Gabriel García Marquez

La muerte de la rosa

Murió de mal de aroma

Rosa idéntica, exacta.

Subsistió a su belleza,

Sucumbió a su fragancia.

No tuvo nombre: acaso

La llamarían Rosaura,

O Rosa-fina, o Rosa

Del amor o Rosalía,

O simplemente: Rosa,

Como la nombra el agua.

Más le hubiera valido

Ser siempreviva, Dalia,

Pensamiento con luna

Como un ramo de acacia.

Pero ella será eterna:

Fue rosa y eso basta.

Dios le guarde en su reino

A la diestra del alba.

Tercera ausencia del amor

Este amor que ha venido de repente

Y sabe la razón de la hermosura.

Este amor, amorosa vestidura

Ceñida al corazón exactamente. 

 

Este amor que es harina en la ternura,

Que es infancia de sueños en la frente,

Que es líquido de música en la fuente

Y es lucero nostálgico en la altura.

 

Este amor que es el verso y es la rosa,

Y es saber que la vida en cada cosa

Se nos repite cada vez más fuerte.

 

Tan eterno, este amor tan resistible,

Que comparado al tiempo es imposible

Saber dónde limita con la muerte.

Poema desde un caracol

Yo he visto el mar. Pero no era

El mar retórico con mástiles

Y marineros amarrados

A una leyenda de cantares.

 

Ni el verde mar cosmopolita

—mar de Babel— de las ciudades,

que nunca tuvo unas ventanas

para el lucero de la tarde.

 

Ni el mar de Ulises que tenía

Siete sirenas musicales

Cual siete islas rodeadas

De música por todas partes.

 

Ni el mar inútil que regresa

Con una carga de paisajes

Para que siempre sea octubre

En el sueño de los alcatraces.

 

Ni el mar bohemio con un puerto

Y un marinero delirante

Que perdiera su corazón

En una partida de naipes.

 

Ni el mar que rompe contra el muelle

Una canción irremediable

Que llega al pecho de los días

Sin emoción, como un tatuaje.

 

Ni el mar puntual que siempre tiene

Un puerto para cada viaje

Donde el amor se vuelve vida

Como en el vientre de una madre.

 

Que era mi mar el  mar eterno,

Mar de la infancia, inolvidable,

Suspendido de nuestro sueño

Como una paloma en el aire.

 

Era el mar de la geografía

De los pequeños estudiantes,

Que aprendimos a navegar

En los mapas elementales.

 

Era el mar de los caracoles,

Mar prisionero, mar distante,

Que llevábamos en el bolsillo

Como un juguete a todas partes.

 

El mar azul que nos miraba,

Cuando era nuestra edad tan frágil

Que se doblaba bajo el peso

De los castillos en el aire.

 

Y era el mar del primer amor

En unos ojos otoñales.

Un día quise ver el mar

—mar de la infancia— y ya era tarde.


 

Entonces, ¿Pactamos? 

 

Colombia, 26 de agosto de 2013

 

Apalabrados y macabros:

 

                                   Ha sido fascinante, para mí, reencontrarme con mis poemas, que añoro, pues han sido la flor de mi lozanía. Al leerlos, recorrí con mi mente lugares de mi corazón, y la nostalgia se hizo dueña de mis actos, dejando caer una lágrima de emoción.

 

                                   Me produce satisfacción saber que están al frente de un movimiento de esta magnitud, que nos honra a los viejos escritores y que les da la oportunidad de mostrarse a los que se encuentran en el constante devenir. Y me afecta de manera muy positiva, a esta edad de mi vida y con un camino como el que he recorrido, hallarme frente a una propuesta tan diferente. La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado. Esto es lo que a mí me ocurrió al leer la invitación que me hicieron llegar.

