Viernes 09/02/2018

RELATO

Escucharla llegaba a ser molesto.

 

No había una cronología, no había nombres propios, conectores, nada. A veces, se olvidaba de las cosas importantes. Se las olvidaba por un tiempo como si nunca hubieran pasado pero luego, en algunas ocasiones, las recordaba.  Entonces no entendía por qué las olvidaba en primer lugar. Desvariaba, era más bien como si estuviera narrando un sueño. Todo era demasiado confuso.  “Incluso yo he tenido sueños más coherentes que la vida de esta chica”, eso es lo que te hacía pensar.

 

Me di cuenta tarde… de que algo andaba mal. Como estoy acostumbrada a estar con gente rara, no me fijo mucho cuando el comportamiento desencaja. Una vez se largó a llorar por una estúpida canción, era tan mundana que no recuerdo su nombre. Abrazarla fue lo único que se me ocurrió, pero no entendí absolutamente nada de lo que estaba pasando. Ella decía poco y nada. Estoy segura que esa tarde comenzaron sus monólogos sin sentido. También  había estado descompuesta durante varios días, incluso vomitó mientras viajábamos. Nos habíamos ido de vacaciones con el novio de mi mamá y la estábamos pasando bien, así que verdaderamente fue extraño para mí lo que sucedía. Ese es el momento en el que debí comenzar a darme cuenta.

 

Esa misma noche, cuando ya nos habíamos acostado, yo también empecé a llorar.

 

A veces hablaba de una mancha en sus recuerdos, una sombra. Me dio curiosidad su comentario, pero no lo suficiente para que realmente llamara mi atención. La sombra aparecía solo en los recuerdos de su infancia, en su casa era peor. Todos los que la conocían suponían que algo pasaba con ella, a veces hasta me preguntaban y era de lo más incomodo. Pero en su casa evadían el asunto a toda costa, como si nada estuviera mal. Más bien, como si el hecho de no hablar del asunto significara que nada pasaba, que nada pasó.

 

Todos actuaban de esa manera. En la escuela era igual. Recuerdo a una ex compañera mía que, aunque se sentó conmigo casi un año nunca llegamos a ser cercanas, una vez buscando no sé qué cosa en su mochila encontré una navaja de afeitar. No sabía ni que vendían esas cosas, pensé que era algo más de la tele. La cuestión es que husmeé en sus muñecas y, como no vi nada, le pregunté y se tocó más arriba, casi como si fuera obvio.

 

Otro shock.

 

Bah... hasta ese momento pensaba que la gente que se cortaba era sencillamente estúpida, pero estábamos hablando de la más lista de la clase. No del tipo de estudiante que se la pasa estudiando las 24 horas del día, sino que era naturalmente inteligente. Esas de las que entienden rápido las cosas, de las que se dan cuenta fácilmente lo que a otros les cuesta llegar a razonar. Comencé a preguntarme más sobre esas cosas y a fijarme si había más gente en el curso que se cortara. Algunos habían probado para ver “qué onda”, un par de amigos me dijeron que no me preocupara tanto, que era normal. Incluso hablé con una profesora, pero no se lo tomó muy en serio.

 

Cómo es que todo el mundo podía reaccionar con esa actitud ante algo tan enfermizo. Más de la mitad del curso parecía propenso a querer cortarse las venas, se les notaba. Era fácil notarlo si prestabas un poco de atención, pero nadie presta atención. Su atención está en otras cosas, en sus celulares, en todo lo que sirva para distraerse. En otra ocasión, en una juntada en la cual la mayoría estábamos en pedo, salió el tema de nuevo pero rápidamente lo cortaron… a nadie le gustaban esos temas complicados - que yo solía proponer -. Me enfurruñaba cuando pasaba eso, así que me alejé un poco. Mucho más tarde, un chico se me acercó y me dijo unas palabras que quedaron grabadas en mi cabeza.

 

“Es para que el dolor salga. Cuando hay tanto dolor dentro uno quiere quitárselo a toda costa. ¿Nunca has sentido que por tus venas, en vez de sangre, circula barro?”

 

 

Luego de eso se fue con los demás, era el que más alcoholizado estaba y, después de quebrar, se durmió en el piso. Yo no soy de tomar tanto, así que no sé si estaba ebria, o qué mierda estaba pensando, pero la cuestión es que me hice un tajo en la muñeca solo para probar. Salió bastante sangre y me dio muchísima impresión, me hice los primeros auxilios enseguida.

 

No sentí que el dolor saliera ¡No lo hacía! Por más desagradable que me pareció, pensé en que quizás debería haberme hecho más cortes y, cuando todos se fueron, me acosté en el sofá para llorar en silencio de nuevo.

 

Desde entonces siempre me fijaba, por las dudas, que ella no tuviera tajos, gracias al cielo nunca le encontré. Me daban tantísimos escalofríos esas cosas. Sin embargo, el tema era que lo que le estaba pasando empeoraba cada vez más y yo no sabía exactamente qué era, aunque lo sospechaba. Todos lo sospechábamos, lo sabíamos y ¿por qué? Porque era lo normal, era lo que a la mayoría le pasaba. Como la primera vez que un tipo me toqueteó en un micro, yo era tan chica y estaba tan impactada e incómoda que casi se me había hecho un trauma por algo que, al parecer, era muy estúpido. Y yo me sentía tan, pero tan estúpida por haberme subido a ese micro o no correrme, o no reaccionar, o quedarme paralizada.  Lo peor era sentirme mal por algo que no era tan grave. Cuando me animé a contárselo a mis amigas, todas saltaron con historias. Historias, en plural, y algunas les pareció tan insignificante lo que me había pasado. Debía aprender. Aprender que, desde ahora, me podían pasar cosas peores.

 

 Y aún dentro de que la sociedad acepte que cosas malas nos pasan porque es así, yo sospechaba y algunos, incluso, lo sabían. Intercambiábamos miradas incómodas pero nadie se atrevía a decirlo. Porque esos temas no se tocan, como si realmente los temas delicados se fueran a romper y no las personas por no hablar de ellos. Me ponía de los pelos no tocar los estúpidos temas que a una, más que tocarla, le pega un puñetazo en el estomago. También estaba la posibilidad de que yo fuera una loca obsesiva y solo a mí se me ocurría hablar de ello.

 

Cuando al fin ella pudo reconocer lo que le pasaba, los que eran de su entorno estaban en plan de “Sí... era eso” o “Era obvio”. Para mí no era obvio, y eso me ponía nerviosa. El hecho de empezar a entender más sus relatos sin sentidos, el hecho de narrarlos así, tan raros, y que parecieran un sueño. Porque era mejor que fueran sueños y no hechos reales. Lo más aterrador es la parte donde te percatas de que borraste tus propios recuerdos sin darte cuenta.

 

Cuando por fin quise animarme a tocar ese tema en mi casa, me empezaron a temblar las manos así que me fui a mi pieza. Yo solo podía ver cómo temblaban, tensaba los músculos para ver si paraba. Para mí, no pasé mucho tiempo haciendo eso pero creo que sí, porque mi mamá entró a mi pieza y ella nunca hacía eso. La miré, era de noche así que seguramente tenía lágrimas en los ojos:

 

 

                - Mamá, creo que tengo una sombra.


Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    Valen Gutierrez (sábado, 10 febrero 2018 10:05)

    Tan real..

NOTAS RELACIONADAS