Miércoles 09/08/2017

SU ROSTRO EN MÁRMOL

Parte I

Ilustraciones: Germán Scattareggi
Ilustraciones: Germán Scattareggi

Voces y ruidos perseguían al escultor en cada rincón. Aquella antigua mansión tenía una larga y dolorosa historia.

 

¿Quién sabe cuántas fiestas hubo en aquellos hermosos salones? ¿Cuántos rostros adornaron los cuadros? ¿Cuántos amantes habrían consumado su pasión en las recámaras? ¿Y cuántos otros habrían enfermado y muerto en ellas?

 

Quizás algunas voces fueran ecos de un tiempo muy antiguo. De épocas de gloria, opulencia y regocijo; pero había otras que mostraban un pasado cruel e impío.

 

Habían noches en la que los alaridos y las súplicas retumbaban en los pasillos e impedían al escultor conciliar el sueño; otras en la que las risas y la música alegraban sus lóbregas veladas. Algunas mañanas debía cerrar puertas que no habían sido abiertas por él en meses; y había tardes en las que extraños paseaban por los jardines, recogiendo rosas o entonando canciones.

 

Había comprado aquel lugar hacía tiempo, sin saber sobre lo que acontecía allí, pero muy pocas veces había sentido miedo de sus acompañantes, por lo que el paso del tiempo trajo consigo la costumbre. Y pesar de los años, no podía decirse que era el propietario. Siempre se había considerado como un visitante, un aventurero, un investigador, o simplemente un testigo. Quizás incluso, cuando la muerte viniese por él, sería también parte de la mansión. Sería otro eco, otra puerta abriéndose, u otra rosa arrancada del jardín; pero jamás sería el dueño, los otros jamás se lo permitirían, y él respetaba eso.

 

La mansión tenía al menos dos docenas de habitaciones, repartidas en tres alas, un sinfín de jardines y patios, una capilla y una espesa arboleda; pero él conocía poco más de la mitad del lugar. Si bien sus compañeros habían cedido algunos lugares con el tiempo, no le permitían entrar a otros.

 

Como cierta recámara que se encontraba en el ala derecha, de dónde se escuchaban, de tanto en tanto, lastimeros llantos de bebés; de la que un hombre de barba y semblante duro le ordenó alejarse. Con el tiempo, aprendió que ese hombre había sido un médico, y esa habitación la sala de operaciones donde un sinfín de jovencitas habían entrado a ser operadas de su “vergüenza”.

 

Había también un jardín interno, dónde el escultor había sentido deseos de trabajar un verano, y del que por más que intentara con todas las llaves del gran manojo que le había sido entregado, jamás consiguió abrir las puertas. Por lo que cada vez que deseaba escuchar una bella canción, se arrimaba a su entrada, y se sentaba a disfrutar la dulce voz de la dama que lo habitaba.

 

Pero eran muchos los personajes que habitaban la casa.

 

Estaba “El Fisgón”, por ejemplo. El escultor nunca había tenido la posibilidad de verlo por completo, puesto que siempre rehuía de la vista de los demás, pero podía sentirlo a dónde quiera que fuese.

 

Era normal para él encontrarse en cualquier salón o habitación, realizando cualquiera de sus actividades habituales, y en el momento de mayor concentración, cuando todo se sumía en completo silencio, podía escuchar las manos de “El Fisgón” girando con cuidado el picaporte, para, posteriormente, sentir el lento y prolongado chirriar de la puerta, rompiendo aquella calma de forma súbita y violenta. Luego, el espíritu se asomaba por la rendija, y pasaba horas sin hacer otra cosa que observar; y respirar con un constante y denso jadeo.

 

“El Fisgón” era alguien tímido, a quien no le gustaba ser descubierto en su pasatiempo. Por lo que cada vez que el escultor volteaba a verlo, o cerraba con llave alguna puerta para mantener su privacidad, podía oír su espontáneo sobresalto, la seguidilla de maldiciones y quejas, y finalmente sus pasos rápidos al compás de su huida.

 

También había tenido encuentros con “El Pianista”, alguien mucho menos introvertido, e infinitamente más irascible.

