Escalón por Escalón

Por Invisible

 

Escalón por escalón, me caían las lágrimas, salían a chorros, como pocas veces me pasa, la ventana dejaba correr los rayos naranja q venían desde la calle, donde lo dejé. Una vez frente a la puerta, giré las llaves, siempre al revés, creía que era un acto inconsciente de no querer entrar. 

Sospeché que alguien cocinaba en el departamento de al lado. Al entrar, me senté a mirar televisión, tan naturalmente, como si volviera del baño. Las ideas se estrellaban frente a la pantalla, sentía que era una autopista, los ojos abiertos como nunca, las muelas rompiéndose en el fondo, vértigo, ansiedad, oscura alegría de saberme muriendo y una mina en bolas desfilaba en la pantalla, “el mundo va a explotar de tanta mierda”, pensé, como tantas otras veces. Sin embargo, me devoraba el fuego, la voluntad de agotarlo todo, las ganas de mentirme, de hundir la cabeza en el cielo, de coger con quien yo más quiera, de asesinar a sangre fría y viajar. 

Sabía que mis lágrimas eran el último resto de humanidad que me quedaba, entonces pensé, por un instante, que lo que había sucedido un momento antes, me llevaba de a poco a un estado donde nada más me dolería. Cerré los ojos y pensé en sus dientes, que se reían monstruosamente entre los silencios y mis gritos en la oscuridad. 

Esta mañana, desayuné en el bar de siempre, me sonrió el mismo tipo de la semana pasada, me tomé el café con leche, saludé a Tito, que tiene voz de cenicero, me abrazó y me pidió que le escondiera los chocolates, para que Alma no sepa que los devora a escondidas. Salí y subí al taxi, conversamos de futbol, el quilombo con la AFA y de Higuaín. En un giro repentino, no sé cómo comencé a gritar, ya estaba dentro del edificio húmedo y viejo, ahí esperaban dos tipos. El tachero me hizo saber que no iba a salir de ahí igual que como entré, era absurdo decir algo, tratar de correr. 

Una navaja me recorrió el cuerpo y rasgaron mi ropa, sabía que hacía frio por el vapor de los alientos. Uno a uno entraron y salieron de mí. La vida. Al instante, busqué en mi mente un paraíso. La obediencia, la inercia ante lo inevitable. Los puchos en la plaza, la última sonrisa, el sabor a mierda, unas manitos tibias, el sol entre los árboles, cuerpos podridos, murmullos, un arroyo, mi vieja, autos, países, estaciones, naufragios, sangre, el miedo a estallar, pasos, volantines, una bici en el patio y los tambores en la cabeza, un sueño infinito y un pene, lápices, hojas, una lengua, la ventana circular que da a la calle, otro sexo, las risas, los jueces, manos, los temblores, dedos y manos, la luna, tus ojos y el fin.

 

 

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