Jueves 17/10/2013

Roberto Fontanarrosa

Defensa de la derrota

Se apoyará, primero, los brazos estirados, las palmas de las manos contra la pared. Respirará hondo y acompasadamente varias veces, hasta que el frío de la pared le llegue. Cerrará los ojos, no mucho tiempo. Sentirá entonces, penetrándole, un reposo húmedo. Será la tristeza. Algo tibio. Íntimo, casi fraterno. Decididamente poético. Eso. Poético. Se sentará entonces, sin mirar a nadie. Le punzarán algunas miradas furtivas. De reojo. No deberá hablar casi. Ni insultar. Deberá callar largamente. Sentirá entonces, creciéndole, un orgullo callado, quieto. Será la dignidad. Lo tomará del hombro, llenando con blandura el silencio que acompaña a los fracasos. No deberá llorar. Nunca. Tal vez apretar fuertemente la mandíbula. Un instante. Se pondrá de pie. Sentirá entonces, en el pecho, detrás de los labios, un escozor denso y aguachento. Será el romanticismo, que envuelve en una gasa tenue todas las derrotas. Tomará entonces su frágil fama, su trémulo orgullo antes impecable, se vestirá con ellos cuidadosamente, casi con cariño, y se marchará. No habrá las historias resonantes de la victoria, las felicitaciones sofocantes de la victoria. Estará solo. Y tendrá que caminar lento, pero no muy lento. Una mano en el bolsillo y un gesto vacío en la cara. Apenas una palidez quebradiza en la piel cubierta paternalmente por la solapa levantada. No habrá ni un solo amigo. Ni uno. O tal vez uno que respetará el momento, el silencio, la tristeza, que dejará caer casi con temor, o con respeto, una palmada leve sobre el hombro, como temiendo romper algo, como temiendo que se le desprenda al vencido ese fino revoque de melancolía, de nostalgia.

 

El vencido sacudirá una vez la cabeza, o dos, en agradecimiento, sin hablar, porque una palabra, un gesto amartillado en falso, puede precipitar el llanto. Y el vencido digno no se permitirá llorar ante terceros. Se marchará solo. Se preparará en su casa un café fuerte, negro, espeso y caliente. Se tomará la cara con las dos manos, para apretarse aún más sobre los párpados esa poesía inútil de las derrotas. Para fijarse sobre los pómulos todo el romanticismo suave e impalpable de las derrotas. Se podrá permitir, ahora sí, un gesto nervioso, un puñetazo corto y duro al aire dulzón de la cocina o bien sobre la mesa. Se podrá permitir, ahora sí, llorar con un llanto comprimido, convulsivo, desesperado y hondo contra el marco de la puerta del comedor. Deberá luego lavarse la cara, secarse los ojos con una toalla. Mirarse al espejo preguntándose si tenía realmente necesidad de llorar.

 

Y se sentará en el sillón.

 

Tomará su café.

 

No se sentirá tan mal, después de todo.

 

Estamos distraídos

Mi amiga Coletta solía decir, y hace ya mucho tiempo: “Estamos entrando en la edad del nunca me había pasado”.

 

Y es así decimos: “Es curioso. Nunca me había pasado. Me agaché a recoger un tenedor y se me trabaron cuatro vértebras de la columna”.

 

Escuchamos:

 

- Es notable. Nunca me había pasado.

 

- Mordí un caramelo de limón y un premolar se me partió en ocho pedazos.

 

Es que, así como se habla de un Primer Mundo y de un Tercero sin que nadie conozca a ciencia cierta cuál es el Segundo, nosotros hemos pasado de la Primera Edad a la Tercera sin recalar por la Segunda y el cuerpo acusa recibo de tal apresuramiento.

 

El tiempo mismo, incluso, ha tomado una consistencia gelatinosa, plástica, mutante. Calculamos: “¿Cuánto hace que se mudó Roberto a su nueva casa?”.

 

Y arriesgamos: “¿Tres, cuatro años?”. Hasta que alguien, conocedor, nos saca de la duda: “Catorce”.

 

Suponemos ante el amigo encontrado ocasionalmente en la calle:

 

- “Tu pibe debe andar por los seis, siete años”.

 

- “Tiene diecinueve” –nos contesta el amigo- “Vení Tacho”. Y nos presenta a una bestia de un metro ochenta, pelo verde, un clavo miguelito clavado en la ceja y un cardumen de granos sulfurosos en la mejilla.

