Lunes 17/12/2018

CARTA DE UN DOCENTE «ESPECIAL»

Fin de año. Momento de balances. Culminación del año lectivo y reuniones de docentes, jornadas y auto-crítica sobre lo realizado con les alumnes (palabra que deriva de alêre, o sea alimentar, no de «sin-luz»). Es el período del año en que une se plantea como docente si realmente hizo las cosas bien o si dejó pasar la oportunidad de enseñar contenidos pertinentes a las personas que tuvo a cargo desde Marzo (o desde que tomó esas horas cátedra). Más allá de la cuestión pedagógica, siempre me planteo lo mismo: ¿por qué entramos las artes, educación física e informática en la clasificación de «especiales»? ¿no estudiamos igual que las maestras o demás profesores de materias tradicionales?

 

Yo no recuerdo en mis, por ahora, ocho años de formación docente que mis educadores me ha-yan tratado distinto por dedicarme a la enseñanza del teatro. O que sea parte de un grupo con poderes que después de la escuela van a salvar el mundo del crimen. Tampoco mis discípules me ven como un ser extraño por ocupar el horario que no es tomado por lengua, matemática o ciencias sociales. Entonces, ¿qué es lo que nos define como «especiales»?

 

Simplemente el diseño curricular “sarmientista” que pondera con mayor énfasis a las materias de lógica científica antes que las artísticas, siguiendo una línea de pensamiento que tiene más de 120 años de edad. [Esto lo digo aparte de las críticas ridículas que me preguntaban qué carrera iba a seguir después del profesorado de teatro, como si eso no me diera de comer.]

 

Así se nos ve en la sociedad: como personas «especiales», con un diseño curricular «especial» y con una didáctica «especial» que pocas veces puede cruzarse con las materias comunes a pesar de que la última Ley Federal de Educación (26206/2006) propone la interdisciplinariedad como eje transversal. Con este tipo de acercamiento desde el segundo espacio de socialización (el primero es la familia) hacia las artes y la educación física no es de extrañar que después de terminado el colegio secundario no se pre-tenda practicar deportes o asistir a funciones artísticas. 

 

Somos una raza aparte, un bicho raro dentro de la educación formal, un grupo de personas que dedican su vida a hacer «esas cositas lindas» o a preparar actos escolares porque lo que importa es que les niñes se luzcan, ¿no? No nos ven como iguales, como personas con las mismas responsabilidades edu-cativas, con la misma calidad pedagógica, con una vida similar: somos diferentes, con la rareza que carac-teriza a la gente que piensa fuera de la norma.

 

Y esto no se lo estoy diciendo a mis colegas, que siempre comparten conmigo experiencias enri-quecedoras en cuanto a la educación, sino a las personas del Ministerio de Educación y del Ministerio de Cultura, o les adorables supervisores que tienen una voluntad de hierro para con les alumnes pero que, en su vida, JAMÁS dieron clases ni saben lo que es estar frente a un grupo, aunque todo el tiempo nos recomienden la mejor forma de hacerlo. Me burlo en este momento con la misma ironía que tienen elles para conmigo cuando me exigen planificaciones o evaluaciones que no tienen ninguna relación con la vida real. Como diría un profesor mío de Andamio´90: «las personas que hacen los diseños curriculares en su vida vieron a un pibe», y cada vez estoy más seguro de eso. Ojalá me equivoque algún día.

La formación constante que nos exigen es una patraña al lado de lo que en verdad se necesita. Esto sucede porque en nuestra formación no se tenía en cuenta a Youtube, Instagram, Facebook u otras redes que educan más a nuestres alumnes que lo que podemos hacer nosotres en dos o cuatro horas semanales.

 

La educación formal batalla constantemente con las nuevas tecnologías, en vez de aliarse y en-tender que el siglo XXI propone un cambio de reglas de juego, bastante lejano de la estructura pseudo-militar que pensaron Comenio, Rousseau o Sarmiento. Les docentes no somos rígides instructores de saberes, sino simplemente guías (pedagogía --> paidos = niñe; gogos = pies, camino. O sea: guiar a le niñe hacia el conocimiento) que estamos para que nuestres educandes elijan el camino que mejor le parece en sus vidas.

 

-¿Por qué en vez de criticar tanto, no te dedicás a dar clase?- preguntará algune despistade, y me animo a responderle, sabiendo que “docente que lucha también enseña”. La educación desde el amor, los afectos, la escucha y recepción de planteos provenientes de les educandes, ahí es a donde apunto (sin relación alguna con la «inteligencia emocional» que va a pasar de moda seguramente), por eso busco rea-lizar lo más importante como docente: construir ciudadanía. Esa es la función principal que tenemos, no es otra. Nuestro deber y obligación es preparar a la generación que sigue para insertarse en la sociedad con herramientas que le sirvan para defenderse y poder armar su vida como mejor desee. No es nuestra obli-gación enseñar un contenido en particular, sino enseñar a vivir pacíficamente y con ideales que permitan la tolerancia, el respeto mutuo y propio y el diálogo social como principales características.

 

No es ningún secreto, sólo una idea que puede ayudar a que el mañana tenga menos frustracio-nes, menos criticones en Twitter, menos grupos enojados de Whatsapp, menos personas indecisas o tristes porque eligieron en la vida algo que no les gusta.

 

Y así seremos nuestres propies superhéroes, con la creatividad, la empatía y el esfuerzo como armas, que pueden salvar más vidas que un grupo de mutantes con incomprensión social.

 

Docentes del mundo...¡enseñad!

 

Prof. Abel Lisnovsky

Profesor Nacional de Teatro

Especialista en Psicología Adolescente con Mención en Educación


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