 

                                   Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre. Esta sugestiva metáfora sirve para  compararla con el principio de la escritura; en el mágico momento en el que un alma se embarca en la travesía del lápiz y el papel, queda por siempre preso en la jaula de la liberación y de la expresión por medio de palabras. Ya nunca, nunca más volverá a ser quien era antes.

 

                                   Y esto, justamente, es lo que le pasó a mi jovencísima cómplice Marianel. La dulce y blanca Marianel, mi blanquita, quien escuchó mis consejos de viejo para escribir, siempre le repetí lo mismo: la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. Y aprendió a contar, Blanquita aprendió a contar el mundo como ella lo vive, como ella lo siente, y me siento un viejo orgulloso, porque la vida no es sino una continúa sucesión de oportunidades para sobrevivir, y en estos pequeños actos, yo sobrevivo, yo soy.

                        Gracias, compañeros, por dar lugar a los jóvenes, para que se animen a escribir. Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez; que mejor manera de darse a luz que a través de la palabra.

 

Un abrazo enorme.

 

GABO.

 

Marianel "Blankita" Falconer

Ya te tengo

Te despertaste con la boca seca… el resfrío te obligaba a usarla para respirar y la sensación te resultaba odiosa…

 

Te levantaste protestando… pensando en que si no hubiese sido por la sed hubieses dormido unas horas más…

 

Desayunaste té, entibiado con un poco de agua fría, debido a que ella te acostumbró porque así lo bebías más rápido.

 

Mientras desayunabas no pudiste evitar recordar su sonrisa de dientes blancos y su buen humor matutino… y de golpe, como un meteorito a la mente, el recuerdo de su guante en tu mano volvió a atentar contra tu integridad emocional… Volviste en sí, y al ver en el reloj que se te hacía tarde, tomaste con un sorbo largo lo último que quedaba en tu taza; agarraste de un arrebato la campera de mayor abrigo, la corbata color gris académico y el maletín de la oficina…

 

Camino a esperar el micro las imágenes reaparecieron como un rápido espiral sin fin… y la historia de tu reciente esposa recrudeció en tu conciencia.

 

Amabas esquiar, lo hacías desde soltero, pero ella siempre lo vio muy peligroso; sin embargo lograste convencerla de ir a la montaña como viaje de luna de miel, y después de unas rápidas lecciones ella se alzó con entusiasmo hacia la plataforma de nieve; porque le habías prometido siempre brindarle protección, y por ello aún hoy te culpas.

 

Tú la seguías de cerca. Tomó el camino incorrecto. Aceleraste el paso. No lograbas alcanzarla. La viste caer al vacío. Tu corazón no podía ser contenido dentro del cuerpo. Llegaste a la cornisa. Lograste verla sujeta de una hierba mala, y una metáfora de humor negro te arrebató el alma.

 

Poco a apoco la hierba se desprendía, pero lograste tomar su mano derecha entre las tuyas y le gritaste “no seas idiota, ya te tengo”… el guante se resbalaba… inevitablemente era muy grande para su mano de colegiala. Alcanzó a decirte con los ojos llenos de lágrimas “no te preocupes, sé que hiciste lo que pudiste”. Y cayó al vacío. Y desde ese momento todo ocurrió en cámara lenta.

 

La viste darse duros golpes contra las rocas entre quejidos de dolor. Deseaste ser sordo, y también ciego. Pronto los quejidos se detuvieron para terminar en un gran charco de sangre… Y el tiempo retomó su curso normal.

 

Subiste al micro y te sorprendió ver gente diferente a la de todos los días. Te sentaste en el último asiento, como de costumbre, y para pasar el rato mordías tus labios arrancando el pellejo seco e ideabas una máquina del tiempo para poder tomar otras decisiones: ir de luna de miel al Caribe… cambiar tus palabras por “mi amor, ya te tengo, y no te voy a dejar caer”… tomarla de la muñeca, punto más seguro para devolverla a tu lado.

 

“Ya te tengo, ya te tengo, ya te tengo”… esa frase vacía por los hechos te quitaba el sueño durante la noche, y la vida durante el día.