 

Este pasaba días enteros interpretando trinos frenéticos, y las más melancólicas sonatas. A veces la música venía cómo una suave caricia en medio de la noche; cómo un arrullo que le permitía al escultor conciliar su descanso; pero otras veces el espíritu de aquel artista deliraba de pasión e interpretaba piezas ruidosas y encrespadas, que le impedía mantener la concentración en cualquier cosa que se propusiese hacer.

 

En cierta ocasión, el escultor acudió al salón dónde se encontraba el gran piano de cola, y se dispuso en un taburete de madera con su violonchelo para acompañar al pianista, mientras éste tocaba cierta sonata dedicada a la luna. Pero tan pronto cómo comenzó a acariciar las cuerdas con el arco, “El Pianista” comenzó a gritarle y arrojarle todo cuanto hubiera en el salón.  Porque él era un solista.

 

Pero había a quienes su presencia no les resultaba una molestia, y por una u otra razón acudían a él. Cómo “La Esclava”.

 

Había un corredor en los subsuelos, al que los espíritus nunca le habían permitido acceder; pero hubo una vez en la que “La Esclava” había aparecido ante él, lo había guiado por largas horas de travesía través de todo el largo y ancho de la mansión, para luego dirigirse hasta aquel pasillo. Se las arreglaron para recorrerlo sin que nadie más interfiriera, hasta que se detuvieron ante una enorme puerta de hierro. “La Esclava”, de alguna forma, se encargó de abrirla para él, y de nuevo lo guío por un penumbroso pasillo hasta una recámara cuya existencia, El Escultor jamás había imaginado.

 

La habitación era tan grande cómo el salón principal de la mansión, pero con un ambiente infinitamente más denso, frío y oscuro. Las paredes estaban al borde de desmoronarse producto de la humedad, y notó con pesar que de ellas pendían al menos una docena de cadenas y grilletes.

 

Desde el momento en el que puso un pie en aquel lugar, sintió cómo si alguien le hubiese arrojado un balde de agua helada encima, seguido de una repentina sensación de desespero y angustia. Y en un instante, una grotesca escena comenzó a materializarse frente a sus ojos: al menos treinta personas encadenadas y sobre el suelo, gimiendo y suplicando. Todas mostrando de alguna forma, el sufrimiento que habían padecido en vida. Quizás algunas lo hicieran por hambre, otras por enfermedades, otras por frío o por la más profunda fatiga. Pero él sabía que lo que realmente colmaba aquel lugar de tanta angustia y pesar, era el simple anhelo de libertad. Cuando ellos notaron su presencia, pudo percibir que algo cambiaba en el ambiente. Ahora podía sentir su ira y su resentimiento contra él. “La Esclava” los detuvo antes que éstos intentaran hacerle daño, y lo llevó nuevamente hacia afuera. Antes de que el escultor pudiera salir de su miedo y preguntarle algo, ella lo miró y le dio un claro y conciso mensaje «Si alguna vez llegas a toparte con nuestra prole. Recuerda: Memento Mori». Acto seguido se desvaneció.

 

El escultor también conoció a “La Niña”. Jamás buscó otro apodo para ella, puesto que era el único infante con el que se había cruzado alguna vez en la mansión. Cosa que realmente lo tranquilizaba teniendo en cuenta el temperamento de ésta en particular.

 

Era una tarde de otoño en la que se encontraba deambulando por los jardines frontales, de regreso de cerrar una venta con un museo muy importante. Junto a un olmo, encontró una antigua muñeca de porcelana, bastante maltratada. La tomó, y la llevó al interior de la mansión, curioso por conocer a su dueña.

 

Aquella misma noche, despertó de un fuerte y repentino sobresalto. Se dirigió corriendo a la biblioteca, de dónde provenía el estruendo que lo había arrancado de sus sueños, y allí se topó con ella. “La Niña” estaba gritando y revolviendo todo el lugar, arrojando de un lado al otro cada libro y adorno que hubiera, exigiendo saber dónde estaba su amiga.

