Miércoles 23/08/2017

CIUDAD DE PAPEL

Inoperante, inexistente ¡Inservible! Pensé. Pensamos.

 

Anticoagulante, artimaña, salvación, redención y resurrección. Fue.

 

Caminantes y amantes errantes, viciosos seres. Eran algunos de los adjetivos incoherentes que equipararon mi mente esa tarde, los comunes, los ordinarios.

 

Viajar en colectivo (imaginario) siempre fue para mí una clase de terapia. Cualquier ser que lea esta oración podrá dudar de la cohesión lógica, debido a que la idea de viajar en colectivo siempre fue un exhaustivo lío… Nunca fue mi caso.

 

Es una terapia intentar adivinar qué esconden los diversos rostros que desfilan frente a mí. No sé si se trata de una clase de placer por descifrar lo desconocido o, simplemente, la obstinación de estar sentada sin mucho que hacer.

 

Me gusta mirar algunos rostros e imaginar qué es lo que traman, qué esconden, qué tipo de secretos esconden ante la simpleza de los mortales. Suelo encontrarme siempre con el mismo panorama débil e incierto, suelo ver la película repetida una y otra vez… El clásico que nunca aburre.

 

Ofuscado, arrebatado e inquietante. Así era mi rostro.

 

La algarabía de pensamientos detonaba mi cabeza, era una linda tarde de verano. Resoplos de brisa se filtraban por la ventana y desplegaban tiras de magia alrededor, cual cuento fantástico. Para mi mala suerte el colectivo estaba vacío, no había mucho que analizar, solo yo y la ventana hacia la plena esclavitud de la sociedad. Muchos, como pequeños robots descubriendo el mundo, repitiendo y descartando su vida, hipotecando horas de vida a cambio de morir sobre la madera cóncava, efímera y subterránea.

 

No fue un momento preciso, solo fue resignación de matar el tiempo con cadenas…Lo normal.

 

El viaje comenzó a ceder, las luces a titilar y la realidad a delirar prosas de eutanasia. Era imposible ver a través de la espesa capa de neblina oscura. Solo el ruido de cadenas rodeaba el lugar, cadenas pesadas. 

 

Por alguna razón mi mundo se había distorsionado, mi desesperación comenzó a aumentar, la libertad se escapaba de las manos… y no hablo de aquella libertad que se debe comprar y luego vigilar, hablo de la libertad  que viene impregnada dentro de uno, como la marca de agua de un católico, el pecado original, la miseria de un pasado que no merecemos asumir. Proliferar gritando y llorando.

 

El colectivo se inundó de falsa libertad, entre el humo caminaron espectros de opresión, una alternativa vana… Hasta que cesó.

 

Todo fue extraño, el humo había cesado. Mi visión comenzó a mostrarse inerte, preocupada por la gente, por la calle se mostraba un panorama un tanto extraño. Toda la gente caminaba feliz, los rostros denotaban pasión por respirar aire sin alquitrán, algunos caminaban lento, sin preocuparse por mañana cumplir la ley primera, el orden de debitar vida, cobrar tierra. 

 

Todo era increíble, la gente, el cielo, no habían cadenas, no había dolor, no existía pudor ante la exclamación de ser libre… porque, justamente, éramos libres.

 

 

Me bastó un segundo, un poco efímero, para darme cuenta de que el mundo comenzó a mojarse, a aguarse. Todo comenzó a derretirse, el antónimo prefijado de vivir.

 

Las paredes se destiñeron, las flores comenzaron a borrarse, el color se escurrió entre las veredas y finalizó en donde menos lo esperé, la tierra.

 

La ciudad quedó gris, opacada, dibujada a lápiz y goma, diario de domingo, café de despedida.

 

Así fue como me di cuenta que me había quedado dormida en el asiento del colectivo, un mensaje notorio hizo vibrar mi celular, demostrándome que la parada estaba cerca.

 

Al fin y al cabo debía despertarme, mi trabajo estaba en la otra cuadra. Tal vez mañana vuelva a soñar que soy libre. 

 

Tal vez mañana no se destiña el panorama. 


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