Miércoles 18/10/2017

SU ROSTRO EN MÁRMOL

Parte II

Ilustraciones: Germán Scattareggi
Ilustraciones: Germán Scattareggi

Pero antes de poder concluir aquella hipótesis, se dio cuenta que un espeso y serpenteante hilo de humo había comenzado a materializarse sobre el escritorio, ascendiendo lentamente hasta deformarse en una inquieta nube. A su vez, el escultor comenzó a sentir una lenta y pesada respiración a su lado; y mientras ésta se hacía más nítida, notó que de algunas exhalaciones —bastante más pronunciadas— se liberaba una cálida humareda, un tanto más amarillenta que la columna que tenía en frente.

 

Finalmente, sobre el asiento que había a su lado, frente al escritorio, comenzó a materializarse la figura de un hombre de mediana edad. De rasgos marcados, semblante solemne, pero ojos gentiles cómo los de un niño.

 

El hombre observaba a través del frío cristal de la ventana, limitándose a fundir su vista con el horizonte o con la luna, mientras tarareaba en voz baja la canción del fonógrafo, o refunfuñaba maldiciones o reproches para sí mismo.

 

De tanto en tanto, se paraba de su asiento para volver a colocar la aguja sobre el cilindro de cera, o revoloteaba por la habitación viciada de humo, enredando sus manos entre su cabello y negando con la cabeza. Y a mitad de la noche, cuando abría la ventana para dejar escapar el humo, se fundía con él y desaparecía con sus cigarrillos y su cilindro.

 

“El Fumador” jamás respondió ninguna pregunta al escultor. Ni siquiera le dirigía la mirada. Por lo que jamás supo cuál era la causa de la melancólica rutina de aquel personaje.

Quizás haya sido un viejo amor, o un hijo perdido; ansiedad por un mal negocio; la miseria del que tiene todo y su vez nada; soledad o remordimiento. Sólo él lo sabía.

 

Y eran muchos más los personajes que habitaban dentro de aquellas paredes.

 

Estaba la mujer que cada día se encaminaba hacia la capilla, y se arrodillaba frente al altar para orar, y luego de una larga fracción de minutos quebraba en llanto. En ese momento, liberaba toda su ira y miedo y comenzaba a pedir, en una extraña ironía, por la muerte de su esposo. Luego se ponía nuevamente en pie, y se marchaba mientras secaba sus lágrimas con la traslúcida manga de su vestido. 

 

Estaba “El Poeta”, que deambulaba constantemente por cada habitación y salón, escribiendo con furia en una libreta. A veces maldecía, mientras arrancaba y arrojaba por doquier las hojas rasgadas, y había otras en las que se paseaba eufórico por toda la mansión, recitando exaltado sus versos y sonetos.

 

Estaba “El Suicida”, que se dirigía cada navidad, como un morboso aniversario, hacia el vestíbulo con una cuerda alrededor de su cuello. Subía por la escalera, y luego de atar el extremo de la soga en el pasamanos del descanso, se arrojaba de él y permanecía allí, balanceándose inerte hasta la mañana siguiente. 

 

Estaban todos los invitados de la “Fiesta del Año Nuevo”; ”Los Amantes", que vivían en una de las habitaciones de huéspedes; “La Anciana” en el segundo piso; “El Jardinero” y muchos más.

 

Durante un tiempo, el escultor pensó que sus compañeros habían sido dueños o habitantes de aquel lugar. Espíritus de generaciones pasadas; terratenientes, esclavos, huéspedes, que en algún momento de sus vidas habían vivido en la mansión. Descubrir su error fue, quizás, lo más desconcertante que pudo pasarle en aquel lugar.

 

La luna brillaba hermosa aquella noche en la que el escultor deambulaba entre fugaces recuerdos. Memorias de un tiempo en el que el cielo no se veía tan gris, y en el que las rosas le significaban mucho más que una mera maraña de espinas.

 

El aroma a rocío traía a su mente el césped, húmedo, bajo sus pies descalzos. Traía las risas, y a las luciérnagas revoloteando a su alrededor cómo si el cielo mismo hubiese bajado para su deleite y el de Amalia.

