Viernes 23/06/2017

"Mándele Mis Saludos", Por Germán Scattareggi

Roberto recostó su cabeza sobre la almohada, la cabeza le daba vueltas y sus extremidades le dolían, cosas normales para alguien de 62 años que no había llevado la vida más saludable de todas, según el médico que frecuentaba. A su lado, de pie, sosteniendo una bandeja de plata, como lo había hecho durante las últimas dos décadas, estaba Nicolás. El anciano lo miraba fijamente, recordando el día y la manera en la que se conocieron. Pero antes de eso, es necesario conocer algunos detalles acerca de la vida de Roberto Esteban Drummond-Castillo.

 

Como primogénito de una familia de magnantes, empresarios y políticos; y natural heredero a la vasta fortuna de la misma, es correcto asumir que jamás en su vida pasó hambre. Al verse sin la necesidad de un trabajo más que el de aprender ciertos aspectos económicos acerca del manejo de las inversiones de su capital, Roberto aprendió a cultivar ciertas aficiones. Coleccionar autos de distintos modelos, frecuentar fiestas, una que otra aventura involucrando a la esposa de algún estirado burgués y tomarse un exquisito whiskey cada noche, eran algunas de ellas, pero, siendo honestos, podríamos decir que esos son los pasatiempos de todo miembro de la aristocracia de aquella época. No, lo que a Roberto le parecía lo más fascinante del mundo era el comprobar lo ridículamente fácil que era manipular al hombre.

 

Cientos de veces había roto amistades supuestamente inquebrantables al ofrecerle 5 cifras a un fulano para que traicionara la confianza de su más “confiable y cercano” amigo. Una vez hasta consiguió que una sirvienta, que trabajaba en la casa de un senador, sedujera a la esposa de este para arruinar su carrera política. Las amantes terminaron huyendo y el diplomático optó por quitarse la vida antes de enfrentar la humillación.

 

A Roberto esto le fascinaba. Sabía que toda persona tenía un precio, y si no era dinero, seguramente era algo que él podía conseguir. Pero, sin dudas, lo que más disfrutó de hacer fue lo que lo llevo a conocer a Nicolás.

 

El padre del muchacho no era más que un simple empleado en una pequeña fábrica que Ricardo Esteban - padre de Roberto - había adquirido recientemente. Un día, Don Drummond-Castillo, decidió asignar a su hijo como gerente de las instalaciones.

 

- ¡Te la pasás dando vueltas por Dios-sabe-dónde desperdiciando tus días de juventud haciendo Dios-sabe-qué!”- vociferó su padre – “¡Tenés que aprender a ser un hombre responsable, hijo mío. Por eso decidí nombrarte gerente de la siderúrgica “MetalMax”. Espero que te esmeres en hacer tu mejor esfuerzo para hacer de este tiradero de chatarra una parte digna de nuestro grupo empresarial.

 

- ¿Acaso no se te ocurre la posibilidad de que meta la pata y arruine todo?

- No me hagas reír. No tenés un pelo de tonto en esa cabezota tuya. Solo necesitás enfocar ese cerebro en algo que valga la pena.

 

Habiendo dicho esto, Don Ricardo se despidió de su hijo y se retiró para atender otros asuntos. Verdaderamente a Roberto no le importaba el “desafío” que le habían impuesto. De una u otra forma él iba a terminar haciendo lo que se le daba la gana y, a su vez, sacaría a flote el nuevo negocio en el que lo habían embarcado.

 

El nuevo gerente se acercó hacia el patio de trabajo y se presentó con sus nuevos empleados. Ahí fue cuando conoció al padre de Nicolás; un hombre alto y fornido, obviamente era de los que se encargaba de hacer el trabajo pesado en el lugar. Pero, a pesar de sus cualidades físicas, adolecía de capacidades mentales; era, lo que muchos llamarían, un hombre simple. Este tipo de personas eran la presa favorita de Roberto, sabía que sería pan comido hacerlo hacer lo que fuera si le abanicaba un fajo de billetes en la cara, tan solo tenía que pensar en qué utilizaría al pobre idiota. 

 

Roberto reconoció la astucia de su padre, al investigar sobre la compra de la siderúrgica. El viejo zorro había comprado en su totalidad los derechos de la compañía “MetalMax”, pero no la había adherido al Grupo Drummond-Castillo. Esto quería decir que Roberto no podía utilizar los amplios fondos de su familia para convertir esa chatarrería en una siderúrgica de vanguardia. Si quería tener éxito con este nuevo proyecto, debía empezar desde el fondo del barril, lo que significaba lidiar con la competencia. Ahí fue donde le encontró un uso al torpe gigante: Verán, una de las formas más efectivas de triunfar en cualquier tipo de negocio es eliminar a la competencia y sí, como supondrán, a veces es necesario realizar cierto tipo de trabajos sucios. Chantajear a la gente indicada, amenazar a uno que otro empleado y, la más importante, “encargarse” de algún que otro pobre diablo.

