Domingo 20/08/2017

DE LO ÚLTIMO QUE VI ANTES DE MORIR

No era un cargo muy importante pero mi mamá trabajaba para ciertos funcionarios públicos que tenían cierto peso en las decisiones que se tomaban en relación a la provincia. No es que le interesara mucho, pero era la hermana de tal y la prima de cual, además de conocer a otro cierto tal. Ella necesitaba trabajo y esto tales o cuales le dieron un lugar. Probablemente mi mamá odiaba su trabajo rutinario, pero peor sería trabajar en un call center - eso decía siempre -. 

 

En ningún momento lo noté, ahora cuando repaso las imágenes que me quedaron de ella cada vez parecía más y más enferma. Incluso mi hermana, que tenía doce años, sabía que algo estaba pasando. La piel de ella había perdido color, nunca tenía ganas de comer y le costaba dormir. Le costaba dormir, pero le costaba más despertarse. Y cuando te cuesta hacer las cosas esenciales que necesita tu cuerpo, significa que lo que te cuesta es vivir. A mi mamá le costaba vivir, pero yo no me di cuenta. Si sospeché alguna vez probablemente lo di por algo normal. Di por sentado que, en este mundo, estar enfermo es estar normal. Pasaron años hasta que entendí lo ridículo de ese pensamiento. Lo espantoso que era normalizar algo tan alarmante. Lo alarmante que era normalizar algo tan espantoso.

 

Empecé a notar este tipo de cosas la última vez que fui a la montaña. Yo solía ir al menos una vez por mes con mis amigos, pero esa semana mi mamá me animó a ir con mucho interés. Tal como lo dije antes, yo no lo noté. No recuerdo bien esa semana, pero si tengo en cuenta cómo pensaba en ese entonces, probablemente supuse que quería la casa sola, despejarse. Si hubiera querido eso, ella es la que tendría que haberse ido. Ese pensamiento es el que más me ha atormentado últimamente. El de por qué quiso quedarse. Y qué es lo que se supone que tenía que hacer ahí y no con nosotros... Lo que más odio de esas preguntas son las respuestas que nunca voy a poder encontrar. Lo que más odio es cuando estoy cerca.

 

Me pidió que llevara a mi hermana. También me pidió que tratara de invitar a muchos amigos, porque es peligroso ser pocos. Sugirió, incluso, hacer una fiesta pero le dije que de ese modo no podría llevar a mi hermana porque iba a ser peligroso para ella. Además nadie hace fiestas en la montaña, salvo para el día de la primavera, día que por cierto aborrezco profundamente. Discutimos un poco pero al final acepté la compañía de mi hermana. A pesar de todo lo raro que me sonaba la petición, también invité a mucha gente (obvio que la mayoría se negó). No esperaba nada, pero me gustaba cumplir las cosas que mi mamá pedía. Probablemente porque nunca me pidió mucho y tenía una manera especialmente agradable de decir gracias cuando lo hacía.

 

Nos fuimos temprano, mi mamá nos acercó a la terminal y esperó hasta que llegara el micro. Estaba fumando, aunque había un cartel atrás suyo que lo prohibía. Nadie le dijo nada así que no hubo problema. Mi mamá nos abrazó de esa manera tan cálida y acogedora que solo una madre puede. Dijo que nos amaba - como siempre - y que nos iba a extrañar, como siempre. Dijo que nos cuidemos, como siempre. No estaban mis amigos así que no me rehusé a su cariño como siempre. Mi hermana subió corriendo para conseguir, lo que ella consideraba, el mejor lugar. Yo ayudé a unos ancianos a subir los bolsos así que tuve que volver al final de la fila. Mi mamá me preguntó si me olvidaba algo y me encargó que cuidara a mi hermana por doceava vez. También me dijo que a la noche mirara las estrellas - eso sí me llamó la atención-.

 

Subimos, saludamos a mamá por la ventana, mi hermana lloró un poco porque quería que mamá viniera también. Había estado toda la semana pidiéndole que ella fuera y mi mamá pacientemente le explicó, una y otra vez, que no podía, que tenía que trabajar. Lloró, no hizo un berrinche, si no que lloró y a eso tampoco le di mucha bola. Últimamente a nadie le importa que los niños lloren, tratan de comprarles cosas para que paren pero nunca se molesta en averiguar la verdadera razón por la que lloran. Los niños crecen y se dan cuenta que aunque sean adultos también sienten ganas de llorar y creen que comprando cosas para ellos van a perder esas ganas de llorar. Y así es como esos niños se hacen grandes y se enferman. Porque las cosas y los remedios que les recetan no quitan el dolor que sienten. A eso ha sido capaz de llegar la raza humana.