 

Se corrobora entonces aquello que, dicen, decía John Lennon: “El tiempo es algo que pasa mientras nosotros estamos distraídos haciendo otra cosa”.

 

Y suerte que estamos distraídos haciendo otra cosa. Mucho peor es aburrirse.

 

Es dulce rememorar ciertos momentos, pero más me entusiasma pensar en las cosas que tengo para hacer.

 

Es que mucho de esos ciertos momentos son muy viejos.

 

Y por lo tanto vale recordar el consejo dado por Javier Villafañe cuando alguien le preguntó como hacía para conservarse tan joven pasados los ochenta años.

 

- No me junto con viejos, -respondió el maestro.

 

 

Entonces, ¿Pactamos? 

 

Rosario, 15 de octubre de 2013.

 

Queridos Escritores Macabros:

 

                Cómo les explico la profunda emoción que sentí al leer mis textos en su revista; a la cual tan amablemente me han invitado.

 

                He tenido bastante espacio para publicar, hubo puertas abiertas, y puertas cerradas a lo largo de mi vida, pero en fin, yo me cago de risa haciendo lo que hago, lo disfruto y lo que intento es que cualquiera que me lea tenga una reacción parecida: es casi un compromiso con el humor diría yo.

 

                Como saben, una de las cosas que me apasiona es el fútbol; una vuelta andaba por Mendoza, entro a un bar, yo quería ver el partido  de Independiente contra Rosario Central. Me estoy por sentar cuando veo en una mesita un dolape con la camiseta del rojo, solo como loco malo… ahí nomás me entro a reír y le digo:

 

 – Qué frío está el aire- le digo, -a ver si se bancan el baile que les vamos a dar-… El tipo me mira, y me reconoce, entonces se da cuenta de que la cargada es con buena leche, y me invita a sentarme.

 

-No vaya a ser que salgan como en el ’48 -me dice. –Hij’una gran siete ¿cómo me hacés acordar de eso?

 

-Soy Juan- me dice, tomate una cerveza conmigo Negro.

 

 La cosa es que nos pedimos una cerveza, y nos ponemos a ver el partido. El tipo vivía la pasión por el fútbol como yo, alentaba, puteaba, se envenenaba… Todo un diablo rojo, le ponía una fuerza a ese partido, parecía que el tipo estaba ahí, en el borde de la cancha dándoles indicaciones a los jugadores. Pero bueno, ustedes saben lo que pienso, los del rojo son cartón pintado, pero el flaco Juan, no, el flaco se hacía notar.

 

 Al final, terminó el partido, Independiente perdió por dos tres goles. –Así es el fútbol le digo, no te calentés. Así que nos ponemos a hablar  de la vida, y me pasa estos cuentos. Entonces, yo los leí y me quedé gambas abiertas. Así que le dije - ¡Qué lo parió Juancito, esto es bárbaro! Esto lo tiene que conocer la gente, es admirable. Y se ve que el flaco era muy modesto porque no quiso saber nada, andaba como avergonzado con la idea. Pero yo sigo convencido de que esto tiene que ser conocido. El fulbo es el fulbo, y estos escritos le hacen honor. Así que, que me disculpe el Juancito Jofre, pero publiquen acá lo que les paso; les puedo asegurar que no tiene desperdicio y que es un escritor que vale la pena destacar, no sólo por sus cuentos de fútbol, sino por su estilo y porque lo hace con pasión, y eso no es de maricones, eso es tenerlos bien bien puestos.

 

Los dejo con un abrazo muchachos, nos estamos viendo pronto.

 

                             El Negro Fontanarrosa.

 

JUAN JOFRÉ

Penales en el bar

Mi admirado amigo Roger Aguilera, escribió y publicó hace poco un maravilloso libro de relatos futboleros titulado “Penales a la siesta”. Me permito robarle con impunidad pero sin traición, parte de ese bellísimo título, para encabezar este relato.

 

Es que no puedo no escribir sobre lo que pasó. Después de ciento ochenta minutos de fútbol, mucho ruido y pocas nueces, una definición por penales tan atrapante y apasionante como no había visto nunca.

 

Si bien es cierto que nunca se puede ser neutral, yo me fui pal bar como hincha de mi sufrido Independiente de Avellaneda. Claro que prefería que ganara el equipo del interior, que además es un equipo más chico. Pero no se si lo quería por eso, o porque al otro equipo no me lo banco mucho. Creo que en realidad era porque si el equipo grande ganaba esta Copa Libertadores nos alcanzaba en el glorioso orgullo de tener siete de ellas en nuestras vitrinas.

