Jueves 21/06/2018

EL PRECIO DEL SABER

Ryu, joven noble del país del sol naciente, dormitaba dentro del balanceante carromato camino al pueblo donde se rumoraba que cosas sobrenaturales acontecían. Relatos sobre un guerrero de habilidades increíbles, de una mujer con los ojos color del cielo que curaba heridas con solo pasar la mano encima, de monos parlantes que sabían demasiado, el tigre de oro y jade que respiraba y caminaba. Maravillas que escurrían de la boca de su tutor, natal de ese pueblo, cuando los resultados de sus estudios eran prometedores. Tras la reciente muerte de su profesor y quedándose sin sus historias, decidió ir a encontrarlas. 

 

De repente, el carromato se sacudió bruscamente y se detuvo. El conductor le gritaba a alguien que se moviera del camino. El griterío cesó, su corazón martillaba como el aleteo de un pájaro asustado. La puerta se abrió y una hermosa joven, de yukata blanca impoluta y trenza de costado, se sentó enfrente de él con mucha naturalidad. Con una sonrisa brillante, igual que sus negros ojos, apoyó la filosa hoja de su katana en la base de su garganta. 

 

- Buenos días joven amo. ¿Puedo correr el riesgo de sonar atrevida y preguntarle con qué intenciones se dirige hacia mi aldea? 

 

La respiración de Ryu era simétrica a sus desbocados latidos. Con los ojos abiertos y la frente perlada de sudor, logró disparar un par de palabras de su seca garganta. 

 

- Curiosidad… escuché historias…. Interesantes…

 

La chica presionó ligeramente el filo y una línea roja decoró su cuello. El brillo de la sonrisa de aquella joven se evaporó, al igual que el de sus ojos, dejando una máscara vacía de emoción.

 

- Sea más específico, joven amo. Hay muchos tipos de curiosidad y entre ellos se encuentra la que es nociva para el objeto que despierta interés… Solo diga si tiene intención de dañar a la aldea o a alguno de sus habitantes. Si no es así, lo escoltaré personalmente a la casa de mi señor, donde recibirá la hospitalidad que merece su señoría….claramente, si sus intenciones son dañinas solo recibirá mi hospitalidad.

 

Para dar hincapié al mensaje dado con una inexpresiva voz, hubo otra leve presión de la espada acompañada de una mirada carente de vida.  

 

- Dañar a tu aldea no está en mis planes. Solo quiero saber  si las historias de mi maestro son ciertas.

 

Los ojos vacíos lo escanearon, corroborando si decía la verdad. Tras el análisis recuperaron su luz, la sonrisa aniñada volvió aparecer y la katana descanso nuevamente en su funda.

 

- Bueno. Es su día de suerte, si su maestro le contó sobre el famoso  perro guardián del pueblo ha confirmado su existencia. Soy Nana, encantada de conocerlo. Le ruego disculpas. Y por favor, permítame escoltarlo.

 

Tras la respetuosa inclinación de espalda de un perfecto ángulo de cuarenta y cinco grados, se bajó. Esperó a que Ryu la imitara y se llevó al inconsciente conductor al hombro como si fuera un saco de arroz. Tal  proeza no afectó al joven, debido a la conmoción de su mente. 

 

Cumpliendo con su palabra, la chica lo llevó hasta una gran casa donde un anciano sentado bebía estoicamente su té. 

 

Al levantar la vista de su taza, frunció sus nevadas cejas.

 

- ¿Esa es la forma  de tratar a las visitas, Nana?

 

- Lo siento, Ume-sama. Sigo siendo una joven exagerada.

 

El anciano reprimió una sonrisa.

 

- Eres igual que tu abuelo. Puedo ver tu intenso sentido del deber nublando tu juicio, de la misma forma que a Yamato.

 

La sonrisa de la joven brilló como el sol. 

 

- No te alegres. Tu abuelo era un inconsciente…  Me disculpo en nombre de mi sirvienta. – refiriéndose a Ryu - Aún no tiene la templanza que traen los años. Por favor, hágame el honor de acompañarme a beber té y cuénteme quién es y qué lo trae por aquí. Soy Yoshiro Ume. Jefe de la aldea. Un placer conocerlo.

 

Esperó a que el anciano terminara su reverencia para imitarla y contestar. A su vez la joven, siguiendo una orden muda y con el conductor aun dormido, desapareció dentro de la casa.

