Jueves 03/08/2017

EL VIAJE EN COLECTIVO

Una helada madrugada de julio estaba esperando al colectivo, de pie, tiritando. No recuerdo en dónde estaba, ni tampoco hacia dónde debía ir, pero tampoco es importante, porque lo que estoy por contar es el verdadero jugo de esta historia.

 

Como dije, esa fría mañana, luego de una noche de desvelo, una de tantas, me encontré imaginando situaciones fantásticas involucrando los objetos que me rodeaban. Tengo un pasatiempo bastante extraño, lo sé. Culpen a la cantidad de horas que me pasé leyendo cuentos durante mi niñez. Los arboles cobraban vida y desprendían sus raíces violentamente y comenzaban a caminar. Los postes de luz caían al suelo para convertirse en enormes basiliscos que serpenteaban a lo largo y ancho de la calle. Las acequias se volvieron ríos caudalosos, donde una diversa cantidad de peces y criaturas nadaban libremente. Las aves del cielo se hicieron grifos, etc. Como verán, todo sacado de una novela al mejor estilo Tolkien. 

 

Tal vez se debía a la falta de sueño o a mi muy activa imaginación, pero esta fábula personal no terminó al subir al micro, como lo hacía usualmente. Al llegar el vehículo, el chofer abrió las puertas, subí, pagué mi pasaje y tomé asiento. Todo bastante normal hasta ahí, pero en ese momento fue cuando giré mi cabeza y miré a uno de los otros pocos pasajeros.

 

Ahí, ante mis ojos, uno de los arboles caminantes se encontraba sentado a mi lado. Naturalmente, no pude contener la risa, la situación se me hizo hilarante y no pude evitar dejar salir una fuerte carcajada. El hombre-árbol me miró con desdén y, tranquilamente, se levantó de su asiento y salió por la misma puerta por la que yo había entrado. Al suceder esto, me di cuenta de que ya no estaba arriba del micro, las metálicas paredes se convirtieron en rústicos muros de madera, asemejando aquellos de los de una posada medieval. Los asientos acolchonados ahora eran largas bancas de madera ubicadas junto a grandes mesas. El casi vacío colectivo de repente se encontraba repleto de los más maravillosos seres. En una de las mesas había un grupo de simpáticos duendes charlando alegremente con unos robustos enanos. En otra, un grupo de ancianos con túnicas y cetros jugaban un complicado juego de mesa similar al ajedrez. Había también un grupo de humanos, lo cual me alivió un poco, no me sentí tan fuera de lugar al verlos. Me acerqué para preguntar en dónde me encontraba. Me contestaron muy cortésmente, a pesar de encontrar mi vestimenta - unos jeans, zapatillas y buzo descolorido - un poco ridícula. 

 

Resulta que me encontraba en una venta, en las afueras del Reino de Leona y los hombres que me encontré eran caballeros pertenecientes a las fuerzas armadas de este. Me contaron que se encontraban reclutando personal para una pequeña expedición a las montañas. Si en ese momento me hubiesen dicho de las fantásticas aventuras que viviría con ese grupo, no lo hubiese creído.

 

Déjenme que les describa a mis nuevos amigos: 

 

El primero que describiré es Varrick, un hombre fornido, de generosa estatura, de frondosos cabellos y barbas color bronce. Llevaba una pesada armadura, una espada y un gigantesco escudo. Él era el líder de esta cruzada, ya que era el mayor y más experimentado de los tres caballeros. Su mera presencia indicaba que era una persona justa y prudente, pero con la suficiente confianza que necesita tener todo comandante al mando de una misión.

 

Luego estaba Caroline, una mujer de tez oscura, casi tan fornida como Varrick, y de largos cabellos color azabache, atados en una espesa trenza. Su armadura tenía grabado un patrón floral, parecía un trabajo bastante costoso, acompañada por una enorme hacha. Su expresión mostraba ciertos aires de soberbia pero, a la vez, se notaba que era una persona de noble corazón y profundo sentido del deber.

 

Por último, pero no menos importante, teníamos a Lilly, una pequeña y delgada guerrera, de piel aceitunada y cabello castaño. Me sorprendió el contraste que ocasionaba la diminuta niña en comparación a sus dos camaradas, especialmente por la ligera vestidura de cuero que llevaba y el pequeño par de dagas que tenía consigo. Era una joven de espíritu libre y cálida sonrisa, características que nuevamente contrastaban con sus compañeros de solemne semblante.

 

Me preguntaron si tenía intenciones de unirme a su causa, yo les contesté que no podía responder hasta saber en qué consistía dicha “causa”. Resulta que en las montañas cercanas al lugar en donde estábamos, se escondía un grupo de 3 escurridizos bandidos responsables de un sinfín de robos y hurtos. Tenían marcada la supuesta guarida de los viles ladrones en un mapa de las montañas, se suponía que debíamos, una vez en altura, reunirnos con un tal Capitán que tomaría el mando de la misión de ahí en más. 

 

No sé qué fue lo que me hizo aceptar, si fue algún sentido aventurero que yacía dormido en mí o la adrenalina ocasionada por descubrirme en este mundo alterno. Para simplificar, terminé convirtiéndome en el nuevo miembro de esta peculiar compañía.

 

Lamentablemente no pudimos reclutar a nadie más, pues por alguna misteriosa razón nadie quería involucrarse en nuestra expedición, lo que al principio me pareció muy extraño, después de todo, este parecía ser un mundo repleto de aventuras y aventureros dispuestos a buscarlas.