 

En ese bar de mi pueblo no hay problema. Nos conocemos casi todos. Siempre hay gente que tira para uno u otro lado. Hay cargadas (pocas y entre los de más confianza), hay gritos y festejos, también algunas risas, pero hasta aquí, nunca violencia.

 

Por esas razones fuimos como vamos siempre, tranquilos. Nos sentamos en una de las mesas de más atrás, porque siempre se deja las de más adelante para los que son hinchas de los equipos que juegan. Para atrás se acomodan los que van “de sapos”.

 

Claro que fui con los otros dos hinchas del rojo con los que siempre voy. Esta vez llevamos al gordo, que a veces va con nosotros y tira siempre para el rival de nuestro querido independiente. Ahora lo llevamos porque él es hincha del equipo grande y, apuestas de por medio, tenía que ver este partido con nosotros, bancándose saber que los que tiene al lado le están haciendo fuerza a los contrarios.

 

La etapa de la copa tampoco era la más importante, era recién cuartos de final. Pero el partido tiene muchos condimentos para nosotros. Gastarlos a estos que se creen los más grandes del mundo, festejar que no nos alcancen, y olvidar por un rato el temblor que se nos hace en todito el cuerpo cuando pensamos que nos podemos ir a la B en un par de semanas.

 

El bar está lleno, como siempre. Casi toda gente conocida. Los más fanáticos de ese equipo grande han ganado la barra, dejando sus cabezas a cincuenta centímetros del tremendo televisor. Es la forma más barata de simular que uno está en ese estadio tan colmado y hermoso.

 

En las mesas siguientes, todos tipos conocidos del pueblo. Fervorosos hinchas del club porteño de la rivera, que se juega en esa noche la última carta para que el primer semestre no sea un gran fracaso. Casi sobre la hora llegamos nosotros y algunos otros “neutrales” que no queremos perder la oportunidad de verles la cara de yuyo a estos cabrones en caso de que no pasen de fase. Claro está que asumimos el temido riesgo de ser el blanco de las cargadas si ellos ganan, pero bue… sobre los cobardes no se ha escrito nada, reza mi compadre Pablo.

 

Los rituales se repiten a la perfección con la misma cronicidad de siempre. La moza no necesita ni preguntar. Saluda como siempre a los habitúes, y empieza a acarrear lo acostumbrado. Una rubia y una negra, los maníes y el cenicero.

 

A los treinta del primer tiempo repite el pedido sin que hagamos ni el más mínimo gesto. ¡Impecable! Pienso en el privilegio de ser parte de este pueblo tan proclive a las costumbres. Que maravillosa sensación la de pertenecer a ciertos lugares, la de saberse alguien en ese sitio. Qué seguro se siente uno de estar donde quiere estar. Que buen marco para disfrutar del espectáculo que llena el setenta por ciento de nuestras conversaciones cotidianas. ¡Puta que linda es la vida!

 

Un cabezazo que pega en el palo me saca de las reflexiones y me devuelve a mi silla del bar. Casi la meten estos culones que han venido a defenderse nomás, pienso pero callo. Lo miro al Pablo y veo que me devuelve una mirada como afirmando lo mismo que yo. Ambos lo miramos al gordo, que está sentado entre medio de nosotros. Mira concentrado la repetición para ver si ahí entra la pelota. Siempre en silencio, hasta la tercer o cuarta repetición, donde descarga una puteada contra el nueve perro y el palo de mierda que vaya a saber que puto canchero puso en ese lugar.

 

Como el partido sigue en su estado emocional exaltado, sin mostrar nada de buen fútbol, me da la posibilidad de recorrer los gestos de los presentes. Se va notando el aumento de la tensión en los hinchas del equipo grande. Los ceniceros se van llenando más rápido y los vasos se apuran como para calmar la ansiedad.

 

Avanzan los minutos y el local, equipo chico y del interior, ataca con ímpetu pero sin claridad. Apurado por el canto de su gente, que ha llenado esa cancha, va y va hacia el arco de los grandes que se defienden como pueden, sacando todo pa arriba, y esperando el pitazo final salvador que los lleve a la chance de los penales.

 

En los penales es nuestro, dice el gordo, y vuelve a su silencio cabalero. Los paisanos de la mesa de al lado preguntan el nombre del arquerito del equipo grande, y me cuestionan acerca de cuál de los dos porteros será “mas bueno pa los penales”. El de ustedes, le dije sin dudar, aunque creo que en mi tono de voz se notó que yo deseaba que el otro fuera como el Goyco.

