Martes 19/09/2017

Víctor Hugo Cúneo

Por Miguel Wirtis & Pablo Doti

Poetas malogrados hay a montones y nunca van a acabar. Y es así porque los factores que definen el campo cultural no son solo especificidades inmanentes sino engranajes de orden natural que se activan y combinan variables etarias, culturales, políticas y sociales para singularizar cada acontecer. Dicho de modo más sencillo: todas las historias son singulares. Y si bien es cierto que las muertes tempranas siempre son tremendas, también lo es que la lógica del ciclo vital es esa: un día te vas a apagar. Puede ser rápido, como un puntazo por atrás. O lento, como aprender a reflexionar. El conservadurismo romántico idealizó al poeta malogrado desde la perspectiva del “maldito”, que, ente otras variables, se sustenta de la muerte joven. El caso es que a nosotros no nos interesa mucho eso. Más bien gustamos de autores que, a veces descubrimos, han tenido funesto, estrepitoso o ambos, final. Tal es el caso de Víctor Hugo Cúneo, nuestro canonizado poeta bonzo.  

 

Para quienes no conocen al citado, sepan que fue un poeta que pululó las calles de la Mendoza de antaño, que fue librero – tenía un puesto en la puerta de la vieja facultad de Filosofía y Letras, esa que se ubicaba en el centro -, comunista y trágico. Amigo de Alfonso Sola Gonzáles, otro epígono del canon menduco. A Víctor Hugo Cúneo le incendiaron dos veces el puesto de libros. Después se incendió él. Un mediodía en la Plaza Independencia. Los poetas posteriores, vieron en el suceso la rebeldía de un bonzo irredento y fatal. Basta navegar la red y van a encontrar los artículos que construyen el discurso de la figura mítica del vate suicidado en estado de rebeldía y desprecio por el mundo material. También, si contrastamos las crónicas de la época, si revisamos atentos los artículos que divagan por la red, van a leer que hubo una veta que por ahí se coló y embadurna de prosaica vulgaridad el mito del poeta Cúneo. En efecto, declaró la dueña de la pensión donde Cúneo vivía, que el poeta tenía un casamiento. Hombre pobre hasta los huesos, como los poetas que tanto sufren para sustentar su pasar por las letras; Víctor Hugo Cúneo solo tenía un traje formal. Agrega la patrona que Cúneo le preguntó que cómo lo podía limpiar. Y que ella le dio bencina, y el consejo de refregarlo bien. Y que Cúneo así lo hizo. Que pasó por la cocina para mostrarle qué tan bien le había quedado. Y que después se cruzó a la plaza Independencia a fumar un cigarrillo. Que no se le ocurrió que semejante desgracia podía pasar. 

 

El campo cultural mendocino, ese vasto recorte de los polisistemas que participan del conjunto “literario*”, también necesita erguirse para situarse dentro del esquema nacional. De ahí justificar y sostener(nos) es fundamental. Por eso no importa qué fue, qué pasó de verdad.


*Aclaramos que el sentido de lo “literario” es el propuesto por el formalista "El objeto de la ciencia literaria no es la literatura sino la "literaturidad" ('literatumoa'), es decir lo que hace de una obra dada una obra literaria.


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