Viernes 14/09/2018

EL HOTEL

Un lugar lejano tiene este cartel que de a poco parece morir bajo la noche: “hotel”. Está este hombre de camisa sosteniendo su cigarrillo mientras apunta con el palo de billar hacia la bola blanca. Él sabe que va a meterlas a todas de un solo golpe, no tiene apuro alguno, es amo y señor de su reino. Se acerca con cuidado a la mesa inclinándose un poco sobre ella, respira profundo y dispara.

 

  Erra, alguien golpea a la puerta un instante antes de que pudiese realizar su magistral golpe. Frustrado tira el palo al suelo, aspira de su cigarrillo buscando calmarse.

 

Baja las escaleras, transita el pasillo largo, este tiene espejos enmarcados por todos lados. Termina de a poco su cigarrillo mientras se mete la camisa dentro del pantalón. Antes de llegar a la entrada hay una puerta, esta tiene una estrella dorada en el centro. Suspira, abre la entrada y allí se encuentran ellos, como chocolates en una caja, perfectamente distanciados el uno del otro.

 

Un joven que parecía viejo, una hermosa mujer y un cura. Se miran, luego pasan. No se dice una palabra esta noche. El hombre de camisa vuelve a subir a su cuarto de pool y los extraños entran al hotel.

 

La hermosa mujer se baña en una tina de marfil. Las baldosas blancas y negras sostienen el recipiente mientras ella enjuaga sus extremidades de porcelana. El jabón y el agua arman una suave textura mientras ella talla sus hombros con la esponja. Se sumerge hasta el fondo, su rostro se abraza con las burbujas y su pelo resalta sus facciones mientras mantiene los ojos cerrados. La puerta del baño se abre. Ella siente un sacudón en el ambiente y sus ojos no pueden evitar abrirse de par en par. La sombra se asoma, una figura negra fuera de la tina. Ella se ve obligada a sacar de a poco la cabeza. Tiene sus pelos pegados a la cara y sus cuencas abiertas ampliamente; no quiere mover un músculo. El hombre de camisa la mira y tiene una escopeta con él.

 

El hombre está cubierto de sangre, sus manos, su cara, incluso su blanca camisa está repleta, se rebalsa en sangre y la mujer, pobre muchacha, no deja de temblar bajo sus cabellos. Sostiene el hombre la escopeta con fuerza y no para de agitarse, ella se mueve apenas y él le vuela la cabeza dejando un cuadro en una esquina del cuarto. Cuando lo ves solo puedes sentir la palabra que evoca el grito, su cuerpo se había destrozado.

 

Abre los ojos, sigue viva. El aire vuelve a sus pulmones. Siente el agua de vuelta en sus codos. Aleja la mirada del borde y se concentra solo en el agua, la cálida y tranquila agua. Una respiración que no es la suya hace que su garganta se retuerza. Su estómago le siguió la corriente haciéndose un nudo. Esta respiración extranjera se corta de a momentos, es áspera y metálica. Ya no hay luz que alumbre. En su lugar, hay una sombra enorme y deformada. Era lo impensable, lo innombrable, lo inefable que se para frente a ella con toda tranquilidad. No es el hombre de camisa con un arma, no, es mucho peor que eso. Un cuerpo que llega hasta el techo y debe encorvarse, retorcido y gélido, cubre su tronco con los restos de mantas viejas hechas girones. Su cabeza está tapada y solo se ve la mitad superior de una calavera extraña. Sus brazos son largos y llegan hasta sus pies; están muertos, llenos de llagas y piel removida, como si alguien se la hubiese arrancado.

 

Ya no puede temblar, sabe lo que le espera, como en el final de una película repleta de clichés. El silencio encarnado se abalanza sobre la pequeña muñeca, rápido y certero, sin titubeos. Sus manos toman la pequeña cara remojada y luego todo se oscurece.

 

La mano de la actriz está colgando como un candelabro saliendo de la bañadera. El cristal se transforma en ópalo, y así con el agua. Su cuerpo está intacto, reposa en calma. El rostro está cubierto de mantas viejas, sus cabellos no están. A un lado está eso, quieto, mirándola. Solo se queda allí, compartiendo el silencio del cadáver. Se empieza a cansar de que esté tan quieta, se acerca a la tina y se queda viendo su obra. ¡Tanto empeño puso para que fuese hermosa! Solo no se mueve como él quiere. No se mueve y no se mueve, ya no brilla como él quiere y se desespera. Parte la tina y la brea tapa las baldosas. El cuerpo de ella yace en el frío suelo; la ve de cerca, la toma entre sus brazos y comienza a llorar, fuerte, muy fuerte.