 

Sabiendo que los otros no se van a enojar, los “neutrales” nos juntamos en una misma mesa para la definición por penales. Casi todos ellos han abandonado sus sillas, y se han puesto cerquita del tele.

 

Solo nosotros repetimos el pedido de bebida. Ellos solo fuman. Uno prende un pucho, lo deja en el cenicero y ahí nomás prendió otro. Vaya a saber porqué. Tengo un amigo que hacía eso, porque antes lo hacía con su papá, cuando estaba vivo. Y ahora que no lo tiene al lado, igual le prende un pucho, para sentirse acompañado.

 

Es impresionante ver lo que vi. No por los veintiséis penales, ni por los grandes errores o aciertos de los futbolistas. Sino porque en esos momentos, los personajes de mi pueblo se muestran tal cual son, auténticos. Ante la certera situación de sentir que estás a unos minutos de saber con qué animo vas a ir al laburo al otro día, todos nos mostramos sin careta. Lo que está en juego no implica ni dinero ni poder para ninguno de los que estamos ahí. Es algo más importante lo que está en juego. El grado de dignidad y alteza de la frente con la que mañana uno encara a sus compañeros de trabajo.

 

Llegás agrandado y gastando a todo el mundo, o caés de orejitas gachas y rabo escondido con la fortaleza de saber que hay que aguantar todo tipo de cargadas.

 

“Vamos maestro” le grita uno de ellos, y nosotros nos miramos con ganas de putear a ese ídolo de trapo, pecho frío, parsimonioso y asqueroso que estos endiosan. Claro está, nuestros ídolos son igualmente destruidos en boca de ellos. Pero ahora lo hacemos en silencio o voz baja. Es un código, nosotros estamos “de sapo” y los únicos sufrientes legítimos son ellos. De más está decir que en mi pueblo no hay ningún hincha del equipo chico del interior que está a punto de dejarlos afuera.

 

“Ese está cagado en las patas” dice el bigotudo ya medio pasado de copas. Yo pensaba que el que estaba cagado era él, porque mañana los compañeros municipales lo van a agarrar de huevón todo el día.

 

En silencio nos miramos y reímos para dentro. Un choque de vasos sin palabras, a fondo blanco. Ha perdido el equipo grande, ha triunfado el del interior. La TV muestra los festejos, mientras el silencio ha ganado el bar.

 

Cada uno a lo suyo. Van sacando los billetes, pagando y partiendo calladito pa la casa.

 

Nosotros lo palmeamos al gordo por la espalda. Nos quiere matar, pero se calma. Todo en silencio. Las palabras no hacen falta cuando el lenguaje de los rostros y rituales es tan claro. El triste, nosotros contentos. El paga, nosotros nos levantamos de la mesa y nos vamos a dormir. Mañana hay que madrugar para ir a trabajar, pero felices, por el resultado, pero sobre todo, por la maravillosa posibilidad de haber visto la esencia de mis paisanos, algo que solo me puede mostrar, una noche… de penales en el bar.

La esencia del fútbol

Vos que sos memorioso te debes acordar del petisito que te digo, ese que jugaba para aquel grandioso equipo de blanco que supo desparramar buen fútbol por el sur del departamento.

 

Te voy a dar mas detalles para ayudar a tu memoria. Los dirigía aquel noble hombre de bigote y manos de pan; ese de parada silenciosa sobre el borde de las líneas de cal de los potreros nuestros; ese que siempre observaba de brazos cruzados lo que hábilmente dibujaban con las patas los muchachos del sur.

 

Mirá, junto con este petisito habilidoso que te digo, jugaba un tal chirino, que lucía la 5, de patas flacas y estampa de buen tipo.  Las corría todas mostrando una extraña precisión en la pegada, siempre haciéndola rodar por abajo, como indica el buen gusto que guiaba a este grupo de hombres apasionados por la redondita, el campo, los asados y juntadas… gente gaucha si las hay.

 

Tenían arriba a los dos toros esos… dale, hace un esfuerzo, te tenés que acordar. Jugaba con la 9 el gringo grandote, que pateaba tan fuerte como la mujer con la que se casó. ¿Te vas acordando? El otro jugaba con la 7, vivía corriendo, creo que laburaba levantado las bolsas de basura, y que además de rápido tenía un cuerpazo, era bravo con los codos y definía como vos en tus mejores tiempos.

