Viernes 16/06/2017

LA CAZADORA Y LA LUNA

Por DoctorHauss

Había sufrido mil y un calvarios. 

Espada y pistola en mano habían hecho mi camino a lo largo del mundo para llegar hasta aquí.

Un lugar olvidado por el hombre, en el medio del bosque más frondoso que alguna vez vi. Resguardado por criaturas cuyo único objetivo era ponerle fin a la vida de quien quisiera acercarse.

Todas y cada una muertas.

Llegué a la puerta de una torre y un cazador, en silla de ruedas, me recibió. Intentó alejarme, intimidarme, decirme que estaba loca.

Yo me rehusé.

Ambos sabíamos cómo iba a acabar eso.

El cazador se levantó sin mucha dificultad y tomó sus viejas armas.

La batalla comenzó y terminó. Quizá pasaron minutos, quizá pasaron días, ya no contaba el tiempo. Al final, el resultado siempre era el mismo. 

El viejo cazador se desplomó hacia atrás aun empuñando sus armas. Crucé por su costado y comencé a subir las escaleras.

Quién sabe cuántos pisos subí.

Al principio me acercaba al cielo.

Luego, me adentré en el tormentoso manto de nubes.

Cada vez más arriba.

Hasta llegar a la cima.

Allí era donde mi viaje terminaba.

Un hombre pálido, encadenado al suelo, me miraba. Tenía pelo blanco y rasgos tan atractivos como un adonis humano.

Un leve fulgor provenía de su cuerpo. Era como si… brillara.

Solo se limitaba a mirarme, sin decir nada. Parecía haber aceptado su destino.

- Pronto extinguiré tu vida.- le dije - Voy a ponerle fin a toda la luz que derramas sobre este mundo en su estado más obscuro.

Miró, pensativo, hacia la luna por un momento y me respondió: 

– No sabes lo que estás buscando. Condenarás al mundo a vagar por la noche, sin luz que guie los caminos que las personas buscan.

– Todas las presas serán mías. Sin medios de defensa para todos esos ciegos. Mi sola existencia es una carrera para saciar mi sed de sangre. Para una cazadora, las únicas lealtades son hacia el Diablo y hacia sí misma.

Él frunció su seño y comenzó a gritarme: 

- ¡La tierra se alzará y devorará todo lo que eres! ¡Los cielos llamarán tormentas ensordecedoras desde la distancia! ¡Cuando estés muerta, no habrá ninguna tumba que recuerde tu nombre! Tu codicia traerá consigo tu fin y no hay nadie más que a ti para culpar.

Pero ya era tarde, atravesé su pecho desnudo con mi espada y un grito de dolor invadió la sala, mientras su fulgor, paulatinamente, llegaba a su fin junto con la luna.

Mi misión estaba completa. Bajé y miré hacia el frondoso bosque, sumido en la obscuridad, con miles de presas listas para probar mi acero.

Pero no podía hacer más que preguntarme ¿Y ahora qué?


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