Domingo 18/06/2017

Si estás leyendo esta carta, es porque he decidido terminar con mi vida, porque no podía soportar vivir con la culpa de lo que hice, con el daño que causé, que te causé, y con este dolor inconmensurable y amargo.

 

Debo admitir que soy un cobarde, que no hubiera sido capaz de verte a los ojos y rogarte perdón, y de sentir en tu mirada mi condena, mi eterno castigo. Tampoco hubiera podido seguir con nuestras vidas, fingiendo que todo esto solo fue un mal sueño, que nunca sucedió, sepultar mis crímenes en lo más oscuro y olvidado de nuestras almas, y ahogarla en el ensordecedor silencio de la negación absoluta. Pero antes de acabar con esta pesadilla, quiero confesarte la verdad de lo que ocurrió aquella noche, que conozcas el dolor por mis errores, y así, de alguna manera, mi alma pueda expiarse.

 

No mencionaré quién me invitó, ni intentaré explicar los motivos por los que acepté aquella invitación, solo diré que sí fui, al igual que muchos otros que se sintieron atraídos a aquel lugar. Al principio dudé en entrar y descubrir el secreto que se escondía, quizá por miedo a conocer lo que podría despertar en mi interior aquella seductora tempestad de transgredir los límites de esta sociedad. Pero decidí no engañarme, ni pretender un falso remordimiento, porque sabía muy bien que en el fondo era lo que deseaba hacer. Me puse la máscara que se me había solicitado que llevara y entré.

 

Apenas ingresé, pude sentir cómo el aire de aquel oscuro salón se encontraba perfumado por la lujuria y el pecado, donde los cuerpos de hombres y mujeres desnudas danzaban al compás de la efervescente música que incitaba a las caricias, a los susurros, a los besos y a los gemidos dentro de la vorágine del bacanal. Los rostros, tímidamente se escondían tras las máscaras venecianas, que silenciaban y protegían el secreto de nuestros nombres, permitiéndonos ser quienes quisiéramos ser, sin el temor de soltar al lobo que duerme en nuestras sombras, esperando siempre surgir y devorar todas las pasiones de este mundo abismal y caótico. Yo era tan solo un alma vieja y solitaria, un testigo de ese escenario que se dibujaba entre luces de colores pecaminosos, colores que, como el fuego mismo del infierno, llamaban a consumirse en el vientre de su quimera libidinal.

 

Lentamente, mis deseos se despertaron como bestias que estaban dormidas, y mi necesidad de sentir el calor de un cuerpo, el roce de una delicada piel, el sabor de un salvaje beso, de ser devorado deliciosamente, de poder morder violentamente la íntima vergüenza del néctar de los placeres, me llevaban a perderme en la noche eternamente efímera. Fue entonces cuando una joven mujer se me acerco a paso decidido, mirándome directamente a los ojos, a unos ojos que la codiciaron en el instante en que la vieron. Aún sin poder ver su rostro que se escondía tras su máscara, por su figura que estaba completamente desnuda, deduje que podía tener entre 20 y 25 años. Era una hermosa niña, dulce como una fruta, pero a la vez tempestuosa como un mar agitándose en la tormenta. Al ver en su mirada, sentí como buscaba, quizás, el amor que papá le negó, sentirse acogida en el ardor del pecho de algún hombre, que la pudiera proteger del frío abandono paternal. Tomó mi mano, casi sin decirme ni una palabra, y sutilmente me llevo hacia una de las habitaciones que estaba disponible para los juegos del goce y la carne.

 

Inmediatamente después de entrar en aquel cuarto tenuemente iluminado por luces de un azul cálido, aquella tierna niña se abalanzo sobre mí, tirándome en una cama de sábanas blancas y oscuras intenciones. Con la misma furia que un vendaval ruge sobre la orilla de una playa, me desnudó, sin quitarnos las máscaras, y me amó tan ferozmente, con una pasión desmedida y sin tregua, igual que dos ángeles en celo cayendo extasiados en el averno. Morimos y resurgimos infinidad de veces, mientras la noche se diluía en nuestras bocas y nuestros cuerpos se fundían como estrellas colapsando. Pero al final desafiamos nuestros límites y nuestras almas cayeron en un profundo sueño.

 

Fue entonces cuando conocí las terribles consecuencias de mis actos. Cuando descubrí que todo pecado tiene un precio, un cruel y doloroso precio. Al darse vuelta, su tersa espalda me dejo ver el reflejo de mi desgracia. Un pequeño tatuaje de una mariposa de colores puros estaba grabado sobre su piel, un tatuaje que solo había conocido en otra persona. Una angustia desgarradora comenzó a morder en mi interior, una angustia a una incertidumbre que debía ser respondida.  Me acerqué sigilosamente a ella, noté que su máscara se había caído, y entonces la vi. Pude sentir como el horror de aquel momento golpeaba en mi pecho como un gélido puñal.  Aquella dulce y salvaje niña era mi hija. Era nuestra hija. Al verla, mi alma quebró en un llanto, un llanto tan desolador que la hizo despertarse y contemplar el tormento de mi dolor. No sé qué fuerzas me obligaron, pero sabía que ninguno de los dos podría vivir cargando la atrocidad de este mal. Tomé una de las almohadas, y sin una luz de piedad, puse la almohada sobre su rostro y la asfixié. Presionaba con más fuerza cada vez, robándole el aire, la inocencia, la vida, hasta que al final cedió y cayó en los brazos de la álgida muerte. Sin saber qué más hacer, huí presurosamente de aquel lugar, abandonando el tibio cuerpo de nuestra hija, y abandonando el último rastro de humanidad que había en mí.

 

Mañana cuando despiertes, amor, y después de encontrar esta carta y leerla, espero que puedas tener el valor de seguir viviendo, el valor que ya no tengo, y que algún día puedas recuperar la felicidad que les robé, la vida que profané con mis pecados. 

 

Hasta siempre amor.

 

 

"Dulce y Salvaje" por Ramiro Lencinas Cáceres


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