Jueves 12/04/2018

REFLEXIONES

Por Diego Chia

 

Ya ni recuerdo porqué fue que nos peleamos, solo que hace cinco años que no nos vemos. Quizás no fue mi mejor relación, pero sí puedo decir que fue una de las que más me marcó de por vida. Abrazarla por detrás en invierno, mientras esperábamos el micro, para darle calor, ella siempre fue de tener mucho frío. Tomarnos de la mano, tirados en el césped, mientras mirábamos el cielo encontrando formas imposibles de ver en las nubes para terminar riéndonos como dos niños de 12 años. Tomar algo a la medianoche y hablar como si fueran las seis de la tarde, y amanecernos mirándonos a los ojos y sonriendo…

 

Algo fue lo que falló. No sé si fuiste vos o fui yo, pero algo entre nosotros falló. Un día algo dentro de nosotros hizo un click y nos cambió para siempre. Quizás fue el cansancio de la rutina, quizás fue alguno de nuestros amigos que hizo un comentario indebido o quizás fueron algunas de nuestras tontas y pequeñas diferencias, que no eran tan tontas y ni siquiera tan pequeñas. Pero algo fue lo que hizo que esta tormenta comenzara a aproximarse por el horizonte. Yo temí por nosotros, vos también, y agarrados de la mano comenzamos a correr en dirección opuesta a los nubarrones que resplandecían a lo lejos por sus rayos y truenos. Corrimos juntos, por momentos yo te empujé para que no te quedaras atrás y en otros vos me tiraste de mi mano para que yo no cayera luego de tropezar. 

 

Pero no corrimos lo suficiente. La tormenta nos alcanzó.

 

Salimos ese día al cine, decidimos que sería una noche solo para nosotros dos y la disfrutaríamos como siempre. Pero discutimos antes de ingresar a la sala, vos entraste triste, yo enojado. La película no la disfrutó ninguno de los dos. A vos se te caían las lágrimas y yo intentaba consolarte acariciándote la mano con mis dedos, de esa forma que a vos tanto te gusta. Pero corriste tu mano y esa fue nuestra primera grieta de la noche. Y luego nada mejoró. Terminó la película, salimos y volvimos a discutir, ya no recuerdo por qué. Vos llorabas y se te corría el maquillaje, pero aun así estabas hermosa. Yo estaba enojado, enojado con vos, con tus amigos y, especialmente, enojado conmigo mismo. Enojado conmigo mismo porque no podía mantenerte a mi lado, enojado conmigo mismo porque no podía hacer nada para arreglar esta situación. Enojado conmigo porque sabía que te perdía y eso me volvía loco. Y después vino nuestro adiós. Vos te subiste a un taxi sola, me miraste con los ojos llenos de lágrimas, yo te miré con la vista humedecida, me susurraste algo detrás del vidrio y el auto partió. Partió con vos, partió con una parte de mí, partió con lo mejor que tenía y sabía que no lo volvería a recuperar.

 

Pasaron los meses y aun me rehusaba a tirar tus cosas. Algo dentro de mí deseaba que esto no fuera más que una de nuestras peleas tontas y sin sentido, en las cuales nos enojábamos uno con el otro para luego mirarnos a los ojos y que vos me miraras con esa sonrisa capaz de romper mi testarudez y hacerme reír como un niño para luego abrazarte. Algo dentro de mí esperaba que esto no fuera más que una de nuestras distancias, donde vos tenías que irte por unos días por trabajo o yo recluirme en mi búnker a estudiar para poder aprovechar nuestras vacaciones juntos. Algo dentro de mí esperaba ansioso que golpearas la puerta de casa, para que luego que yo abriera te colgaras de mí y me besaras la oreja suavemente. Pero no, sabía que era imposible, sabía que no sucedería más, sabía que te había perdido y no tenía forma de recuperarte. Y lo único que me conectaba a vos era esa caja con nuestras cosas. Esa caja con tus cosas.

 

Ya pasaron cinco años. Poco a poco volví a rehacer mi vida, seguí mi carrera y conseguí un trabajo. Vacacioné en el exterior y conocí gente nueva. Hice nuevos amigos y perdí algunos. Poco a poco comencé a cerrar ese pozo en mí que tenía tu nombre, ese pozo en mí que me impedía crecer un poco más. Me subí al micro escuchando música, como siempre acostumbro hacer, y comencé a buscar lugar entre los asientos que estaban la mayoría ocupados y vi uno libre. Y ahí estabas vos, hermosa como siempre, mirando por la ventana, sin prestarle atención al resto del mundo, como acostumbrás a hacer cuando viajás, que dejás volar tu mente para solo dejarla volver en la parada donde bajás. Me senté con miedo, esperando que no me reconocieras. En ningún momento cruzamos palabra pero comencé a sentir un temblor dentro de mi cuerpo que hacía estremecer profundamente mis sentimientos y rogaba que no pudieras sentirlo. Bajé la vista aunque quería mirarte a los ojos, quería pedirte perdón, que disculparas a este estúpido hombre que perdió a la mujer de su vida, que me perdonaras por dejarte ir en ese taxi y no bajarte, limpiar tus lágrimas y besarte. Pero nada de eso pasó. Solo pasó una cosa…

 

Tu mano se acercó a la mía y nuestros dedos se entrecruzaron. El micro se vació, la gente desapareció, solo había dos asientos, solo había dos personas y éramos vos y yo. Era nuestro lugar, nuestro espacio, nuestro mundo. Ninguno de los dos dijo ninguna palabra, y yo no quería romper este hermoso silencio. El calor de nuestras manos reconfortaba mi cuerpo, me hizo saber que lo nuestro ya pasó pero no hay rencor. Me hizo saber que aun eras parte de mi mundo, pero tenía que dejarte ir. Me hizo saber que siempre fuiste y serás la mujer que tanto quise. 

 

Pronto llegó mi parada y, aunque me costó demasiado, solté tu mano. Me levanté sin mirarte y me bajé. Pero no pude contenerme más y miré en dirección a tu asiento y sonreí. Sonreí porque te vi, sonreí porque me mirabas y me sonreías. Me alegré porque nos reímos los dos, nos miramos por última vez y volvimos a ser felices. Nos miramos por última vez, pero supimos que siempre estaríamos el uno para el otro.


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