Viernes 26/01/2018

HISTORIA DE UNA BÚSQUEDA

 

- Repítame señora. ¿Dónde la vio por última vez? – Dijo el Oficial Fernández.

 

 

-Ya se lo dije oficial… - contestó Mirta - cenamos, la cambié, la acosté y le leí un cuento, luego se durmió. Así que estaba en su cama dormida. Apagué las luces y me fui a acostar yo también. Cuando me levanté a despertarla en la mañana, ya no estaba.

 

 

- Y… ¿dice que encontró la ventana abierta de la pieza de la niña? – preguntó Fernández-  ¿Su hija tenía motivos para escaparse de casa?

 

 

-Tiene tan solo 3 años. – contestó Mirta anonadada - ¿A dónde podría haber ido? Yo ya le dije que se la llevó el padre, Oficial, estoy segura de que fue él. Ese atorrante ¿sabe que tiene varias denuncias? Ese tipo estuvo preso por abuso. Hasta me golpeaba. Por favor, Oficial, me tiene que ayudar yo sé que la tiene él, vayan a buscarla y metan presa a esa basura.

 

 

- Cuénteme acerca de la relación con su ex pareja…. José. Cuénteme, ¿cuánto tiempo estuvieron juntos? ¿por qué se separó? y todo eso.

 

 

           Mirta le contó todo a Fernández, cómo fue abusada y maltratada por aquel hombre. Cuando venían las ex de él, agarrándola desprevenida en el supermercado, advirtiéndole la clase de monstruo que era José. Le contó cómo se separaron, lo había encontrado tratando de abusar de su propia hija.

 

 

           Fernández tenía registradas todas las denuncias que había sobre José, pero él seguía indagando en el asunto. Había algo en Mirta que lo hacía desconfiar, quizá la falta de desesperación en su rostro. “Tu hija de un día para el otro no está y ¿no se te cae ni una puta lagrima?”

 

 

            -Bueno señora, descríbame a la nena y, si tiene una foto, mejor.

 

 

-No mide más de un metro, tiene el pelo castaño con rulitos, los ojos marrones, tez blanca. No tiene nada en particular, nada exceptuando que es igualita a José, el calco – Dijo mientras bajaba la mirada y le extendía la foto a Fernández.

 

 

- Terminamos, falta que imprima la declaración y la denuncia y usted se va a ir a su casa. Pero no la puedo dejar ir sola, va a llevar una custodia ¡MARTÍN! El Oficial Andraos le va a hacer compañía en su casa.

 

 

           Mientras Andraos entraba por la puerta, el sonido de la impresora hacia transpirar a Mirta. Estaba nerviosa, no sabía si era porque el tiempo estaba pasando muy rápido o demasiado lento. Fernández otra vez comenzó a notar estas señales, le pidió permiso a Mirta mientras le pasaba la birome y las impresiones y salió empujando a Andraos hacia afuera.

 

 

- Che Martín, revisa todo, observa y anota todo lo que veas ahí. No vaya a ser cosa que la pibita de esta mina se le haya escondido por ahí o… qué sé yo. Vos anota todo.

 

 

          Martín se fue con la señora a su casa, mientras Fernández estaba de camino a interrogar a José.

 

 

          Una vez en la casa de Mirta, Andraos le pidió amablemente si podía revisar la escena (la habitación de su hija) y el resto de la casa, a lo que ella accedió sin reproches y le dijo que era libre de revisar cuanto quisiera, pero no lo iba a acompañar por que tenía que preparar el almuerzo.

 

 

          Andraos era medio atolondrado, pero sabía que tenía que cumplir órdenes, así que sacó su libreta y comenzó a anotar mientras recorría la casa:

  •  La pieza de la nena está limpia, la ventana está cerrada, seguro que por Mirta pero no se nota forcejeo alguno. Se abre desde adentro. Posiblemente la nena le abrió la ventana al papá. La cama está hecha, parece que hace tiempo porque salieron volando pelusitas cuando me senté.
  • La pieza de Mirta también está limpia, dejó la tele prendida y su cama está desordenada. Nada sospechoso ni fuera de lugar.
  • El baño de la casa tiene bañera, recientemente usada… hay unas gotas de agua. AH... en la pieza de la nena no falta nada, ni ropa, ni juguetes, ni nada.
  • El comedor es chiquito. No hay mucho para acotar.
  • En la cocina está Mirta haciendo un puchero o algo así, son las 10 am.
  • Extrañamente no encontré fotos de la nena en ningún lugar de la casa, solo de Mirta.

 

        Simultáneamente, Fernández interrogaba a José, le contaba de la denuncia y se encontró con una reacción diferente a la de Mirta. Él estaba desconsolado, sabía de los errores que había cometido con su ex mujer, por la denuncia de su mujer estaba en prisión preventiva, pero aseguraba a llanto suelto que no sabía dónde podía encontrar a su hija y se desesperaba por no poder salir a buscarla. Amenazaba al cielo diciendo que si algún loco, peor que él, tenía a su bebé no le importaría que le dieran perpetua por homicidio.

 

 

        Fernández lo consoló durante un largo tiempo y se marchó directamente a la casa de Mirta. Tenía dudas sobre contarle sobre su charla con José y estaba ansioso por encontrarse con su compañero para obtener novedades. De lo que estaba seguro es que algo le olía mal en este asunto.