 

Así sin más, una vez ya bien equipado con una reluciente armadura y espada, me lancé junto con Lilly, Caroline y Varrick a darles caza a los rufianes de la montaña y traerlos ante la justicia.

 

Llegamos al lugar que marcaba el mapa. Bajo un cielo azul claro, con blancas nubes esparcidas a través de este y una fresca brisa de montaña, nos encontramos con el Capitán. El Capitán Edward - o simplemente Ed - era un hombre de aspecto titánico. No solamente le llevaba varios centímetros en altura a Varrick (y ni hablar del resto del grupo) sino que, además, sus brazos parecían troncos de roble, sus piernas, pilares de mármol, y su espalda, una pared de cemento. Como arma, reposando en su hombro, una colosal espada, cuyas dimensiones acompañaban a las del imponente Edward. Debía pesar una tonelada, pero el habilidoso capitán la movía con suma facilidad.

 

- ¡Por fin pude encontrar la cueva de esas lagartijas! – exclamó - ¿Dónde está el resto de tus hombres Var?

 

- Este es todo mi escuadrón, señor.

 

- ¿Esto es todo lo que pudiste conseguir? – dijo Ed, mientras lanzaba una carcajada – Bueno, me gustan los desafíos.

 

La conversación llamó mucho mi atención ¿Por qué necesitarían más personal para lidiar con unos simples ladrones? ¿Por qué se refirieron a ellos como lagartijas? ¿A qué le llamaba “desafío” nuestro Capitán? Todas estas interrogantes hallaron su respuesta cuando nos aventuramos hacia el interior de la caverna.

 

La apertura daba hacia un ancho y oscuro túnel de techos altos. Al final del túnel se encontraba el corazón de la cueva, una inmensa bóveda de la cual emanaba una extraña luz, una especie de brillo metálico color dorado. Al llegar, por fin, a la entrada de la bóveda quedé estupefacto. No sé qué me causó una impresión más fuerte: si las inmensas montañas de oro y joyas que yacían frente a mí o los enormes reptiles que reposaban sobre ellas. Cuando una de las bestias se alertó de nuestra presencia lanzó una llamarada desde su boca y ahí, comprendí dos cosas, porqué nadie en la taberna se unió a nuestra expedición y que, definitivamente, los dragones causaron una mayor impresión en mí que los montículos de piezas de oro.

 

Nos resguardamos detrás del vasto escudo de Varrick. De repente, los tres dracos se abalanzaron sobre nosotros, para luego ser repelidos por los violentos movimientos de la espada de Ed. Nuestro gigante se enfrentó uno a uno con el más grande de los monstruos,  Caroline y Varrick se encargaron del mediano, y Lilly y yo del más pequeño. Aunque de pequeño no tenía nada, el reptil medía aproximadamente lo mismo que el colectivo por el cual había viajado a este mundo.

 

Olas de fuego, chispazos del acero impactando contra escamas, infernales alaridos, tanto de los dragones como nuestros, esa cueva se volvió todo un campo de batalla. Las criaturas eran verdaderamente impresionantes, aunque nuestro grupo no se quedaba atrás. Jamás olvidaré la imagen de nuestro enorme comandante midiéndose en fuerza contra su aún más enorme oponente. Caroline logró herir varias veces a su contrincante, gracias al apoyo de Varrick y su gran escudo, mientras que mi compañera y yo aún intentábamos acercarnos al furtivo animal que nos lanzaba bolas de fuego a la distancia. 

 

De repente Lilly, mientras nos protegíamos del feroz ataque detrás del oro robado, me dijo:

 

- Intentaré distraerlo, atácalo por detrás y corta sus alas, si no puede moverse será más fácil de vencer.

 

Efectivamente eso hizo, mientras la escurridiza niña corría de un lugar hacia el otro, yo me escabullí por el otro lado y alcancé al dragón sin que se diera cuenta. Lamentablemente para mí, el resto de la compañía, a muy duras penas, pudo acabar con los otros dos monstruos y se disponían a terminar con el tercero. A medida que yo trepé sobre su espalda, la bestia abrió sus alas y huyó de la cueva.

 

Aferrándome a la criatura como si mi vida dependiera de ello, y así era, salí junto a ella de la cueva a una gran velocidad. No sé si para mi buena o mala suerte, el viaje fue muy corto, pues el Capitán Edward, con una devastadora cantidad de fuerza y precisión, arrojó su espada hacia la bestia que me había raptado, hundiéndosele la misma en el vientre. 

 

El dragón perdió el conocimiento y se desplomó rápidamente hacia las montañas, y yo, que aún me encontraba sostenido, caí con él para luego ambos impactar violentamente contra el piso de roca.

 

Al recuperar el conocimiento, lo primero que hice fue buscar señales de la feroz salamandra, aunque mi búsqueda no dio frutos. Rápidamente me impactó el descubrir que ya no me encontraba en las montañas, sino en una tranquila planicie, bajo un cielo gris y un viento helado. Miré a mis alrededores y pude comprobar que había algunas casas a la distancia, demasiado modernas como para pertenecer al mundo medieval donde me encontraba momentos antes. El ver pasar un auto a lo lejos confirmó mi teoría, estaba de vuelta en el mundo real.

 

¿Habría sido todo eso un sueño? ¿Acaso esa épica batalla fue todo fruto de mi hiperactiva imaginación? ¿De no ser así, cómo fue todo eso posible? El descubrir que aún llevaba puesto la armadura que me habían dado mis camaradas no ayudó a contestar estás preguntas.


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