 

Ella había sido todo lo que el escultor había tenido, y todo lo que jamás tendría de vuelta. Nunca nadie le había dado lo que ella, y él nunca volvería a amar a nadie como la había amado a ella. Pero el escultor, como tantos otros, no había descubierto esto, sino hasta luego de haberla perdido: hacía muchos años, la cobardía lo obligó a abandonarla mientras ella aguardaba por él en el altar.

 

Nunca más volvió a verla luego a de aquel incidente. Supo que poco después, se había casado con un hombre mayor que le había dado una hija, y que unos años más tarde, alguien las había asesinado. El escultor jamás consiguió conciliar nuevamente la paz luego de enterarse de aquel atroz crimen, y terminó por recluirse de toda presencia que no resultara estrictamente necesaria para su trabajo; aunque claro, su excepción eran las ánimas de la mansión.

 

En medio que aquella turbulenta maraña de recuerdos, ocurrió que el escultor divisó a Amalia yendo hacia él, tal y cómo en el sinfín de brumosas ensoñaciones que había tenido a lo largo de todos esos años.

 

Lucía pálida y desaliñada, y mientras iba hacia él, notó también la frágil forma en la que llevaba a cabo su avance. Como si toda flexión, todo paso, o incluso el mero movimiento de sus ojos provocara un intenso dolor en todo su espectral cuerpo.

 

El escultor, preso de la más profunda angustia y culpa, irrumpió en un histérico ataque de llanto. A su vez, Amalia, ya a su lado, posó su mano en el rostro del hombre y comenzó a acariciarlo con un tacto gélido, que terminó por estremecerlo y dejarlo atónito en su lugar. Porque en el momento en que ella posó su mano en su húmeda mejilla, los recuerdos de quien había sido su amada vinieron vívidos a él, y pudo contemplar, con profundo horror, todo aquello que había padecido en vida.

 

Descubrió que el hombre con quien se había casado, hizo de su vida un infierno. Supo de las noches en las que él regresaba ebrio, y de todas las mujeres que llevaba. Supo de cada golpe que le propinado, y de cada abuso. De todas las noches en las que Amalia rezaba por morir y dar fin a sus calvario. De la jaula en el ático, fría y húmeda. Y supo que las súplicas de su Amalia, eventualmente fueron escuchabas y que aquel viejo había tomado su vida y la su hija; y que nada de eso hubiese sucedido si él mismo no la hubiese abandonado.

 

El escultor comenzó a balbucear una serie de ininteligibles súplicas y disculpas. Se arrodilló ante ella, e intentó abrazar sus piernas, pero terminó por caer de bruces al suelo mientras Amalia le dedicaba la misma desorbitada mirada que todos en la mansión mostraban.

 

—No hay disculpa que pueda devolverme a la vida, amado mío; ni piedad que mi alma tenga para ofrecer a la tuya. Y aunque tu egoísmo y cobardía me hayan traído el más horrible de los futuros, aun así, sé que tu soledad ha sido la mayor penitencia que podrías haber recibido; y sé que desde ella, cada lágrima que has derramado ha sido sincera. 

 

 Ahora estás atrapado en este palacio sin tiempo, donde las almas no encuentran consuelo ni descanso, y sus senderos se cruzan entre las eras.

 

Ellos no pueden encontrar la paz, ni continuar su camino. Y desde el momento en el que decidiste quedarte aquí, también condenaste tu alma a este destino. 

 

Por eso he venido a ti mi amor. En vida sufrí por ti, y por mucho tiempo te odié con todas las fuerzas tenía. Y ahora, que sólo soy un mero recuerdo, una simple imagen tan fugaz y volátil cómo el humo libre en el viento, estoy dispuesta a permanecer a tu lado en este eterno calvario. Ese es el perdón que vengo a ofrecerte, y así de grande es mi amor por ti.