 

El joven que parece viejo se encuentra sentado en un sillón frente a un enorme televisor de tubos catódicos. Sus ojos parecen dos cacerolas llenas de jugo pastoso, alguien puede entrar y no distinguir si él está vivo o si ha muerto. El cuarto es inmenso, el sillón y el televisor no son más que una partícula de polvo frente al silencio que lo habita.  La única luz es la de la televisión pegando directamente en el rostro del hombre. El resto, solo penumbra. Cuando comienzan a sonar los chasquidos, la televisión se detiene (los chasquidos que desde la oscuridad acechan).

 

El joven viejo despierta del trance. El color vuelve a sus cuencas, pero a qué precio. Habría preferido quedarse toda una eternidad en esa cápsula antes de tener que ver la verdad, amarga, dura de tragar, acechándolo. La muerte del televisor descoloca al pobre joven, aún sentado en el sillón. No sabe cómo responder. No hay viento que augure suspenso, ni luz de luna que esconda al lobo en el bosque. No hay nada más que un incontrolable silencio que asedia a la calma. Comienza a gritar, sus cuerdas vocales no funcionan, simplemente no se mueven. Viendo que el grito no es una opción de escape, comienza a correr; parece no tener final el cuarto y sus piernas se cansan rápido. No se aleja por temor a perderse en la oscuridad. Vuelve al sillón y trata de cerrar los ojos. Empieza a contar; intenta sacar su cabeza de aquel pozo. Pobre, ¿cómo va a saber él que el silencio no entra por los ojos? 

 

Sus entrañas lo obligan a abrir los ojos mientras tirita de terror; ve la silueta en la oscuridad. Su mandíbula no deja de temblar, los ojos le empiezan a arder y no puede evitar el llanto que se hace presente desde su cuello. El frío se acomoda en sus hombros, la bilis empieza a espesarse entre sus costillas. El chasquido está allí por él, repta desde lo lejano y apagado, casi como si él se lo estuviese imaginando. De a poco comienza a elevarse, lentamente, se evoca en todo tipo de formas, en todos los ángulos, en todas las alturas; ya no hay escape.  Las cuerdas vocales las tiene atadas, las manos cocidas al sillón, el cuello duro como el mármol, la cabeza recta y tiesa, la boca abierta de par en par intenta dejar salir algo, lo que fuere, que lo pueda ayudar a huir. Sus ojos, ay pobre de sus ojos, se estremecen a más no dar.

 

El frío se transforma en ventisca, un canto que augura todo lo último. Las manos largas y frías rodean su cuello y la figura alta se hace presente detrás del sillón. Se queda allí un momento observando a su presa. El joven solo se queda allí; la criatura arranca la cabeza de un tirón. Es una fuente de lágrimas. Bordó huyendo de la estatua que fue el joven que parecía viejo.

 

El hombre de dios, el cura. Se lo encuentra en una cocina, un lugar en calma, no muy grande, no muy pequeño. La radio está prendida y suena música fina, relajada, no se distingue bien qué es, solo que el parroquiano la disfruta. Se lo encuentra cortando todo tipo de vegetales y hortalizas para luego verterlos en una olla. Todos los utensilios, muebles, gabinetes, estantes, la heladera, el horno, todo parece ser sumamente antiguo, pero funcionan como por arte de magia. Parece que se van a deshacer, pero por alguna extraña razón, aún se mantienen de pie. El hombre del pelo engominado fuma un cigarrillo, toma whisky de un vaso que se sirvió y se limpia las manos en la sotana cada vez que termina de cortar.

