Jueves 05/10/2017

KROW

La coleccionista de ojos

Vivir en una granja con un padre alcohólico y agresivo y con una madre pasiva y resentida no era una buena vida para una niña de 6 años. Ella tenía que tratar todos los días con gritos de sus padres, discusiones y peleas por cosas sin importancia... Aparentemente no la querían en sus vidas y estaban tratando de encontrar una solución... Una solución permanente.

 

Una sombría tarde de otoño, donde las nubes grisáceas tapaban todo el cielo, Papá había sido muy duro con Mamá... Mamá no se levantaba.... Un silencio sepulcral inundaba el comedor mientras la pequeña niña observaba, oculta, desde una esquina. Su padre levantó la vista lentamente hacia la inocente criatura con una mirada perturbadora y siniestra. Sin pensarlo dos veces, la chiquilla salió rápidamente de la casa y se escondió dentro de los maizales. Afortunadamente ella adoraba jugar a las escondidas con sus amigos de la escuela, era muy buena en eso. La oscuridad de la noche se empezaba a notar, eso ofrecería un mejor escondite y una oportunidad real de escapar.

 

Pero, a veces, la oscuridad puede ser un arma de doble ¬filo. Ella no podía divisar dónde estaría Papá... el ruido de los grillos y el viento golpeando los maizales di¬ficultaba percibir algún peligro de una manera correcta. La niña empezó a lamentar su decisión de esconderse en ese vasto lugar... Estaba sola y confundida, el pánico se apoderaba de ella poco a poco... eso la llevo a correr en línea recta de manera desenfrenada hasta que tropezó con una de las mazorcas que habían caído al suelo debido al viento, su vestido azul estaba todo manchado de tierra y sus rodillas un poco lastimadas, eso no le importó, se volvió a levantar e intentó huir.

En ese instante algo la agarró de su brazo ¬firmemente... Una mano grande y huesuda que no le permitía moverse... Era Papá... La niña no podía moverse... intentó resistir y aguantar aquel sufrimiento... pero Papá era más fuerte. No había nada que pudiera hacer para detener las atrocidades que él le hacía a su cuerpo, a su rostro, a su pureza.

 

Papa sacó una soga y empezó a amordazarla, a atarle los brazos y piernas; y la dejó allí para que los gusanos y los cuervos acaben con el trabajo. Los días pasaban, parecían interminables... la pequeña niña usaba las pocas fuerzas que le quedaban para escapar de las sogas que presionaban su cuerpo y lastimaban sus muñecas y talones.

 

Herida, cansada y desconsolada... sin nadie más que la apoye y sabiendo que jamás podría escapar, decidió rendirse y entregarse a los brazos de Dios... Cuando toda esperanza había sido perdida empezó a ver unas pequeñas sombras que se acercaban a ella desde lo alto del cielo. Aterrizaron en el pecho de la niña y empezaron a examinar la situación con sus ojos grandes y oscuros. Ella estaba nerviosa pero a la vez pensativa: “¿Qué querrán de mí?” - pensó. De inmediato las sombras se separaron y empezaron a ayudar a la criatura. Por un lado, una de ellas empezó a romper las sogas con su largo pico, mientras otra fue a buscar comida para darle fuerzas. La niña estaba preocupada... cada tanto venía una de las sombras con algunos granos de maíz en su pico y los ponía en la lengua de la chiquilla. Ella no sabía qué querían... pero le agradó que estas nobles criaturas quisieran ayudarla. Las sombras revoloteaban en el aire mientras la niña se levantaba de a poco, y sin razón alguna sintió que estas criaturas le hablaban: “SIGUENOS”.

 

No podía creer lo que escuchaba... pensó que se había vuelto loca por todo el tiempo sin comer ni dormir. Pensó que por todo el estrés que había pasado empezaba a oír voces. No podía evitar escucharlas... esas tétricas y sombrías voces no le inspiraban confi¬anza... algo estaba mal, pero no le importó... empezó a seguir a las sombras como si estuviera hipnotizada, su mente le decía a gritos que se detuviera, sin embargo su cuerpo no respondía a estas advertencias y seguía caminando a duras penas entre los maizales. Las sombras finalmente la guiaron fuera de aquel terrible campo y la llevaron hacia los dominios del bosque cerca del lago, las pequeñas sombras comprendían el miedo y el dolor que la muchacha sentía de alguna manera y se compadecieron de ella. A medida que pasaba el tiempo empezó a comunicarse con estas sombras, aprendió sus maneras de sobrevivir y muchas otras cosas que le resultaron muy interesantes. Eran los únicos que la entendían y ella estaba feliz con sus nuevos amigos, pero algo estaba mal, sonidos súbitos y muy fuertes perturbaban la paz del bosque. Eran los inconfundibles sonidos de disparos de un cazador empedernido. A las sombras les enfurecía que los entes del bosque fueran masacrados y la pureza del bosque contaminada por ese ser tan despreciable.

 

Las criaturas oscuras atacaron al hombre sin piedad, rompiendo su ropa y lastimándolo con sus enormes picos y garras, el cazador intentó defenderse pero eran demasiadas y lo arremetían desde todas partes. Su suerte cambio cuando tropezó con una piedra y cayó de espaldas. Las sombras lo dejaron y se posaron en las ramas de los árboles que lo rodeaban a contemplarlo ¬fijamente con sus ojos grandes y negros.

 

La niña se acercó al hombre herido para descubrir que era su padre. Ella se sorprendió por un momento, pero luego la cólera y la ira se apropiaron de su alma dejando atrás a la pobre e inocente niña que alguna vez fue. Las sombras querían que ella terminara el trabajo.

La chica no dudó un instante y comenzó a meter sus dedos en los ojos del que antes fue su padre. La sangre, los gritos ya no le importaban ni le afectaban en lo más mínimo. Las Sombras solo estaban observando, complacidas, el evento sangriento en las ramas de los árboles... Había un nuevo cuervo en la familia.


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