Jueves 23/01/2014

WILLIAM SHAKESPEARE

Soneto de Amor XXX

Cuando en sesiones dulces y calladas

hago comparecer a los recuerdos,

suspiro por lo mucho que he deseado

y lloro el bello tiempo que he perdido,

la aridez de los ojos se me inunda

por los que envuelve la infinita noche

y renuevo el plañir de amores muertos

y gimo por imágenes borradas.

 

Así, afligido por remotas penas,

puedo de mis dolores ya sufridos

la cuenta rehacer, uno por uno,

 

y volver a pagar lo ya pagado.

Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas

 

se compensan, y cede mi amargura.

Soneto de Amor XV

Cuando pienso que todo lo que crece

su perfección conserva un mero instante;

que las funciones de este gran proscenio

se dan bajo la influencia de los astros;

y que el hombre florece como planta

a quien el mismo cielo alienta y rinde,

primero ufano y abatido luego,

hasta que su esplendor nadie recuerda:

 

la idea de una estada tan fugaz

a mis ojos te muestra más vibrante,

mientras que Tiempo y Decadencia traman

 

mudar tu joven día en noche sórdida.

Y, por tu amor guerreando con el Tiempo,

si él te roba, te injerto nueva vida.


 

Entonces, ¿Pactamos? 

 

Londres, 18 de Enero de 2013.

 

Macabros estimados:

 

                Dignos de mi aprecio, considero su publicación una noble causa. Estoy a vuestra disposición cuando vosotros así lo dispongáis. El mundo ignora la virtud de los que envían mensajes encendidos con fuertes palabras, ergo el viento lo silbará hasta en el último de los confines de la tierra.

 

                Mucho os debo mis estimados, más un favor me es menester pediros: Publicad estos cuentos que os envío. Pertenecen a un joven escritor y muy estimado amigo mío: Omar. Él ha sido premiado en reciente Certamen de General Alvear. Reconozco en su obra rasgos de un poeta inspirado, ninguna palabra allí ha sido colocada al azar.

 

                Sé que es pecado tanta pretensión, pero no vais a arrepentiros de publicar tal labor.

               

Os felicito y acompaño en vuestra faena macabra,

Suyo,

 

                                                William. 

 

HÉCTOR OMAR MÉNDEZ

Acta Est Fabula

— ¡Dale, apurate que después tenés que limpiar los dos baños! ¡Ahora sacale bien la tierra a las persianas!...  mirá, así, ¿ves?

 

Algunas personas dicen, que han escuchado, que la mujer paga miserias; que abruma a sus empleadas ordenándoles, exigiéndoles perfección, que está detrás de ellas observándolas permanentemente.

 

— ¡Así no, mirá, dame el plumero, así se hace! ¿Ves? ¡Así!...

 

Augusta mira la situación por una rendija muy estrecha; la voz de la patrona suena lejos, como en un segundo plano, es como el eco de un fantasma grotesco, con facha de espantapájaros y panza demasiada grande.

 

Augusta tiene sus ojos repletos de otras cosas. Un sendero solitario que la acompaña desde que murió Ernesto. El barrio, adormilado de siestas y que cada vez queda más lejos. Los moretones en la cara de su nieta y una casa de cartón y palos. Las moscas alrededor de su hija alcoholizada.

 

Luisa, la patrona, revive la opereta cuasi-barroca de sensaciones atribuladas y esquizofrénicas, barroca como esos vestidos estampados que le aprietan el vientre, barroca como el maquillaje en sus ojos, como las pulseras, como la luz mortecina de su living nocturno. Acta est fabula, creyó oír al final de todo, ¡pero no!, la ópera no ha terminado, y la vida sigue... y es mejor que las noches lleguen despacio. Porque cae un recuerdo como gota de lucero, y otro... y llega primero él, y luego los días de la fábrica donde ella gobernaba como reina y señora... y luego se duerme en el sofá, esperando a su hijo, el doctor.

 

Somier

El colchón es muy pesado. Por eso, lo llevan entre dos.

 

Se tropiezan varias veces. La calle nunca fue tan ancha. Las veredas nunca fueron tan angostas.

 

Mariela tropieza y cae otra vez. Es que las chancletas tienen una tira rota; es que Dominga la apura, la empuja, la grita. Y todavía faltan como más de diez cuadras para llegar a la casa.

 

Dalma las espera en casa, tiene nueve años y mientras llega su mamá y su hermana mayor, tiene que cuidar a los mellizos y a Candela, la que tiene cinco y está postrada en un catre, porque nunca aprendió a caminar.

 

Dalma ve pasar las motos, ¡están todos locos!, piensa. Parece un día festivo, ¡están contentos!

 

— ¡Es un somier! ¿Sabías, no?

 

Es demasiado grande, piensa Mariela. Y pesa mucho. ¿Y cómo vamos a hacer para meterlo adentro? Si el Raúl no se hubiera ido con esa otra mal-parida, todo sería tan distinto.

 

María del Carmen las mira y no lo puede creer. Parecen salvajes, piensa. No parecen, son salvajes. Si no hay policía para que los meta presos, debería ir la gendarmería...

 

Y otro hombre pasa con otro colchón, blanco, inmensamente blanco. Y todo es euforia, y todo es miedo...

 

Tal vez lo pueda vender, piensa Dominga.

 

Debe ser hermoso dormir en una cosa así, imagina Mariela, cansada.

 

Rubén mira la tv, todos deberían tener derecho a descansar en colchones así, piensa. Y qué ridícula es la vida, de qué sirve un galpón lleno de colchones así, guardados, habiendo tantas personas cansadas...

 

María del Carmen cambia de canal, la vedette y la ferrari, y el barco del ministro guardado en otro país, y el millonario que no puede sobrevivir...

 

—Apenas lleguemos a casa, hay que sacar el colchón al sol, ¿sabés, Mariela? ¡El mellizo se volvió a mear anoche, no sé qué le pasa a ese!...

 


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