 

Ese guante derecho que pusiste en tu mesa de luz... decisión masoquista… verlo te recordaba ese maldito instante eterno… pero también te recordaba cuanto extrañabas sus manos siempre suaves…

 

Viste tu reloj y te diste cuenta que estabas a destiempo. Te habías despertado antes y el micro en el cual subiste era de una hora anterior; y como descubriendo el resultado de una complicada ecuación pensaste: “eso lo explica todo”. Entonces decidiste gastar tu hora de adelantado en la plaza antes de partir a la oficina.

 

Pediste permiso a una mujer de edad avanzada cuyo perfume era un atentado a los sentidos, y bajaste del micro de una hora antes.

 

Una vez en la plaza, caminabas despreocupado y mirabas a las palomas dormir en los cables, mientras evitabas con pasos largos pisar sus cagantinas frescas. Cuando de repente una niña que jugaba corriendo cayó delante de ti y rompió en un llanto seco. Te sacaste las manos de los bolsillos que las mantenían calientes y tomándola por las axilas la pusiste de pie rápidamente. Buscaste con la vista esperando que una madre apareciera disculpándose por su descuido o bien reprimiendo a la niña por haberse alejado más de lo permitido.

 

Nadie apareció.

 

Calmaste a la niña, mientras le sacudías las rodillas, luego le preguntaste por su madre. La niña mintió diciendo que estaba cerca y que ella prefirió quedarse en la plaza para poder entretenerse mejor.

 

Decidiste gastar tu tiempo cuidando a la niña hasta que su madre apareciese. Y por un buen rato los recuerdos del guante derecho de ella desaparecieron.

 

Ayudaste a la niña a subir al tobogán, a escalar árboles y le enseñaste a columpiarse sola con un simple impulso de las piernas.

 

Hablaste por un buen rato con ella, y hasta la convenciste de que estabas construyendo una máquina del tiempo.

 

No lo notaste, pero los cordones de sus zapatillas estabas desatados, y un descuido al caminar le valió un resbalón. Tus reflejos fueron rápidos y la tomaste por la mano derecha para evitar su caída.

 

El guante se resbaló y su caída fue inevitable.

 

Nuevamente el bombardeo de imágenes en tu mente no te daba tregua.

 

Y antes de poder decir algo la niña sonrió con sus blancos dientes y te dijo serenamente: “no te preocupes, hiciste lo que pudiste; se cuanto me quieres”. Y tomo su guante de tus manos y se lo puso en la suya. “Solo quería que mi guante dejara de atormentarte”.

 

Entonces te diste cuenta que su madre no existía y que incluso la niña era falsa.

 

Era ella. Y regresaba para verte por última vez para calmar tu conciencia atormentada.

 

Dejaste la niña en la plaza y camino a la oficina, tu mente finalmente quedó en paz.

…y se quemó.

Ella se estaba quemando…

 

…prendiéndose fuego con una presión que no la dejaba respirar, pero que aún así la llenaba de vida.

 

Acabás de entender porqué nunca quiere soltarlo. Entre sus brazos siente el calor suficiente para continuar viva.

 

Sabía que le quedaba poco tiempo… sabía que tiempo era todo lo que ella podía darle… sabía que tiempo era lo único que verdaderamente le pertenecía… que nada de lo que le rodeaba; ni las circunstancias, ni el clima, ni la hora, ni sus ropas las había elegido. Le tranquilizaba saber que había elegido gastar su tiempo con él.

 

…pero le desesperaba ver que el invierno se aproximaba a sus manos.

 

Apretó la nariz contra el hombro izquierdo de él, presionó las yemas de los dedos contra su espalda… y se quemó.

 

Nuevamente tenía que decir hasta luego… e inventar excusas vacías cuando la gente le pregunte “¿por qué siempre tenés las manos heladas?”...


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