Sábado 30/09/2017

CRÍTICA AL RELOJ

Mañana de lunes y me tocó pasar por el centro mendocino, más precisamente por un café.

 

No es parte de mi rutina desayunar en el centro, por una cuestión de distancias. Al llegar me senté en una mesa ubicada al final del local, la cual me permitía tener una visión completa del resto del lugar.

 

A los minutos de permanecer allí, llegó una familia. Madre, padre, dos niños pequeños y una adolescente. Se sentaron, hicieron su pedido y automáticamente fijaron las miradas en sus celulares. La pareja mirando puntos fijos, sin mantener contacto visual ni tampoco verbal. Los niños, con  sus celulares, y su hermana mayor, supongo, con la vista perdida en aquella vidriera de cristal.

 

Al rato de observar aquel panorama, entró una pareja, ambos eligieron una mesa al azar. Él con la vista pegada al piso, ella mirando su celular ¿Sabés qué es lo gracioso? Estar una hora sentado sin hablar, irónicamente en un café. 

 

Así como los casos anteriores, desfilaron ante mí varias personas más con el mismo destino prefijado: Sentarse con un conocido a jugar a los desconocidos.

 

Me dio risa o tal vez me dio un motivo para revolver en mi existencialismo: ¿cómo perdemos el tiempo en la nada? Un abuelo y su nieto hablando sobre la vida, el abuelo hablando solo, el nieto mirando el reloj para irse a una juntada.

 

No sé si nos acostumbramos a llevar una máquina prendida a la muñeca para saber cuales son nuestros límites o simplemente estamos programados para medir los momentos por horas.

 

“¿Sabés lo que deseo tener una charla de café con mi abuelo?” Pensé, al ver dicha situación, pero al fin y al cabo es natural del ser humano reclamar cuando pierde y enceguecer cuando lo tiene todo.

 

Esto no es una crítica a las familias, tampoco a vos que leés esto y te pusiste a contar cuentas veces le diste bola a un celular y no a tu vieja que te invitó un café o a tu novia/o que dijo de ir a mirar las nubes un rato. Tampoco es una crítica cliché de las típicas. Esto es una crítica o un baldazo de agua fría para que abramos los ojos ante el otro, y no hablo del prójimo, la redención, la religión y todo eso, hablo de empezar a darnos cuenta la importancia de tener a otra persona delante y respetarla. Hablo del respeto.

 

Me pasó cientos de veces de ver músicos en la calle, dando todo, compartiendo aquello que los saca de esta realidad infernal, su arte. Pasan por al lado sin detenerse tal vez un segundo, todo porque la maquinita a cuerdas le carcome la cabeza de a poco sobre el tiempo ¿Nunca te preguntaste que, si te parabas un segundo, tal vez tu día daría un giro?

Estamos tan apurados por llegar, pero la pregunta es ¿a dónde? ¿Por qué estás tan apurado? ¿Por qué corrés si igual vas a llegar? ¿Por qué ya no decís “te quiero” tan seguido?

 

Luego de pensar y maquinarme la cabeza con todas esas situaciones, me dieron ganas de llegar a mi casa y tal vez sentarme a hablar con mi vieja un segundo (válgame la redundancia) o tal vez ir a escuchar a ese grupo de pibes que todas las semanas suelen tocar en la plaza “Independencia”. 

 

Nuestro problema se basa en que miramos mucho el reloj, ¿te crees que el tiempo va a cumplir su pacto? Nunca pasa. 

 

Nuestro problema es pretender y creer que nos sobra el tiempo para todo, para amar, decirle a tus viejos que los querés, ir a comer con tu abuelo/a, ir con un amigo/a a ver esa película que viene planeando hace dos meses, abrazar a quien querés y recordarle lo que sentís y estar vivo, no sos un robot a tiempo.

 

Hacelo, no pretendas tanto, no pretendas pretender. 

 

Te aseguro que si pestañeas dos veces, el panorama que tenías enfrente desaparece, y cuando desaparezca ¿estás seguro de que vas a mirar el reloj? ¿Vas a maldecir al tiempo o a tus acciones? Queda en vos.


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