 

Si!!! Ese equipo. Exacto… que el 8 era el petisito de los caballos, y el 3 ese zurdito que ahora baila folklore… y si, tenés razón, tanto que lo bailaste vos como delantero, después se puso a dirigir un ballet de danzas nuestras.

 

Bueno, vos vas creer que te estoy jodiendo, pero ahora que te acordaste de ese glorioso equipo de Piedrecitas, voy a seguir hurgando en tus recuerdos, para poder contarte lo que quiero.

 

El petisito que te digo, ese tan habilidoso con la zurda como con la damajuana, dicen que se fue a River, te acordás? ¡Claro! Que contaban que se había vuelto porque le gustaba demasiado la farra. ¡Bueno, hasta que al fin te acordaste!

 

¡Ese petisito se hizo Psicólogo! Aunque te mueras de la risa y te niegues a creerme. Si, ya se que nunca hablaba, que jugaba y no se metía con nadie, que parecía tener menos personalidad que ese amigo nuestro al que lo tiene cagando la novia, y que daba la sensación de ser un simple tipo con horizontes limitados. ¡Viste que no hay que prejuzgar! ¡Cuántas veces nos lo va a enseñar la vida!

 

Ahora que te acordaste del petiso, del terrible caño que te metió esa vez para los cuartos de finales, y hasta del sobrenombre de sapo o algo así, te voy a contar lo que me contó.

 

Me lo encontré en un puesto el otro día. Yo fui a despejarme un poco y tomar unos mates por ahí, y el había ido con los mismos de siempre, para recordar viejas épocas de caballos y recogidas, tonadas, abrazos y el calor de la amistad de esa gente, solo comparables con muy pocas. Me invitaron a quedarme y compartir el asado del atardecer, con los vinos y cogollos correspondientes. Si ya se, vos me conoces, no me negaba por nada del mundo.

 

La cosa es que en un momento se armó la truqueada, y como siempre el azar y los reyes me dejaron afuera. Y a él también, por casualidad, o por esas cosas que hace Dios para divertirse un rato con las historias de borrachos.

 

Nos apartamos un rato, caminamos por los alrededores del rancho, compartiendo un cigarro armado. Ahí fue que me contó donde había estado estos años, y los avatares de los caminos por los que anduvo.

 

Me dijo que conoció a una mujer que le cambió la vida, lo llevó a vivir a San Luis y lo metió a la Universidad a estudiar Psicología. ¿Te acordás? ¡Qué lindos recuerdos de esa Facultad!

 

La cuestión es que la mina lo mantenía, le pagaba todo, y con el tiempo le fue explicando los planes. Le dijo que ella sabía de él porque había escuchado su historia de futbolista frustrado de boca mía. Porque resulta que había sido compañera mía en la Facu, una vez yo había hablado de él, y le quedó la idea dando vueltas en la cabeza, hasta que un día decidió ir a buscarlo y poner en práctica este plan imposible de creer, pero real.

 

Esta mujer, que yo sinceramente no me acuerdo quien es, lo enamoró primero, y después le hizo cumplir sus planes. En realidad, la mina era de plata, y lo enganchó, pero no fue tan forra. Le explicó que él tenía un destino, que tenía que estudiar Psicología, para después dedicarse a la Psicología del Deporte, donde iba a ser todo un éxito, porque él era dueño de algo que nadie tenía en los ámbitos del profesionalismo: el sentía amor por la esencia de ese maravilloso juego que es el Fútbol.

 

¡Fijate vos la idea de la mina!

 

El día que el petiso se recibió, la mina le expuso con toda sinceridad los planes y pasos a seguir. En dos días se iban a España, para que él hiciera el postgrado en Psicología Deportiva. Pasaban los seis meses allá, y después se volvían, se iban a vivir a Buenos Aires, donde él iba a vender sus servicios a los clubes mas grandes, con la idea de brindar apoyo psicológico a esos chicos que van desde el interior del país, desde pueblos y hogares humildes, y que se terminan volviendo a sus pagos porque todo los asusta tanto que no logran demostrar sus habilidades.

 

La idea era increíble. Yo no sé como la mina sabía tanto de fútbol, frustraciones y pibes del interior. Sospecho que la vez que conté la historia de ese habilidoso número diez, la mujer imaginó la solución a ese problema y ahora la llevaba a cabo.