 

El escultor intentó calmarla ofreciéndole traer a la muñeca si terminaba con aquel alboroto, pero todo lo que recibió a cambio fueron los golpes de un par de libros y un candelabro que le dieron de lleno en el pecho. No obstante, adolorido, se dirigió en busca del juguete. Cuanto se lo entregó a su dueña, ella la abrazó y acomodó su enmarañado cabello. Pero en lugar de agradecerle, se acercó a él y le dedicó una horripilante y macabra deformación, de lo que debería haber sido un berrinche. Era una expresión amorfa y cruel, que lo atemorizó por completo.

 

—Nunca, jamás, vuelvas a tocarla —le dijo.

 

Y él jamás volvió a tocar la muñeca. Siempre que la encontraba o tropezaba con ella, hacía caso omiso y continuaba su camino. Excepto por aquella vez que apareció en su habitación.

 

Apenas y se había acomodado en su cama, cuando la vio sentada sobre la cómoda que había frente a él. Mirándolo fijamente, desafiándolo, burlándose. Intentó por todos los medios ignorarla, pero siempre terminaba observando la grotesca expresión de su rostro despintado y resquebrajado. Decidió pasar la noche en alguna de las otras habitaciones, pero sin importar a donde fuera, allí estaba sentada la muñeca, mirándole impasible, desafiándolo y burlándose. Hasta que al final, resolvió darla vuelta y evitar así mirar a sus diminutos ojos.

 

Casi de madrugada, el lento chirrido de la puerta lo despertó; aún somnoliento, pensando que se trataba de “El Fisgón”, volvió a acomodarse para continuar su descanso; hasta que sintió un fuerte, frío y punzante agarre alrededor de su cuello. Abrió de súbito sus ojos e intentó desesperado librarse de la asfixia, cuando vio que “La Niña” era quien intentaba estrangularlo.

 

—Dije que no nunca vuelvas a tocarla. —Dijo mientras esa macabra expresión se dibujaba en su rostro y presionaba con sus diminutos dedos sobre la piel que cubría la tráquea del hombre.

 

El escultor estaba quedándose sin aire, mientras intentaba rogar por piedad. Trató de soltarse del agarre que “La Niña” ejercía, pero cada vez que lo intentaba, sus manos parecían atravesar una espesa y helada cortina de humo. Su cuerpo comenzó a convulsionar con desesperación, hasta que lentamente, en la fracción de segundos más larga de su vida, su vista se nubló y se desvaneció. Despertó por la mañana, con un fuerte dolor de cabeza y dos prominentes hematomas en su cuello. Desde aquella noche, tuvo que acostumbrarse a dormir con los diminutos y horribles ojos de la muñeca sobre él, cada vez que “La Niña” se aburría y decidía dejar a su amiga en su habitación.

 

Por lo general, las ánimas no solían ser agresivas con él. Al menos no de la forma en la que lo era “La Niña”.

 

“El Fumador”, en particular, parecía hacer caso omiso a toda otra presencia, además de la suya propia.

 

Lo conoció un lúgubre jueves de abril, mientras rondaba por la mansión en una de sus muchas noches de insomnio. Había escuchado música proveniente de uno de los estudios, por lo que decidió indagar.

 

Pero cuando entró, no halló nada más que el empolvado mobiliario de la habitación: Una biblioteca, casi vacía; una vieja cómoda de algarrobo con herrajes de bronce, sobre la que yacía un fonógrafo, de donde sonaba la música; un aparador con puertas de vidrio; un escritorio completamente vacío y un par de sillas.

 

Notó que poco después de haber entrado, el fonógrafo se había callado. Por lo que acomodó nuevamente la aguja en el cilindro de cera, y tomó asiento expectante.

 

Del aparato sonaba una pieza calma y meliflua, que no recordaba poseer entre la vasta colección de cilindros que había en el aparador. Era una melodía lenta y desestructurada, interpretada por un virtuoso pianista. Se preguntó, si acaso, no se trataría de alguna de las canciones que había compuesto “El Pianista”, puesto que notaba cierta familiaridad en la interpretación que le estaba siendo dada a la canción. La forma en la que el artista golpeaba las teclas, acentuando violenta y apasionadamente cada nota; los múltiples cambios de tiempos; y el contraste entre melodías melancólicas y siniestras, eran sin duda alguna rasgos muy marcados en la personalidad del lúgubre músico de la mansión.


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