 

El día fue bastante dinámico una vez que bajamos del micro. Mi hermana había invitado a una amiga del colegio que había venido con toda la familia, así que pasó todo el día con ella. Con mis amigos estuvimos caminando todo el día y tomando mate cerca del río. La primera noche ella se quedó en la cabaña de su amiga y yo dormí en la carpa con los chicos. Al otro día nos separamos porque habían venido con sus novias. A la tarde decidimos subir el cerro Arco, mi hermana lo quiso hacer conmigo, los demás estaban cansados y rechazaron la oferta. Era verano así que, dentro de todo, el frío era tolerable. Más o menos por la mitad del recorrido de vuelta ya era completamente de noche. Miré las estrellas como dijo mi mamá. Había demasiada iluminación artificial como para poder verlas bien. En las montañas más alejadas y oscuras se ve mucho mejor. Lugares sin luz donde las estrellas brillan tanto que sentís que podés ver la vía láctea si te concentrás bien. Además de que siempre engancho estrellas fugaces. Pero ese día no le encontré nada particular a las estrellas. Eran las mismas de siempre, formando las mismas constelaciones.

 

Paramos a descansar y mi hermana comenzó a gritar de repente. Dijo que le dolían los oídos, como si se hubiera subido un avión, a mí se me habían tapado los oídos también. Algo cambió en la presión. Me senté junto a ella y la “medio” abracé con un brazo, pero no era muy bueno en esas cosas. Nuevamente, no estaba haciendo un berrinche, si no que lloraba. Y esta vez si me di cuenta de eso. Y le pregunté si quería que llamara para que nos viniera a buscar o algo. Ella dijo que no y hundió su cabeza en mi campera mientras se tapaba los oídos. Por lo menos atiné a apretarla con más fuerza. 

 

En realidad, todo esto pasó con mucha mayor velocidad de lo que lo suelo contar. Si... pasó muy rápido. Además, todo pareció acelerarse en cuanto levanté la cabeza de nuevo para mirar las estrellas pero, en vez de las estrellas, miré la ciudad. Por la noche las luces parecían estrellas también. Era una linda vista. No vi caer nada, solo recuerdo un flash gigante como si un satélite nos hubiera sacado una foto. Pero luego de ese flash, esperaba que mis ojos volvieran a enfocar. Y no lo hacían y, de hecho, el flash seguía. Mis ojos empezaron a arder como si me hubieran echado ácido, y mi piel también. Tiré mi hermana al suelo y la cubrí. Pero eso fue más instintivo que razonado. Aun con todo eso, seguía sin darme cuenta. 

 

Una ráfaga que parecía viento zonda potenciado fue lo que siguió. Mi hermana gritó. De no haber estado en un lugar tan desolado de seguro algo nos hubiera golpeado algo. Y de no tener tanto abrigo la tierra también nos hubiera hecho daño. El ruido llegaba más tarde, como en las tormentas. Fue como un rayo que en vez de caer del cielo saliera del suelo, produciendo un terremoto. Pero la comparación le queda corta. De hecho, cualquier comparación o explicación a lo que sucedió ese día queda corto. El silencio era la única explicación que las personas alcanzaban a dar. Y silencio fue la única explicación que nos dieron. Había teorías sobre conspiraciones. Que un accidente, que un error, que un sabotaje. Que el terrorismo esto, que Estados Unidos aquello, que el petróleo, que el agua, que los recursos. Pero nada oficial. Por supuesto que las redes sociales estallaron, pero si  tantos años de genocidio en Siria no fueron suficiente para que la gente reaccione, un pueblito desértico no iba a despertarlo. Ni si quiera a Buenos Aires le importábamos. 

 

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Pero, después de que pasaran las ráfagas de viento, le dije a mi hermana que buscara la mochila y me la pusiera al hombro, también le tuve que pedir que me guiara. Me puse el cuello como venda en los ojos porque me seguían doliendo. Al rato nos vinieron a buscar en la camioneta. Y si dije que lo anterior pasó muy rápido, después se puso peor. Como si estuviera en una montaña rusa de la cual no te dejan bajar. Cuando todo pareció parar, estábamos demasiado mareados para caminar. Estábamos muy lejos del lugar donde ocurrió el impacto, pero según los demás, el hongo de humo parecía estar en frente de nosotros. Yo nunca pude recuperar la visión, al igual que muchos otros que vieron lo que pasó esa noche y vivieron para contarlo. Cuando pudimos volver a la ciudad intentamos buscar a mamá. Intentamos buscar a mucha gente. Mi hermana dijo que tenía suerte de haber quedado ciego.


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