 

Pasea de acá para allá en la cocina y busca todo tipo de ingredientes. Una vez que se terminan los vegetales, pasa a las especias, a los embutidos, a las carnes y hasta a las frutas. Busca por todos lados algo para echar dentro de ese espeso caldo que se está gestando. Se agita cada vez más, sacude sus brazos en frustración cada vez que se le agotan los ingredientes y tiene que buscar más. Empieza a correr alrededor de la cocina hasta que se frena en seco, se acerca a la parte donde tiene todo el desorden de cáscaras cortadas y pedazos podridos. Los arroja al suelo, saca una bolsita con un polvo blanco, pone el polvo sobre la mesada de la cocina y pega su cara en estos, inhalando cuan fuerte pude. Sus ojos casi se salen de sus órbitas. El estofado se está rebalsando y la hoya prendiéndose fuego. Comienza a fumar cuanto cigarrillo puede meterse en la boca y luego los escupe para tomar la botella de whisky, bebiendo directo del pico. El lugar parece que está por explotar, la cara del cura ya no es una refinada e inmuta expresión; está desquiciado: se echa al suelo y vomita un líquido negro. De la nada todo parece calmarse.

 

Está tirado en el suelo, todo desalineado. Su rostro es un patio lleno de mugre y baba, sus pelos llenos de gomina ahora aparecen todos enmarañados y hasta algunos arrancados. La heladera está posada frente a él. Levanta su cuerpo a duras penas del suelo y se apoya sobre los muebles de la cocina. Tembloroso y aturdido logra pararse. La puerta de la heladera comienza a expedir un brillo tenue que de a poco se convierte en un fuerte resplandor. El único problema es que, mientras el cura se acerca al refrigerador, la luz del cuarto se va apagando y las cosas comienzan a desaparecer.

 

Una vez junto a la heladera, bien despacio, la empieza a abrir hasta tenerla presente en todo su esplendor. La luz se apaga y todo se torna brea, podredumbre, y el hombre comienza a correr. Su alma está atemorizada; no le importa si todo desaparece, él solo quiere salir de esa como fuere. Puede divisar la puerta y no lo piensa dos veces, corre, sus piernas se quedan en el suelo, no puede huir. El silencio lo arrastra hacia el interior de la heladera. El cura ve un cuchillo sobre la mesada de la cocina y estira cada músculo, cada hueso para poder agarrarlo. Sus muñecas se rompen, pero pudo hacerse con él. Intenta cortar a la criatura, no funciona y cada vez lo arrastra más rápido. Con una mano alborotada y el pulso por los cielos hace un torpe intento por cortar sus pies. Le duele como mil infiernos, pero sabe que peor es lo que le espera si esta criatura se hace con él. Como si fuese un milagro, logra cortar sus piernas, lentamente se hace camino hasta la puerta dejando en el camino una estela de sangre. Arroja sus manos hacia la manija y falla. Los muñones tocan con presión el suelo y este no puede evitar soltar un grito ahogado. Ya vencido en el suelo, rodeado por la oscuridad, la puerta comienza a abrirse lentamente. Levanta su rostro y comienza a reír, se ha salvado. El hombre comienza a llorar de la felicidad, pero todo se apaga y no había hecho otra cosa más que volver a la cocina. Los brazos muertos agarran su cuello y lo arrastran hasta el interior de la heladera. El hombre de dios no puede decir nada más.

 

La cocina se encuentra apagada y gris; no se ve más que el desorden. De la heladera comienza a brotar un líquido carmesí, opaco y oscuro. Sangre. Era del cura.

 

El hombre de camisa sigue en su juego, a punto de meter la última bola. Suena en el pasillo un ruido, como si alguien hubiera dejado caer algo, luego pasos apurados, más tarde silencio. Este vio que interrumpieron su juego una vez más, deja el palo junto a la mesa y baja las escaleras hacia el pasillo.  Se encuentra con tres bolsas negras llenas. Lo que llevan dentro es material de pesadillas. Suspira, levanta las tres bolsas y se dirige hacia la puerta con la estrella; la abre y echa allí las bolsas. Caen varios metros oscuridad adentro y, luego, el hombre de la camisa cierra con llave. Ahora, al fin puede volver a jugar su juego de una buena vez.

 

Retorna a su cuarto. Los palos están en su lugar y las bolas se han reacomodado; esto significa que tiene otra chance para armar su obra de arte. Se sirve whisky, prende un cigarrillo, le pone tiza al palo de billar y se coloca apuntando hacia la bola blanca. Toma una profunda bocanada de aire y, cuando está por golpearla, la puerta vuelve a sonar.

 

Vuelve a bajar, cruza el pasillo y mira de reojo la puerta con la estrella. Abre la puerta de entrada, y estaban ellos, otra vez. Suspiran y entran.


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