 

- Soy Yokozawa Ryu, un placer conocerlo. Soy hijo de una familia noble de Kyoto. Desde mi infancia, mi tutor me ha contado increíbles historias de este pueblo pequeño y, desde entonces, he deseado verlas con mis propios ojos. 

 

- ¿Puedo saber el nombre de tu tutor?

 

- Su nombre era Kamakura Sasuke.

 

- ¿Y si te dijera que Kamakura era un mentiroso desde niño? ¿Que sus historias están hechas de humo… de aire? ¿que sus relatos fueron solo para entretenerte y hacerlos parecer más interesantes?

 

- Le diría que al menos uno de ellos es verdad, ya que me encontré con el perro guardián.

 

El anciano rio.

 

- Y ya tuviste una muestra de lo que puede costar tu curiosidad. – aseveró el anciano mientras señalaba la línea rosada de su cuello, donde minutos atrás su piel había probado la lamida de una espada.- El conocimiento tiene su precio. Y solo lo conocemos cuando ya lo hemos pagado. Déjame advertirte que los secretos de este lugar pertenecen a este lugar,  y sólo a este lugar. Kamakura cometió un error en contártelos, y en decirte donde quedan.

 

- No importa el precio. Lo pagaré. Mi mayor deseo es poder ver las maravillas de cerca. 

 

- Que así sea entonces. 

 

El jefe se levantó trabajosamente y empezó a caminar con Ryu a su lado. Adentrándose en el pueblo, las historias de su profesor fueron cobrando vida una por una. Conversó con los monos sabios y con las mujeres que, por su tamaño, dormían en teteras. Visitó el río cuyos peces cantaban. Acarició al tigre autómata de jade y oro. Conoció el árbol donde el ciclo de las cuatro estaciones pasaba cada cuatro minutos. La sanadora de ojos celestes borró la marca que dejó la katana en su cuello. El herrero que creaba espadas con miedos y lágrimas, le enseñó su técnica.  Tuvo en sus manos el papiro que revelaba el final de los tiempos. Se encontró varias veces a Nana jugando con los niños, o ayudando a los pobladores con encargos o tareas pesadas. Fue la semana más intensa y feliz de su existencia.

 

- ¿Y bien? ¿Has satisfecho tu deseo? - preguntó el viejo Yoshiro. 

 

- Si. He cumplido uno de mis más grandes sueños desde niño. 

 

- Me alegro de escuchar eso. Ahora quiero preguntarte ¿Qué te dijo Kamakura sobre el perro guardián del pueblo soñado?

 

- Me dijo que es un guerrero entrenado desde niño en el arte de matar… que es el silencio mismo. 

 

- Si. Pero, ¿sabes por qué lo llamamos perro guardián?

 

- No. 

 

- Nace en el año del perro, y su deber es proteger a los habitantes de peligros externos hasta que, 48 años después nace su reemplazo, al cual él mismo entrena. Se asemeja a un perro porque puede ser amigable y juguetón, y es leal a los que ama. Esa lealtad…ese afecto, puede llevarlo a ser una bestia asesina.

 

- Ya veo, ¿y por qué me cuenta esto?

 

El dolor explotó en su estómago. Nana apareció detrás del anciano, con ojos vacíos, con manchitas rojas en su yukata y su espada goteando sangre… su sangre. Ryu bajó la mirada a su vientre y se encontró con la húmeda y roja mancha expandiéndose. Respirando agitadamente, traicionado, cayó de rodillas. 

 

- El deber del perro es proteger al pueblo, proteger sus secretos, garantiza su seguridad. No podemos dejar que tu caso se repita.

 

- No iba a decir nada.

 

- No podemos creerte joven Yokozawa. El conocimiento no aguanta el encierro y siempre encuentra una veta por donde salir. Tarde o temprano ibas a contárselo a alguien. Un ejemplo es tu maestro. Él sabía que iba a pasar, y te lo contó de todas maneras. 

 

Cayó de cara contra la hierba, en un último esfuerzo se giró sobre su espalda y, viendo los copos caer, sintiendo la quemazón del frío, recordó que su maestro solía contarle que, en su pueblo, no importaba que estación fuera, cada vez que alguien moría, caía nieve. 


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