Miércoles 15/08/2018

LA DUDA

"Aprende a dudar y acabarás dudando

de tu propia duda; de este modo

premia Dios al  escéptico

y al creyente". 

 Antonio Machado 

 

Producción Colectiva

 

Cuento: Ramiro Lencinas Cáceres

 

Ilustración: Yas Califia

 

La madrugada del 15 de abril, Ariel fue asaltado por una duda que lo atravesó ferozmente, igual a una flecha incrustada en medio de su pecho. Era una duda que se había fijado en sus pensamientos, inmune a cualquier distracción, inmutable ante cualquier azar y que no pudo dejarlo dormir en toda la noche, acechándolo como un demonio personal.

 

Al llegar la mañana, desvelado a causa de aquella inquieta duda, Ariel se levantó por inercia y fue a bañarse para tratar de ahuyentar esa duda que se mantuvo insomne junto a él. Pero fue en vano porque la muy persistente lo siguió acosando aun bajo la artificial lluvia de su ducha. De una forma casi mecánica, se vistió, desayunó y se fue a su trabajo. Ella lo siguió muy decidida en cada paso y en cada tropiezo. 

 

Ariel intentó olvidar la indeseable compañía que llevaba consigo en el camino al trabajo. Buscó abstraerse mirando los rostros de los transeúntes, los escaparates de los locales rutinarios, el cielo otoñal que se iba pintando por encima de los edificios y los cables de alta tensión, pero la duda no cedió ante tales despistes. Muy por el contrario, comenzó a calar más profundo en su mente, como la persistencia del agua que termina erosionando y penetrando en las piedras. Lo que él no sospechaba es que no era una duda ordinaria, de aquellas que se olvidan en los bolsillos del pantalón o de una campera, o que dejamos abandonadas en algún estacionamiento público, era una duda certera, mortal como un virus, que lo consumiría hasta no dejar ni la sombra de su esencia.  

 

Cuando estaba a una cuadra de llegar a su trabajo, la duda comenzó a sembrarle miedo, esa clase de miedo que se siente cuando estamos solos en una habitación oscura en plena noche, esa clase de miedo cuando el silencio nos encuentra abandonados en la soledad de un frío bosque. Ese mismo miedo, que comenzó a llenar su cabeza de tormentas e incertidumbres, lo llevó a tomar una extraña e irremediable decisión: no entrar a aquella monótona y estéril oficina de pasillos y odios repetidos, regresar a su casa, esconderse del vacuo e incierto mundo que florece en este infinito espacio de soledad y así tratar de apagar el sonido del inquieto silencio que nunca cesa. Nunca sospechó que ya no retornaría a su trabajo nunca más. No entendía claramente por qué lo estaba haciendo, pero sabía muy bien que era por causa de aquella duda tan tenaz y febril. 

 

Al volver a su casa, confundido por lo que le estaba sucediendo y sin comprender realmente qué fantasmas se estaban desatando en su mente intentó inundar su cabeza de sonidos, palabras o imágenes que pudieran acallar aquella duda, que cada vez iba sepultándose más y más profundo en su interior. Pero aquella duda era más fuerte que todas las certezas de este mundo y, sin ninguna esperanza para Ariel, aquel encierro fue solo el principio de su final.

Las semanas fueron pasando tortuosamente para Ariel, quien se recluyó dentro de su hogar, cautivo de aquella duda que fue tomando el control de su ya quebradiza mente, poseyéndolo al punto de la enajenación completa de su realidad. Ya no podía aceptar nada como verdadero; dudaba de cada sombra que acechaba en los rincones, de cada eco que acariciaba su tormentoso silencio, de cada rayo de luz que se filtraba entre las cortinas negras de los ventanales. Cada segundo era amenazante, precario y terroríficamente inconstante. La duda fue quitándole violentamente cada cosa preciada en su vida, haciendo que se alejara de sus seres queridos - amigos y familiares -, quienes, si lo pudieran ver ahora, ya no reconocerían en él ni el reflejo del recuerdo de lo que había sido. 

 

Aquella casa se había convertido en la génesis del caos. Había un desorden descomunal de libros destrozados en el piso, una masacre de televisores, teléfonos y otros artefactos domésticos incinerados, un cementerio de espejos destrozados en la sala y un cúmulo de cartas sin respuesta apiladas en la puerta principal. En un pequeño rincón de una fría y desolada habitación, un pálido y tembloroso hombre -un Ariel ya vencido- era devorado por una pequeña e “inocente” duda, que había ido creciendo implacablemente en el corazón de la más pura verdad e, igual que un codicioso fuego, comenzó a extinguir toda lógica, toda la razón y certidumbre que son el bálsamo de la sociedad.  

 

En un estado casi catatónico, Ariel ya no podía hablar coherentemente; tan solo murmuraba sonidos que podían parecerse a algunas palabras sin vínculos, como poemas dadaístas. Su condición física era de una completa emaciación, ya que había dejado de alimentarse desde hacía una semana. Su pelo y su barba estaban asquerosamente maniatados y su ropa estaba en un estado similar. Sus ojos y su boca estaban resecos, agrietados por la falta de luz y agua. La duda ya había arrebatado de él casi todo lo que era vital; solo quedaba por robarle lo último que lo mantenía vivo: sus sueños, que era su último gramo de esperanza ante el desesperanzador universo que la duda le había ido revelando. 

 

Ariel sabía muy bien que sus sueños eran el único alimento para su alma agonizante, pero ya no poseía las fuerzas suficientes para luchar contra aquella duda. Él sabía muy bien que ella terminaría por despojarlo de aquel preciado tesoro. Era lo único de lo que ahora estaba seguro en su incierto mundo. Así que, igual que un anciano con los días contados debido a su enfermedad, Ariel se recostó lentamente sobre el frío suelo, cerró sus ojos y decidió entregarse al inevitable final. 

 

La mañana del 10 de octubre, la policía entró a la casa de Ariel tras el llamado urgente de un vecino. Su cuerpo estaba en pleno estado de descomposición, consumido por la soledad, el miedo y la desesperanza. Nadie pudo comprender -ni tampoco quisieron hacerlo- la causa de aquella desoladora muerte. Se determinó que fue un suicidio, causado por una gran depresión que lo había llevado al aislamiento, la inanición y finalmente al abandono de sí, sin preguntarse jamás quién había sido el verdadero culpable, el verdadero asesino que había tomado la vida de un despreocupado y confiado hombre: una duda. 


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