 

 

        Después de patear un par de cuadras, y pensar mucho lo que iba a decir, llegó finalmente a la casa. Ya era el medio día, Mirta le abrió la puerta sonriente.

 

-Llegaste justo – dijo la dueña de casa - , nos estábamos sentando a comer. Pasá, sentate que te sirvo.

 

 

       Mientras se sentaba, Fernández lo miraba fijamente a Andraos para ver si en su cara encontraba algún indicio de la investigación que le había mandado a hacer, pero Martín estaba con los cubiertos alzados y la mirada fija en Mirta, que venía de la cocina con el almuerzo.

 

 

        Todo ese pensamiento se desvaneció cuando a su nariz llegó un aroma exquisito e irresistible. Mirta le puso frente a él un plato con caldo, verduras y carne, esa carne despedía un aroma delicioso y se encontró con la misma cara de desesperación por comer que Martín.

 

 

          Los dos policías se sirvieron 3 platos de esa comida y aun estando satisfechos, esa carne le generaba una extraña adicción. Pero ya habían arrasado con todo.

 

 

- Mirta, no lo puedo creer. – exclamó Fernández - Nunca probé un plato tan rico como el suyo.

 

 

- Muchas gracias Fernández, el ingrediente secreto es amor. Pero dígame, por favor, como le fue con José, lo arrestó, ¿verdad?

 

 

             Fernández volvió a la realidad, se acomodó en la silla y respiró profundamente.

 

 

- Si Mirta, José está arrestado, pero no encontramos a su hija, aunque todo indica que la nena estuvo ahí. Ahora lo están interrogando en la comisaria.

 

 

- ¿Le molesta si no voy? He pasado mucho con ese hombre, ya me lastimó y me sigue lastimando, no quiero amargarme más.- dijo Mirta.

 

 

- Era justamente lo que le iba a pedir- agregó Fernández – Pero no se preocupe, usted tiene que descansar, nosotros nos vamos a retirar. Cualquier cosita que necesite nos llama. - Sacó una tarjeta de su bolsillo y se la extendió a la Mujer.

 

 

           Fernández se aguantó todo el camino a la comisaría para preguntarle a Andraos qué había visto o anotado, que había pasado en esa casa en toda la mañana.

 

 

              Cuando pudieron sentarse tranquilos en la oficina, Martín le pasó a su compañero las anotaciones. Este las leyó detenidamente una y otra vez. Solo dos anotaciones le hacían ruido, que Mirta estuviera cocinando a las 10 am cuando almorzaron a las 14pm y que su compañero en la sobre mesa había escrito “la carne estaba muy rica, muy rica, muy rica, deliciosa, quisiera poder comer más de esa carne. A la noche vuelvo.” Le parecía muy extraña esa anotación, como si Martín no hubiese comido carne en su vida y esta era la primera vez que la probaba.

 

 

              Él recordó que todos los domingos comían asado en la comisaria, pero extrañamente esas notas, la última en especial lo hacía salivar y traer el recuerdo de esa exquisita carne.

 

 

             Caía la noche y las tripas de los policías pedían a gritos comida, pero no cualquier comida, esa carne que Mirta preparó. Sin pensarlo y sin avisarle a nadie se dirigieron a la casa de la mujer. Caminaban por inercia, como si se hubiesen vuelto zombies.

 

 

             Al llegar a la dichosa casa, Mirta abrió la puerta sonriente de nuevo, casi en tono burlesco, pero no fue detectado por estos dos oficiales hipnotizados por el hambre. Ella sabía perfectamente qué venían a buscar, así que ya tenía la mesa preparada para ellos.

 

 

                En su embobamiento, Fernández intentó tomar los cubiertos para estar preparado en su espera por esa carne y sin querer derramó el vaso de agua posado enfrente de él. En ese momento, reaccionó sacudiendo la cabeza, como cuando te quedás tildado mucho tiempo, pensando en algo y se dirigió a la cocina buscando con qué limpiar su torpeza.

 

 

                Mirta estaba metiendo nuevamente algo al congelador, pero fue interrumpida por un escalofriante cliqueo de un arma en su nuca y un estruendoso grito de Fernández: “¡NO TE MUEVAS!”

 

 

                Con su cara desfigurada y la de él también, trató de correr hacia donde estaban los cuchillos, pero Fernández fue más rápido y la arrinconó sobre la mesada apoyándole su arma en la cabeza.

 

 

                Velozmente y asustado por el grito de su jefe, Martín entró en la cocina portando también su arma, pero sin comprender la situación. Le puso las esposas a Mirta, llamaron a un móvil y se retiraron los tres hacia la comisaría.

 

 

                Fernández no habló por un largo tiempo, pero se sentó en su computadora a escribir el informe del arresto, no pudo escribir más de una línea y se detuvo aterrorizado, tembloroso y con los ojos abiertos como los de un sapo. Se desmayó.

 

 

                Andraos, que estaba sentado frente a él, corrió a socorrerlo pero pasó lo inevitable, observó la pantalla y su cara se desfiguró. Salió como una bala de la oficina profiriendo arcadas de asco y dolor.

 

 

                Estaba todo claro… el monitor de esa computadora lo decía todo: “se comió a su hija, Andraos y yo también nos comimos a esa nena. Su cabeza estaba en el congelador.”

 

 


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