el futuro nos paguen menos por el mismo trabajo. Siempre y cuando no seas demasiado inteligente. Una mujer inteligente es intimidante. Tampoco debemos ser más fuertes ni transpirar demasiado, siempre oler a perfume, siempre estar arregladas. No. No necesitamos arreglarnos porque no estamos rotas, estamos perfectamente como estamos.

 

Hasta ahora llevamos unos diez años de autocensurarnos.

 

¿Cómo sigue esto? Con la hermosa adolescencia, donde los cambios en nuestro cuerpo comienzan. Si bien hay señales comunes a todes que se producen a nivel hormonal y psicológico, las mujeres parecen tener una marca especial que determina un paso de etapa. Y eso es tu primer sangrado, el aviso de que ahora podes tener bebés. (“Poder” es una formalidad porque, más adelante, más te vale ser madre para “sentirte completa y cumplir con tu rol de mujer”.)

 

“¿Te hiciste señorita?”. Esa es la pregunta. Y de nuevo, el diminutivo. No nacemos, nos hacemos.

 

Y acá otro acto de la naturaleza del cual debemos avergonzarnos. No es suficiente con el dolor que provoca físicamente, sino que debemos ocuparnos al instante de que nadie note que estamos menstruando. Una mancha de sangre visible puede ser la perdición. Si estás sensible y con cambios de humor, también has de ocultarlo. Nadie debe saber nada. Estamos manchadas de por vida.

La menstruación puede darse en niñas también (a partir de los 9 años), pero es en la adolescencia cuando comienzan otros tipos de cambios en el cuerpo. Por ejemplo, el pelo debe dejar de existir en tus piernas y axilas. Debemos decir que hay algunas personas que comienzan a tener vello a partir de los doce y se las somete a toda clase de torturas (pues eso es lo que son, torturas. Nadie debería sufrir para ser aceptade socialmente). Debemos depilarnos piernas, axilas y el vello de la cara, pero además debemos tener nuestro cabello hermoso. Salir con una musculosa y recordar que hace unos días que no te depilas y unos incipientes pinches en tus axilas pueden arruinar tu noche. Tenés que tener en mente que no puedes levantar los brazos por miedo a que alguien se dé cuenta.

 

Pero la cosa se va poniendo cada vez peor: con el desarrollo de nuestro cuerpo, a la par del desarrollo de las hormonas masculinas, comenzamos a darnos cuentas de cierta condición que tenemos. Ya no podemos andar sin remera en la casa de nuestros primos. La musculosa y los shorts que tanto nos gustaba usar ahora representan otra cosa. Nos miran diferente, por más de que no hayamos cambiado nada.

 

Nos empezamos a dar cuenta de la cosificación.

 

En la tele comenzamos a notar ciertos cuerpos inalcanzables que deberíamos tener a costa de productos que deberíamos pagar. Acá es cuando empieza la verdadera culpa. Acá nos empezamos a sentir culpables por ser mujeres. Por ser objetos. Por tener tetas o culo. Por no tenerlos. Porque nos gusta el sexo, porque no nos gusta. Por hacer el amor o por no hacerlo. Por no ser femeninas por serlo demasiado. Culpa porque me va mejor en el trabajo que a mi pareja.

 

En los boliches toda esta culpa que nos enseñaron a tener nos carcome. Nos sentimos mal cuando un chico nos invita a bailar y no tenemos ganas. “Nos da pena”. Si insiste demasiado, tenemos que decir que tenemos novio, porque es más respetable ser propiedad de un chico que ser propietaria de tu propio cuerpo.

 

Salir a la calle y que te acosen verbalmente se vuelve parte de tu día día. Desarreglarte y desalinearte no sirve de nada porque quien te grita algo, en realidad, no se está fijando en absolutamente nada, solo está expresando el poder que tiene sobre vos al decirte lo que se le canta el ojete. Si te la apoyaron en el micro tambien es tu culpa por no decir nada.

 

Y así entramos en una psicosis permanente: incluso ir a comprar pan es arriesgado,, sea la hora que sea. Hasta tal punto llega esta horrible herramienta que, incluso después de ser asesinadas, también llevamos la culpa por morir. Tenemos la culpa de ser violadas. Es nuestra culpa si nos matan. Es nuestra culpa si vamos solas. Es nuestra culpa por no decir nada y es nuestra culpa por decir algo. Es nuestra culpa si fuimos con tal o cual remera. Es nuestra culpa todo lo que tenemos que vivir. 

 

¿Y por qué tiene que seguir siendo así? ¿Por qué tenemos que sentirnos todo el tiempo de una manera tan desagradable? ¿Por qué está mal que nos gusten cosas que ni siquiera elegimos que nos gusten? Se nos ha enseñado a través de los años todo esto, la culpa surge de nosotras mismas, y aunque lo que más costoso es cambiar a une misme, podemos librarnos de estas malas sensaciones que nos obstaculizan día a día.

 

Déjense crecer el pelo en las piernas si así lo desean. No hace falta que usen maquillaje ni hace falta mejorar el físico corporal. Si alguien te grita algo en la calle, podés responderle (se siente bien, de verdad). Expresar todas tus dudas y miedos está bien, igual que hacerle notar a un chico si está actuando de manera indebida.

 

La culpa es solo una herramienta de este sistema para la sumisión. Culpa solo debería tener la Iglesia por haber adiestrado a tantos pedófilos en el mundo. Sentir culpa por sentir placer, por ser felices, es una contrariedad. Liberarnos en el interior asegura la transformación en el exterior. No tenemos la culpa de la sociedad machista en la que nos tocó vivir. Es hora de adueñarse del cuerpo y de la mente. Dejar de ocultarse, de ocultar piel, sentimientos, pensamientos, talentos y opiniones.


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