 

Ahí entraba este “como-se-llame”, Roberto jamás se molestó en aprender el nombre o apellido de su empleado, simplemente se dirigía a él con un “Eh, Grandote”. En fin, el gerente lo utilizaba generalmente para amenazar a algunos y para hacer desaparecer a otros a cambio de, por supuesto, un jugoso aumento que tanto el “Grandote” como su esposa e hijo disfrutaron. Hago énfasis en “disfrutaron”, pues por razones ajenas al pobre trabajador pero no para nosotros, su familia se enteró en qué consistía la nueva posición que ocupaba en la empresa.

 

Por supuesto que había sido nada más y nada menos que Roberto quién le contó el terrible secreto a la madre de Nicolás, diciendo que su marido había enloquecido y que por cuenta propia decidió realizar tan terribles actos, para luego eliminarlo a él y así apoderarse de la siderurgica. Después de todo, al negocio le iba increíblemente bien ahora que gozaba de casi un monopolio sobre la venta y distribución de aceros. Esto se lo podemos atribuir, casi exclusivamente, al cerebro de Roberto y al músculo de su subordinado, lo que obviamente llamó mucho la atención de las autoridades como la del mundo empresarial. 

 

En cierto momento, habría que echar la culpa hacia algún lugar y Roberto sabía perfectamente cuál iba a ser su chivo expiatorio. Cuando Grandote llegó a su hogar, su mujer lo confrontó entre lágrimas y sollozos. Naturalmente entraron en una acalorada discusión que duró varias horas, hasta que sucedió lo que había planeado Roberto.

 

- ¡No tenés derecho a quejarte de nada, mujer! ¿Quién ha estado gozando de todos los beneficios mientras era yo el que se ensuciaba las manos?

- ¡Jamás me hubiera imaginado que tu nuevo trabajo involucraría hacer algo tan deplorable! Sos un mentiroso, te odio y no quiero volver a verte jamás. Ya mismo tomo a MI hijo y me voy para siempre.

- No te lo voy a permitir, malagradecida. Nico se queda conmigo.

- ¿Qué no me lo vas a permitir? ¡Mirá cómo me voy!

 

En ese momento, mientras su esposa tomaba a su hijo de 5 años y se dirigía hacia la puerta, el chivo expiatorio descargó un violento golpe en la cabeza de su mujer, pero no se detuvo ahí, no, la adrenalina acumulada hizo que el hombre continuara con su golpiza, mientras su único hijo, estupefacto, con lágrimas en los ojos y con un llanto ahogado en la garganta, vio como su padre le quitaba la vida a su madre. 

 

Al darse cuenta lo que había hecho y al ver la expresión “sin vida” de su hijo, que imitaba a la de la mujer que un día amó, decidió subir al segundo piso de su lujosa casa nueva y arrojarse de cabeza desde el balcón, terminando de una vez con su miserable vida. 

 

Afuera estaba Roberto que, luego de que llegara la policía y de realizar todo el papeleo necesario, tomó a Nicolás bajo su tutela y lo convirtió en su mayordomo personal, pero no sin antes disciplinarlo de manera muy estricta.

 

Así es como llegamos al presente. Para resumirles, durante los últimos 20 años, Nicolás sirvió fielmente a Roberto. Jamás se quejó de nada ni le trajo problema alguno. Tanto cariño le tomó al muchacho, que lo hizo su único heredero, ya que nunca tuvo hijos o se molestó en reconocerlos. 

 

Roberto seguía mirando fijamente al joven, aclaró su garganta y finalmente preguntó: 

- ¿Has tenido algo que ver en esto?

- ¿A qué se refiere, señor? - preguntó Nicolás.

- No te hagas el inocente, a diferencia de tu padre, no tenés ni un solo pelo de tonto en esa cabezota tuya. - insistió Roberto – El doctor dijo que tengo intoxicación por metal pero, en 30 años de trabajo, debo haberme acercado no más de 2 veces al área de trabajo de mis fábricas, sin mencionar que ninguno de mis empleados parece estar enfermo.

 

Nicolás no dijo nada, solo le dedicó una fría mirada.

 

- Nunca se enteró de que mi padre escribió un diario, ¿Verdad, señor?- dijo finalmente – Un diario en el cual detalló los trabajos que realizaba y quién lo había mandado a realizar dichos trabajos. - dijo finalmente el muchacho.

- ¿Desde hace cuánto lo sabes? - preguntó el anciano, con una pizca de orgullo en su tono de voz. 

- Hace unos 5 años. Solo yo sabía dónde lo escondía mi padre, fue un milagro que lo encontrara cuando me escabullí dentro de mi antigua casa. - hizo una pausa y luego añadió - Es increíble lo que hace una diminuta pizca de limadura de plomo en el whiskey cada noche, ¿No lo cree?

 

Roberto soltó una carcajada que fue interrumpida por una fuerte tos. 

 

Mientras Nicolás se alejaba para salir de la habitación, su tutor pronunció sus últimas palabras:

- ¿Recordame cómo se llamaba el idiota de tu padre?

- Rodrigo Díaz. - dijo fríamente - Si lo ve en el infierno, mándele mis saludos.

 

El nuevo millonario salió de la alcoba a la vez que Roberto cerró sus ojos por última vez.


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