 

¡Y te digo más! La mina le decía que él estaba destinado a salvar a esos chicos, que tenía la obligación moral de hacerlo, porque si lo hubiesen hecho con él quizá ahora sería figura de la primera de River.

 

La mina le explicaba que era la forma de rescatar a esos pibes que juegan con la inocencia del potrero, que llevan en los empeines de sus curtidos pies la esencia del fútbol argentino. Que era necesario que él se capacitara con los conocimientos para hacer de estos pibes los futuros jugadores de las selecciones argentinas, que nos van a devolver la sonrisa, con copas y con fútbol del bueno, de ese mismo estilo de fútbol que él aprendió en las canchas de nuestro sur y que no pudo hacer brillar en los verdes céspedes de la metrópoli porteña.

 

Yo no podía creer lo que estaba escuchando, y entre la borrachera mía y la de él, sumado al tono suave de la voz del petiso, los gritos de los que jugaban al truco, y los ladridos de los perros, no podía dimensionar lo increíble de la historia.

 

Ahora me daban ganas de preguntarle un montón de cosas, por la mina, por Buenos Aires, por España, por el destino de los planes que la mujer tan impecablemente había pensado y ejecutado, pero no me salía ni un pequeño cuestionamiento, y el petiso seguía contando.

 

Dice que de España disfrutó los únicos dos días que estuvo sin la mujer, que viendo al Real Madrid se durmió en la tribuna, y que ya empezaba a sentir cierto malestar y desconfianza. Me contó que Buenos Aires esta vez le pareció mucho mas feroz, terrible y temible que cuando había ido de pibe, y eso que esta vez las cosas le iban bien.

 

Detallaba los rincones del pomposo departamento que alquilaba y los lujos del auto que había comprado con los magníficos sueldos que Boca, River, Vélez y otros clubes grandes pagaban por sus servicios. La idea de la mina había dado resultado, y estaba haciendo un fangote de guita atendiendo a dos o tres pibes por día.

 

“Los pibes eran igual que yo cuando fui hace años a River. No hablaban, miraban pa abajo, comían cuando estaba solos, y añoraban sus pueblos, extrañaban jugar con sus amigos, defender los colores del club del pueblo… lo mismo que me había pasado a mi.” Evidentemente la visión de futuro que tuvo la mina era admirable.

 

Empezó a mantener a la mujer, como ella lo había hecho con él. Ella comenzó a estudiar Derecho, para saber de contratos y hacerse representante de esos pibes y así completar la rueda del millonario negocio.

 

Todo iba bonito, me decía; y ya sus nobles ojos de pibe de pueblo empezaban a brillar en forma extraña, como atajando las emociones que quieren salir en forma de lágrimas para contar su propia versión de la historia.

 

La curiosidad es a veces enemiga, y estaba yo por indagar acerca de las causas que lo habían traído de regreso a su querido Piedrecitas, cuando él, poniendo una mano sobre mi hombro y mirándome honestamente a los ojos me dijo: “no vuelvo mas flaco”

 

Dice que antes de ayer recién llegó al pueblo, que había estado todo este tiempo en Buenos Aires, vistiendo trajes y fumando en pipa algún tabaco cubano, mintiéndose a si mismo y a los demás. Ahora sí lloró un rato, mientras se acordaba que le pidió disculpas a la mujer por decepcionarla y arruinarle los planes, y que en forma de agradecimiento por haber confiado en él y por el cariño recibido, le dejó el departamento, el auto, la ropa, joyas y la caja de ahorros.

 

“Recién hablé con el puestero, antes de que el vino me pusiera así, y le pedí una pieza”, y ahora ya no era él solo el que lloraba, me le sumé como manda la ley de un compañero de copas que está siendo destinatario de una confesión tan noble. “Flaco, vos sin querer empezaste todo esto, y quiso Dios que hoy estés acá, para ser protagonista del fin de mi historia de futbolista frustrado. Me quedo a vivir en el campo, con la vacas, los caballos, las cabras, los yuyos, los mates, el aire puro, la soledad y los amigos de verdad… me quedo en libertad hermano”

 

Aquí ya no aguanté, y llorando como si el de la historia desgraciada hubiera sido yo, lo abracé fuerte al petiso.

 

“Hermano… si alguna vez volvés a contar mi historia, acordate de explicar que no me volví de Buenos Aires por borracho y fiestero como dicen… sino que me volví, y dos veces, porque el fútbol no tiene nada que ver ni con la ciencia, ni con los negocios… o por lo menos, el fútbol que nos gusta a nosotros.” 


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