 

Pero hay algo que debo pedirte. Las ánimas que comparten contigo este hogar, olvidaron ya hace mucho su lugar. Algunas deambulan perdidas, otras reniegan de sus propios pecados. Muchas resienten de ti por tener vida, y otras simplemente están atadas por la nostalgia. Tú jamás podrás dejar este lugar, pero puedes darles una razón para hacerlo. Tú puedes darles una vida eterna real. Hazlos inmortales. No permitas que su recuerdo se desvanezca. —Dicho esto, Amalia se acercó a él, y lo besó. Luego, sin más, se deshizo en el aire como el escultor había visto hacer a las demás ánimas en tantas ocasiones—.

 

El tiempo pasó raudo, y el escultor trabajó duró para cumplir aquello que Amalia le había encomendado.

 

Erigió sus mejores obras en honor a todas las ánimas de la mansión. Para  “El Fisgón”, una inquietante y ominosa pieza de mármol que colocaba bajo los umbrales, y que se asomaba entre las rendijas, emulando así el pasatiempo de aquel hombre. 

 

Trabajó arduamente en grupo de herrajes y engarces para decorar el piano de cola del salón, incluso se atrevió a darles la forma de la partitura del acompañamiento de la canción que más que le agradaba del “Pianista”, para que en el futuro, alguien consiguiera hacer un dueto con él. 

 

Decidió honrar a los “Esclavos” con una enorme y bellísima fuente, para que la cálida caricia del sol y el viento fuera por siempre su compañera.

 

La imagen de una pequeña, risueña y acompañada por su tierna muñeca de porcelana, decoraba uno de los muros de la mansión en un bajorrelieve, dónde para su suerte, “La Niña” pasaba horas jugando, ignorando su anterior pasatiempo de torturar al Escultor.

 

Le tomó un largo tiempo idear algo para el “El Fumador”. En un principio, lo más apropiado le pareció conseguir de alguna forma las partituras del nocturno que este habituaba escuchar durante sus apariciones, para dejarlas sobre el piano del salón y tener la oportunidad de volver a grabarlo en un nuevo cilindro. Pero por más que lo intentó, jamás pudo transcribir correctamente aquella pieza. Al final, se decidió por tallar para él una pipa de espuma con la forma de la corneta del fonógrafo en el hornillo. Luego, lo depositó en uno de los envases de cartón de los cilindros, y lo dejó sobre el escritorio esperando que "El Fumador" lo tomara en su próxima visita. Para su sorpresa, por primera vez que él haya podido atestiguar, El Fumador salió de su rutina, y tomó el envase mostrándose algo confundido, hasta que una sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto tuvo el contenido entre sus manos. 

 

Y el Escultor pasó muchos años ideando y creando para los habitantes de la mansión. Quizás al punto que sus mejores obras estaban enteramente dedicados a ellos. Cuando el tiempo, voraz, lo había vuelto un anciano; decidió que era momento de dar forma a su obra más importante. Una mañana de febrero, se encaminó a los jardines de la mansión y se adentró en la penumbrosa arboleda que había a su lado. Una vez allí, buscó el lugar apropiado para levantar su tributo a Amalia, para que la vida eterna que tenían por delante tuviese también su propio monumento. 

 

 En medio de un claro, dónde la luz del sol daba su cálido abrazo en el día, y la luna volcaba sus argénteos destellos luego del crepúsculo, levantó en mármol la imagen de su Amalia. Dio a la roca la forma de su angelical rostro, cincelando con delicadeza cada uno de sus finos y simétricos rasgos. Y con extremo cuidado atavió su cuerpo con un fino manto para cubrir su fría piel desnuda. Le dio a aquella pieza toda la belleza, toda la jovialidad y la juventud que Amalia había mostrado en vida. 

 

Y aquella elegía hecha mármol permaneció por siempre en los jardines de la mansión. E incluso luego que el escultor falleciere; y las voces, ruidos, suplicas y risas se apagasen, y la maleza se abriera paso, cubriendo las paredes y estatuas; la imagen de Amalia perduró, dando vida a aquella muerta arboleda. Y aquellos que posteriormente visitaron el lugar, aseguran  haber visto a dos amantes bailando y cantando al pie de la estatua, rodeados por luciérnagas revoloteando a su alrededor, cómo si el cielo mismo hubiese bajado para su deleite.


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